GUSTAVO COTERA

TRAJES POPULARES DE
CANTABRIA SIGLO XIX

Institución Cultural de Cantabria
Instituto de Etnografía y Folklore «Hoyos Sáinz»
Santander, 1982

PASIEGA (Principios del XIX)

De un grabado de A. Rodríguez. Guía de color tomada de la «Pasiega» de la Real Fábrica de porcelana de Berlín. Por cortesía de Fernando Gomarín y José Ramón Gómez Martínez.

«A cantar me ganarás

y a poner bien la montera,

pero tocanti al trabaju

tienes muy mala madera.»

Una de las escasas representaciones de las mujeres enmonteradas de Cantabria. Sin embargo, sabemos por Pereda que el uso de tal tocado persistió entre las ancianas de nuestra tierra hasta mediados del siglo XIX. Sin duda, es el aspecto más a destacar en este traje por la arrogancia que da a la figura y porque pudiera tener alguna secreta correspondencia con el matriarcado o «la covada» si pensamos que, en Tineo (Asturias), la mujer que daba a luz se ponía la montera del marido y seguía con ella hasta salir de casa o ir a la iglesia donde la llevaba puesta. Moviéndonos siempre en el mismo plano, tal vez la monterilla de esta pasiega sea el último eslabón de las capiruchas medievales, símbolo viril que traían sobre la cabeza las casadas cántabras.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, larga casi hasta el borde de la saya. Cuello de cabezón recogiendo el vuelo en finísimos pliegues. El escote se cierra con dos moneditas de plata en forma de gemelos.

SAYA: En bayeta naranja marcando profundos pliegues y sorprendentemente corta, pues apenas baja de la pantorrilla, cuando la largura normal es hasta el tobillo. Como adorno lleva dos franjas de terciopelo verde claro.

CORPIÑO: Escotado, en gruesa seda o paño azul fuerte y repulgado de panilla o terciopelo. Se ata con cordones rojos.

CHAQUETILLA: Muy abierta y floja, en paño o terciopelo marrón rojizo. Adornos de pasamanería en el borde y en los puños.

DELANTAL: De lanilla o pañete, negro, liso, con sólo unas lorzas por adorno. Es más estrecho que los usados posteriormente.

MEDIAS: En gruesa lana azul. Acanaladas. No pasan de la rodilla y sólo llegan hasta el tobillo, sujetándose a la planta del pie con una tira a modo de estribo. Sobre estas medias azules calza otras cortas, blancas o en el color natural de la lana, arrolladas en el tobillo.

CALZADO: Albarcas de cuero a medio curtir, con el pelo hacia fuera.

ADEREZO: Enormes pendientes en coral, cobre o plata sobredorada. Anillos de cobre o plata renegrida. Profusión de collares dando siete o más vueltas, bien de holgados hilos de coral, bien de cuentas de vidrio azules y rojas o bien de moneditas de plata, entrelazándose con relicarios, cruces, medallas y toda suerte de «amenículos».

PEINADO: Muy tirante hacia atrás, descubriendo las orejas y formando una o dos trenzas recogidas en alto moño. En ocasiones las trenzas caen sueltas a lo largo de la espalda.

TOCADO: Pañuelo en tono liso y llamativo (azul intenso en el de la vajilla de Berlín) cubriendo todo el cabello y cayendo los picos a la espalda. Encima va la airosa monterilla cónica, de similar hechura que la usada por el hombre, confeccionada en paño marrón rojizo con vueltas de terciopelo negro y forro de raso o bayeta. Entre el forro y el paño acostumbraban a poner masa de engrudo para que siempre estuviese derecha.

COMPLEMENTO: Me he permitido modificar ligeramente el cuévano y la postura del niño que va en él, por parecerme un tanto inverosímil este aspecto del grabado original.

INTRODUCCIÓN

Esta colección de láminas es el fruto de largos años de rastrear por pueblos, libros y museos. No ha sido tarea fácil. Apenas existe bibliografía y las prendas que andan rodando por arcones y desvanes, roídas de polilla y humedad, difícilmente saldrán a la luz porque la gente se avergüenza de enseñar «trapos viejos». Es una lástima, pues tengo la certeza de que todavía queda mucho material por rescatar antes de que acaben arrojándolo a la lumbre. Desde estas primeras líneas pido que no se destruyan tales reliquias de nuestro pasado; son trajes que vistieron aquellas generaciones de que han surgido hombres grandes que hicieron conocer, avanzar o enaltecer al País Cántabro. Por razones afectivas, culturales, y por qué no, turísticas, cada Valle debería recogerlos y crear su pequeño museo que reflejara los modos de vida en la comarca.

Entre tanto, querría que el presente trabajo, aunque incompleto, encauzara la caótica idea que se tiene del traje nacional de Cantabria, rompiendo de una vez por todas ese falso cliché de tratantes de ganado y amas de cría. Como algo revuelto y mal digerido, producen náuseas tantas minifaldas rojas, tantos cuevanucos con un volante alrededor, tantos remiendos chabacanos... El error va creciendo como una bola de nieve, llegando al caso grotesco de que en una reciente competición de rabelistas el jurado puntuaba más a aquellos que se presentaran uniformados de blanco con faja y pañolito encarnados (!). Esta barbaridad ilustra la espesa ignorancia que hay sobre el tema en Cantabria.

Hemos alcanzado tan lamentables extremos ante el encogimiento de hombros de etnógrafos y folcloristas. Salvo raras excepciones (García-Lomas y Manuel Llano, entre otros), apenas si se han dirigido media docena de palabras al traje rural, alegando que su estudio no merece mayor importancia porque varía constantemente a través de los siglos. Opino que lo mismo ocurre con el resto de las tradiciones, siempre en proceso de cambio, y si la Indumentaria acusa con mayor evidencia este fenómeno, ello mismo la hace digna de atención, siendo, como es, un medio de información y clasificación, fiel reflejo de nuestro interior, historia paralela de la sociedad humana que hizo escribir a Balzac: «Quien no ve en la moda más que la moda es que es tonto».

Y, de esta moda, el estudio de la indumentaria popular es el más exacto e importante y el más representativo de toda índole de influencias, tanto geográficas, como históricas y sociales, por ser un estilo de vestir propio y duradero, de muy pausada mutación, exponente de la particular transformación del pueblo. La creación anónima recaba en este campo tan alta trascendencia que el traje popular llega a ser el símbolo representativo de la nacionalidad.

Dejo para otra ocasión una crónica del Traje Cántabro desde las edades más remotas, para atenerme ahora al siglo XIX, que es donde se decantan y brillan los que hoy conocemos por trajes típicos. Su origen hay que buscarlo en el siglo XVIII, fijándose y estabilizándose desde 1750 a 1880, o aún más limitadamente, hasta que comenzó la transformación económica e industrial de España, en la década de 1860. Son contadas las prendas más antiguas del XVIII. No ocurre así con el calzado de cuero o madera que nos retrotraen a quién sabe qué amanecer prehistórico.

Las características de la Indumentaria Cántabra, de facies europea occidental, encajan con las del resto del Norte de la Península, colores oscuros, ausencia casi total de adornos, calzado de madera, paños burdos del país, de lana o lino, hilados y tejidos en casa. El terciopelo, la seda, el paño fino, se importan como un lujo y se reservan para aplicaciones y ribetes.

Sólo los pasiegos se apartan algo de tan austero modelo. Ya sea por unta innata afición al adorno, ya sea de resultas al contrabando y mercaderías en telas y guarniciones, el caso es que el atavío de los pasiegos se muestra en ambos sexos ceremonial y rico de sobrepuestos. El de la mujer es uno de los arreos más suntuosos y elegantes del Norte de España. Ya en 1876, Amós de Escalante cifra el coste de un traje de pasiega en 6.000 reales, cantidad muy elevada para aquellos tiempos. Sospecho que las notables mejoras aportadas por las amas de cría debieron encarecerlo hasta este punto.

Por otra parte, dos complementos vienen a dar una personalidad única a la indumentaria de los pasiegos: el palanco de más de dos metros en el varón y el cuévano que la mujer lleva a todas partes, incluso a la misa de los domingos, porque dice que la ayuda a andar y que, sin su carga, no encuentra gracia a las caminatas. Contrariamente a lo que se cree, el hombre lo usa raras veces.

Con estos aditamentos tan singulares recorrieron toda España (excepto la empobrecida Galicia, pese a que sentían por ella una misteriosa afinidad), conquistando un puesto privilegiado en el costumbrismo de la época. Contrabandistas y nodrizas ponen una romántica aureola a los Montes de Pas. De ahí la abundancia de imágenes y documentación que se encuentra sobre sus moradores, frente a la escasez de las que se refieren a otras comarcas de Cantabria. Ello explica la nutrida embajada «cabañera» que desfila por el libro, en contraste con las exiguas representaciones del resto de los Valles.

Lógico, pues, que el traje pasiego se haya erigido como el más original y divulgado de Cantabria. Yo aconsejo, sin embargo, que se reserve para los habitantes de las Villas de San Roque de Riomiera, San Pedro del Romeral y Vega de Pas, así como para el área pasieguizante que se derrama por las cabeceras de Soba, Ruesga, Carriedo, Toranzo y Espinosa, con pueblos de tan innegable cariz chátaro como Pisueña de Carriedo, Valdició de Soba y Calseca de Ruesga.

La vestimenta de las demás comunidades es bastante homogénea obedeciendo sus pequeñas diferencias al clima de la comarca principalmente. Los trajes de los valles altos, de los Picos de Europa y de Campóo, por ejemplo, tienen un recio sabor alpestre, mientras que en las tierras marineras el indumento pierde la adustez que conservaba en las alturas. Otras peculiaridades parecen debidas a gustos más personales; así creo adivinar preferencias por determinados colores: negro, en Liébana, pardo en el sur, morado en Pas, azul en la costa... Al oriente del río Asón, como si perdurara la historia tribal, ya no se puede hablar con pleno carácter de un traje cántabro, sino de una indumentaria de transición, en una zona poco conocida por la Etnografía.

Y unas consideraciones finales: estando el presente libro encaminado a servir de guía a quienes deseen vestir con propiedad un traje cualquiera de Cantabria he abandonado todo lucimiento a la hora de dibujar las láminas, en favor de una fácil comprensión. Ese es el motivo por el que las figuras adoptan la misma actitud, pretendiendo que el traje, y sólo el traje, centre la atención del que ojee estas páginas. Para evitar el encarecimiento del libro, he sacrificado el color, lo que no deja de dolerme pues uno de los mayores encantos del traje campesino es su cromatismo. Intento suplirlo detallando las tonalidades de cada prenda, y encendiendo su seriedad con canciones alusivas, todas pertenecientes al Cancionero Tradicional de Cantabria.

Pasiega (Principios del siglo XIX)

MONTAÑÉS (Principios del XIX)

Interpretación a los datos que aporta José Mª de Pereda sobre los trajes antiguos de Cantabria.

«Galán de la chupa ajena

y calzones empriestados,

dice el amo de las medias

que le vuelvas los zapatos»

Repito que se trata de una interpretación a las referencias que, sobre la indumentaria antigua, he podido espigar en los escritos de Pereda, complementadas con la escasa documentación que hay al respecto. Aún cuando he pensado y sopesado todos y cada uno de los detalles que conforman las prendas que iremos viendo, el peligroso y resbaladizo terreno de la interpretación siempre puede dar cabida al error. Sirva esta advertencia para aquellos trajes que aparezcan como «interpretados» en láminas sucesivas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De grueso lienzo casero, larga hasta las rodillas, abierta sólo hasta el pecho, con cuello de cabezón recogiendo el vuelo en pliegues menudos y abrochándose con dos tarines de plata a modo de gemelos. Las mangas, muy anchas, terminan en un breve puño con botón de hilo y presilla.

CALZÓN: De fuerte paño o sayal, generalmente en tono marrón y siempre a juego con la chaqueta, chaleco, montera y polainas. Bajo de tiro, no es de alzapón, sino que se cierra delante con dos botones de paño. Se ajusta a las rodillas con botones de paño o de plaqué dorado.

CHALECO: En el mismo paño que el calzón, con dos hileras de botones de plaqué dorado y anchas orejillas a la espalda.

CEÑIDOR: Quizá por esta época comenzara a difundirse su uso en Cantabria, si bien, algunas comarcas como Liébana, Campóo y otros valles altos, no adoptan esta prenda hasta tiempos muy tardíos. Tales fajas, que no servían pera sujetar el calzón sino para abrigar, guardar la petaca, el dinero y hasta el «compango» entre sus estudiadas vueltas, eran, sobre todo, un signo de majeza que los jándalos traerían de Andalucía junto al catite (sombrero calañés de copa alta) y las patillas «de boca-jacha». Como pregonando su naturaleza exótica, estos ceñidores solían ser de seda listada en vivísimos colorines, algunos con leyendas y bordados llamativos.

CHAQUETA: En el mismo paño que el calzón y el chaleco, presenta corte goyesco. Botones de plaqué por mero adorno y bolsillos oblicuos.

MEDIAS: De gruesa lana, blancas, negras o en su color natural, atadas a las corvas con cintas de color.

CALZADO: Zapato de becerro sin teñir y sin lustre, o bien, corizas. En tiempo húmedo, escarpines de sayal y albarcas. Resguardando las piernas, igual en verano que en invierno, polainas en el mismo paño que el resto del traje, abrochadas cada una con doce botones pequeños de plaqué dorado.

PEINADO: A principios del XIX, y siguiendo una inmemorial costumbre, todavía llevaban los hombres de Cantabria el pelo muy largo, unas veces cayendo en dos lacias crenchas desde las sienes, otras tendido a la espalda, bien en sueltos y flotantes rizos sobre los hombros, o bien, recogido en una coleta o redecilla.

TOCADO: Montera cónica del mismo paño que las prendas ya citadas. Sus perfiles variarían ligeramente de un valle a otro, llegando a alcanzar alturas de hasta treinta centímetros. Forradas de bayeta, las más lujosas mostraban las vueltas de terciopelo negro, adornándolas cada cual a su gusto con flores, plumas o borlas de seda.

COMPLEMENTO: En la mano, palo o cachiporra con tachuelas doradas y adornos al fuego.

Montañés (Principios del siglo XIX)

MONTAÑESA (Hacia 1839)

Según un dibujo y litografía de Sidney Crocker y Bligh Barker (Londres, 1839). Por cortesía de Karmele Goñi.

«Vitoriana, Vitoriana,

quién te ha peinado ese pelo...

Me lo ha peinado mi amante

que yo soluca no puedo...»

Cuando por la fecha indicada estos señores ingleses visitan Santander, dibujan la nota pintoresca de una guapa aldeana vendiendo frutas y verduras sobre el fondo incomparable de la Bahía. Acompaña al grabado un breve texto en inglés alabando las «aventajadas formas» de la mujer montañesa, bien receñidas en chaquetillas de paño. No se puede dudar que los ingleses hicieron estas observaciones del natural, pese a que sorprenden algunos detalles como el del cuello desmesurado en la camisa de la moza, vuelto sobre pecho y espalda a modo de rizada gorguera. También llama la atención el sombrero de copa cónica y encintada, idéntico a los usados por los hombres; seguramente las mujeres de Cantabria se adornaron con él, como ya hemos visto que lo hacían con la montera.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, recogiéndose el vuelo en finos pliegues en torno a un aparatoso cuello que cae sobre la espalda y los hombros. Rarísimo este cuello en las camisas de Cantabria; sin embargo, lo encontramos en algunos trajes femeninos del Pirineo vasco-francés y en la indumentaria de los alcaldes de Aezcoa y Salazar, en Navarra.

SAYA: De estameña o sayalete color ladrillo, cortada al hilo, fruncida a la cintura y sin adorno alguno.

JUBÓN: Muy ceñido al cuerpo, en paño o terciopelo marrón rojizo, con profusión de alamares o monedas sobredoradas colgando a ambos lados del escote y en las bocamangas. Se cierra delante con un fino cordón en zig-zag.

CALZADO: En el grabado original la muchacha está sentada y no se le ven los pies. Yo la he puesto descalza para resaltar algo que era muy común entre las mujeres del pueblo llano. Por supuesto que para más vestir, y sobre las medias, calzaban unos zapatos bajos y escotados de paño negro, parecidos a las zapatillas de los toreros, adornados con madroños o trencillas de colores.

PEINADO: Es lo más atrayente de esta figura por lo elaborado que resulta para el Norte de la Península. Sabíamos que este tipo de peinado estuvo muy de moda en regiones vecinas y ahora vemos que ocurrió igual en Cantabria. Trataré de describirlo siguiendo el dibujo para no perderme: una raya en medio, cortita, hasta el punto más alto de la cabeza, divide el pelo en dos crenchas que, luego de bajar pegadas al rostro, enmarcándolo, pasan a recogerse tras de las orejas. Y de oreja a oreja, como una diadema, va otra raya. A ambos lados de la cabeza, y de las orejas hacia la nuca, discurren sendas rayasllevando el cabello muy tirante y alisado a formar los ramales de la trenza. Ésta, gruesa y prieta, queda bastante despegada.

TOCADO: En el grabado original hay un sombrero al lado de la vendedora. Tal y como contemplamos la escena a nadie más que a ella puede pertenecer. Se trata de un gracioso sombrero de fieltro negro de ancha ala redonda y alta copa en forma de cono, toda adornada con cintas y borlas (amarillas en el original, pero que pienso pueden sugerir el color dorado u otros colores). La copa por dentro va forrada de blanco. Idéntico sombrero aparece en otra lámina de esta colección inglesa, cubriendo la cabeza de un mozo arriero.

Montañesa (Hacia 1839)

PASIEGA (Primera mitad del XIX)

De un mapa de la época orlado con tipos populares bajo el título «Cuadro general de España», dibujado y grabado por Ed. Saradin, en París.

«Aunque me veas aquí

con la saya redondela

tengo yo los mis amores

en San Roque de Riomiera.»

El traje de traficar de esta vendedora ambulante ya muestra todos los elementos que identificarán a las pasiegas durante el siglo XIX. Sólo el delantal resulta muy estrecho, algo verdaderamente excepcional en Pas, donde privaron los anchos resguardando la delantera de la saya casi por completo. Como dato curioso, en el grabado original se observa un particular rayado sobre el pañuelo de cabeza que muy bien podría evocar un tejido de cuadros. De ser así vendría a corroborar la decidida inclinación de los pasiegos por las telas cuadriculadas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, larga hasta la mitad de la pierna, con cuello de cabezón que recoge el vuelo en pequeños pliegues cerrándose el escote con dos tarines de plata formando gemelos.

SAYA: Amplia, con grandes pliegues, baja cerca de los tobillos; cortada al hilo en estameña o bayeta de color fuerte, va orillada de ancha tira de terciopelo o galón.

CORPIÑO: De seda brochada o bayeta, negro o de cualquier color, repulgado en panilla contrastante. Se cierra con cordones. Sujeto por el corpiño asoma el pechero o petero, siempre en un tono llamativo (rojo, verde, amarillo, violeta...), galoneado de oro o plata.

CHAQUETILLA: Confeccionada en paño y terciopelo, negro o marrón, queda muy abierta por delante, adornándose con galones o trencillas.

DELANTAL: Estrecho, conforme el gusto de la época, no deja de chocarnos en la pasiega que siempre ha gastado delantales muy amplios. Da la impresión de estar ribeteado con cinta de terciopelo.

MEDIAS: Como las descritas en la pasiega anterior, son de gruesa lana azul y, asimismo, de estribera, complementándose con otras medias cortas en lana blanca o natural arrolladas al tobillo.

CALZADO: Albarcas de cuero a medio curtir o chátaras.

ADEREZO: Largos pendientes de monedas de plata sobredorada, o bien, zarcillos de cobre o de coral. Anillos de cobre o de plata renegrida repartidos generosamente por los dedos de ambas manos. Collar de tres vueltas, ya de monedas sobredoradas, ya de cuentas de vidrio azules y rojas.

PEINADO: Muy tirante hacia atrás, descubriendo las orejas y formando una o dos trenzas recogidas en moño o sueltas a la espalda.

TOCADO: Pañuelo de cuadros en alegre colorido, o bien, listado, cruzados los picos bajo la nuca y atados arriba.

COMPLEMENTOS: Cuévano carguero cubierto por una tela de color fuerte. Colgando de la cintura, una tijera de antigua traza.

Pasiega (Primera mitad del siglo XIX)

PASIEGO (Primera mitad del XIX)

De la «Colección de Trajes de España». Guía de color del «Pasiego» de la Real Fábrica de porcelana de Berlín.

«Arriba, galán, arriba,

arriba con los calzones;

échale la culpa al sastre

que te los hizo grandones.»

No es éste el caso del pasiego de la lámina que lleva un calzón estrecho y bien cortado; si se ha remangado las perneras es para lucir con «cuidadoso descuido» las blancas caídas del «canciyu». No todos podían permitirse el lujo de un calzoncillo, por lo cual, aquellos que lo gastaban, procuraban enseñarlo por los bajos del calzón.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De fuerte lienzo casero, larga casi hasta las rodillas, con cuello de cabezón recogiendo el vuelo en finos pliegues. Abierta sólo hasta el pecho, se abrocha con dos monedas o botones de plata unidos en forma de gemelos.

CALZONCILLO: (En Pas, «cancíus» o «canciyu»). En blanco lienzo casero, cayendo seis dedos más abajo de las rodillas.

CALZÓN: En paño marrón rojizo o pana lisa de este color. Estrecho y bajo de tiro, no es de alzapón sino que se cierra adelante con dos botones de paño. Va pulcramente forrado de blanco, detalle que se aprecia en las perneras desabrochadas y vueltas sobre las rodillas.

CHALECO: De pana, o más probablemente de lino o bayeta, es de color blanco, con escote de corte cuadrado y dos filas de botones de plaqué o de tarines de plata. Con toda seguridad llevará anchas orejillas a la espalda entrelazadas con una cinta de color.

CEÑIDOR: En seda o estambre de tono llamativo: violeta, azul, rojo...

CHAQUETA: En el mismo paño marrón rojizo del calzón, muestra solapas de corte goyesco y ricos adornos de pasamanería. Botones plateados y trencillas en las bocamangas.

MEDIAS: De gruesa lana teñida de azul vivo. Son de estribera, por lo que se complementan con otras cortas de lana blanca, arrolladas al tobillo.

CALZADO: Albarcas de cuero a medio curtir con el pelo hacia afuera, sujetas con largas «estuérdigas» asimismo de cuero.

PEINADO: Grandes rizos flotando sobre las orejas y largas crenchas o «carcetas» cayendo a la espalda.

TOCADO: Montera cónica muy alta, en paño marrón con vueltas de acusado pico en terciopelo negro. Forradas de bayeta, algunas iban rellenas de hasta tres libras de levadura para que se mantuvieran rígidas.

COMPLEMENTO: Ninguno mejor para la figura del pasiego que el grueso palanco herrado, de aproximadamente 2’20 metros de alto.

Pasiego (Primera mitad del siglo XIX)

CAMPURRIANA (Siglo XIX)

Según fotografías antiguas, textos sobre costumbres campurrianas y datos recogidos en Campóo. Mi agradecimiento al amigo Celestino González, de Mazandrero, y a las mujeres de Salces.

«Cómu menea el manteo

cuando a Reinosa bajaba

el día de San Mateo

una moza campurriana;

lleva pañuelu

y va en albarcas...»

Junto con Pas, Campóo es la comarca que por más tiempo conserva su indumentaria tradicional; ya en las «Memorias de la Diócesis y Obispado de Santander», escritas en 1777, se cita a «pasiegos y campurrianos» como gente «que retienen más los usos» y los trajes locales. Así vemos que en el arreo femenino de Campóo apenas se introduce cambio alguno a lo largo de todo el siglo XIX.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De fuerte lienzo casero, con mangas muy anchas que recogen el vuelo en unos pliegues en el hombro y en el pequeño y ajustado puño que se cierra con botón de hilo en forma de confite y presilla. Larga hasta media pierna, es de corte cuadrado lo que indica antigüedad.

SAYA: La saya exterior es de pardomonte o cúbica, a juego con la chaquetilla. Va cortada al hilo, recogiendo el amplio vuelo en pequeñas tablas a la cintura. Larga hasta el tobillo, los bajos se ribetean de negro, yendo el dobladillo por dentro tapado con cinta negra de unos cinco dedos de ancha. A la altura de las rodillas, y por todo adorno, una o dos gruesas lorzas vienen a ahuecar más la saya. Esta siempre debe ir sobre dos, tres o cuatro manteos de sayalete, rojos, verdes, amarillos, color «pimentón», etc., del mismo largo que dicha saya exterior, de modo que al andar se entrevean ligeramente. La hechura de los manteos es como la de la saya: de mucho vuelo, ya que llevaban de cuatro a seis anchos cada uno, se atan a la cintura con grandes corchetes, descansando sobre las faldillas del corpiño. Como adorno, una lorza al medio, añadiendo en algunos otra franja negra a la mitad de su altura o un bordado muy sencillo de cadeneta o poco más. Ribete negro en los bajos.

CORPIÑO: De pana, paño, estameña, bayeta o terciopelo labrado, con faldillas y cortes delante y detrás para darle forma. (Algunos con una almohadilla cilíndrica cosida a la altura de los riñones para ahuecar los manteos). Este corpiño, que puede ser de cualquier color menos blanco, se cierra adelante con cordones que pasan por pequeños ojales redondos reforzados con cordoncillo de hilo de color, nunca con ojetes metálicos.

Todo el escote y la abertura del corpiño va repulgado en panilla haciendo juego o, por el contrario, contrastando con el fondo de la prenda. Encima, un pañuelo de percal o seda, estampado en alegres colores, doblado en pico y prendido con alfileres grandes, cubre recatadamente el corpiño, ya que éste se consideraba casi como ropa interior y, fuera del ambiente familiar, no era bien visto lucirlo sin pañuelo.

CHAQUETILLA: De pardomonte o cúbica negra, a juego con la saya exterior. Muy entallada, llega hasta la cinturilla de la saya, quedando por delante bastante abierta para dejar ver el pañuelo. Todo el ruedo va orlado con cinta ancha de terciopelo negro o marrón. Las mangas, lisas o abullonadas, amplias por la parte superior, sujetan el vuelo en el hombro con unas tablas pequeñas, ajustándose en la muñeca con puño de terciopelo y dos botones de plata, plaqué o forrados del mismo paño, que se dan con presillas. La parte inferior de la chaquetilla se une por cuatro broches grandes formados de alambre dorado o plateado, enganchados con hilo de igual metal. Otras veces se ajusta con un cinturón sobrepuesto de terciopelo negro abrochado con dos hebillas de plata.

DELANTAL: La campurriana no lo usa con el traje de fiesta.

MEDIAS: De lana, rara vez de hilo, blancas o en su color natural; con menos frecuencia negras. No pasan de la rodilla, atándolas con ligas de cinta en rollo.

CALZADO: Zapato bajo, abierto por delante, con agujeros (sin ojeteros) por los que pasa una correa, o mejor, escarpines altos, bien abiertos por delante y ajustados con cintas, o bien, abiertos por los lados y abrochados con broches iguales, pero más pequeños que los de la chaquetilla. En cualquier caso, aparecen por lo general ribeteados de una panilla o repulgue de color vivo. La suela del escarpín va reforzada de «orillo». Y sobre el escarpín, albarcas; albarcas de pico muy grande y recto inclinado hacia afuera, levantadas sobre clavos, más airosas y con más dibujos hechos a navaja que las de los hombres,terminadas a corte de pronunciadas aristas. Últimamente, para mucho vestir, fuertes zapatos abotinados.

ADEREZO: Al cuello, gargantillas de coral de dos o tres vueltas y cuentas muy pequeñas de las que pende una crucecita. En las orejas, grandes pendientes de colgante o semicírculo.

PEINADO: Raya en medio y trenza, en la cual se pone, y esto es verdaderamente pintoresco, un rosetón de cintas de colores muy chillones. Las mujeres casadas y de cierta edad doblaban la trenza atándola con una cuerda o correa, llamando al pequeño moño resultante «castaña».

TOCADO: Pañuelo de algodón, lana o seda, blanco o estampado en vivísimos ramos a modo de los llamados «pañuelos portugueses». Se cruzan los picos tras la nuca y se atan arriba.

Campurriana (Siglo XIX)

CAMPURRIANO (Siglo XIX)

Según fotografías antiguas, textos sobre costumbres campurrianas y datos recogidos en Campóo. Mi agradecimiento a José Vicente Díez de Reinosa, que puso a mi entera disposición su valioso archivo fotográfico.

«En la plaza de Reinosa

vi bailar a un campurrianu

con albarcas y escarpines

en el rigor del veranu...»

El traje masculino de Campóo, clara pervivencia de la moda del siglo XVIII, resulta de gran empaque, con sus solapas rígidas y el arriscado acento de la montera picona. Tiene un algo de marcial que trae a la memoria las guerrillas cántabras frente a la invasión napoleónica. Imponentes albarcas «de pico entornao», características de Campóo, remarcan el fuerte carácter de este traje que se sigue usando hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo XIX. Entonces es cuando el cambio en la indumentaria empieza a acusarse más en el hombre que en la mujer, pues el calzón se reemplaza por el pantalón y la montera por un sombrero, uniformándose con el resto de las regiones.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Abierta hasta la mitad del pecho, en lienzo casero muy gordo, con largos faldones que suplían la falta del calzoncillo cruzándose entre las piernas. Estas camisas llevaban tela fina en el cuello, puños y pechera; lo demás era de áspera estopilla. En la pechera pliegues verticales muy pequeñitos. Cuello de pie alto, hasta rozar las orejas. Botones de hilo en forma de confite. Mangas anchas con puño estrecho con botón y presilla.

CALZÓN: En burdo pardomonte, rara vez en paño fino. Usaban mucho un paño fuerte, algo rojizo, llamado de Sierra. El calzón llega hasta cubrir las rodillas; en esta parte tiene unas aberturas laterales de unos doce centímetros que se ciñen con botones de paño, o de plaqué con cadenillas, o bien, con hebillas de plata. En la parte superior de dichas aberturas, y como contrafuerte, va una piecita de paño del tamaño y forma de un duro antiguo, cosida la mitad que monta sobre la parte de delante y suelta la otra mitad. El calzón es de alzapón, con una trampilla tan ancha que casi llega a las costuras laterales, sujetándose con dos botones de plaqué a cada lado. A uno de los costados de la trincha hay un bolsillo que cubre la puerta de la trampa. Aparte de esto, algunos llevaban bolsillos normales rectos.

CHALECO: En el mismo paño que el calzón, con solapas en pico muy pronunciadas, se luce siempre abotonado. Los botones son de plaqué dorado (solían tener el reverso de las armas reales). Bolsillos pequeños sin carteras. Forro blanquecino

o de rayas desvaídas, en algodón. La espalda posiblemente cortada en otra tela con anchas orejillas unidas por trencillas de colorines.

CHAQUETA: En el mismo paño que el resto del traje, conserva un marcado corte goyesco: muy breve por detrás, a cubrir apenas la cintura del calzón, más larga por delante, sin entallar, cuello de pie alto, solapas en pico, muy grandes, manga recta, larga, no muy ajustada. Botones iguales a los del chaleco pero de mayor tamaño. Bolsillos sin carteras y forro similar al del chaleco. Era muy corriente, sobre todo entre los mozos, llevar la chaqueta al hombro.

MEDIAS: Caseras, del color de la lana, algunas negras, asegurándolas bajo las rodillas con cinta de color, generalmente encarnada.

CALZADO: Zapato bajo, que difiere del de la mujer en que tiene una especie de carteras sueltas con agujeros, sin ojeteros, por los que pasa una correa que, al apretarla, une en el centro del tarso las carteras; o bien, escarpines y albarcas, más fáciles de conseguir que estos antiguos zapatos, y más propios de la tierra. Los escarpines son de paño oscuro, con orejas muy altas, sin broches, y la planta del pie, lo mismo que los de la mujer, reforzada de «orillo». Con clavos en lugar de tarugos, las albarcas «de pico entornao», exclusivas de Campóo, son variante moderna de un antiguo modelo de agudo y retorcido pico.

PEINADO: A principios del XIX, cabe pensar que llevaran guedejas bastante largas, recogidas o no en coleta o redecilla. Después, el pelo cortado a mechones sin raya alguna.

TOCADO: Montera muy característica de Campóo, altísima y acabando en punta, por lo que recibe el nombre de «picona». Del mismo paño que el traje, o bien, en paño negro, mide treinta centímetros de altura. A diez centímetros, desde la parte inferior al centro, muestra una costura alrededor, y desde esta costura hasta el remate va en disminución acabando en pico redondeado; desde la costura del centro al final superior, lleva a los lados una cinta de seda o terciopelo del color del paño, de dos dedos de ancha, cubriendo las dos costuras laterales. En el remate, varios lazos en forma de rosetón o bien una borlita de seda negra. Las alas de la montera, en el frente y parte posterior, son de terciopelo o de pana en color negro, formando una especie de triángulos en las vueltas que se da al paño, subiendo el ala delantera bastante, rematándose en el pico con otra borlita de seda. Por los lados, como no se dobla, baja mucho lo mismo que por detrás, abrigando las orejas, cosa bien necesaria en el duro clima del Valle. Va forrada de paño rojo, poniendo entre las dos telas una masa de engrudo para que siempre esté derecha. Se sujeta la montera con barboquejo de lana negra o con dos cintas que se unen dando una lazada debajo de la barba.

COMPLEMENTO: Palo pinto.

Campurriano (Siglo XIX)

CAMPURRIANO (Segunda mitad del XIX)

De un traje conservado en la comarca. Mi agradecimiento a Emilio González Peña que me lo dio a conocer .

...«compréme una montera

después de enmonteráu;

dicen en casa

que estoy mal enseñáu»...

Se trata de un atuendo infantil realizado a todo detalle, en fiel réplica de aquellos que usaran los hombres en la segunda mitad del XIX. Probablemente se hizo a principios del siglo XX, con motivo del traslado a Reinosa de los restos del gran pintor Casimiro Sáinz, en el mes de agosto de 1919, para cuyos actos hubo un grupo de niños vistiendo al uso de Campóo. Por aquel entonces el recuerdo de la indumentaria campesina estaba aún muy vivo en la mente de las personas, por lo que cabe considerar como auténticas las prendas que lucieron los niños campurrianos en tal ocasión. Un traje de niña (que también formó parte del grupo) fue donado al Museo del Pueblo Español, donde hoy está expuesto si bien, cuando yo lo vi, le habían añadido impropiamente un cuevanuco a la espalda.

En la presente lámina figura el traje de niño, ampliado a escala a una talla adulta: su estampa es algo más suavizada que la de su compañero del grabado anterior, al perder los envarados cuellos en camisa y chaqueta, así como las altas lengüetas de los escarpines. Al final del libro incluyo apuntes del natural de las diferentes prendas que se han conservado.

EXPLICACIÓN

CAMISA: El algodón moreno (a falta del áspero lienzo casero) muestra una hechura bastante moderna. Sigue siendo abierta sólo hasta la altura del estómago, pero no lleva el característico adorno de lorzas en la pechera, ni la pieza cuadrada debajo del brazo. Los faldones caen a medio muslo, yendo el de delante cortado en redondo, y el de atrás (unos cuantos centímetros más largo) recto. Cuello vuelto y botones de dos agujeros, lisos, en pasta blanca.

CALZÓN: Al igual que el chaleco y la chaqueta, es de paño de Astudillo, «marrón carmelita», según experto dictamen de una vieja pasiega afincada en Reinosa. La trampilla es tan ancha que llega a las costuras laterales, donde abrocha en un botón de latón negro. Este alzapón no se ajusta por debajo con ningún sistema de trinchas, sino con un fuelle, o doblez, a cada lado (en la tela del forro), que sirve a la vez de inicio a los bolsillos. Ajustado a las piernas, no pasa de las corvas, a cuya altura se ciñe con tres hebillas plateadas. Como único adorno, unos pespuntes y una trencilla negra, doblada y montada por el «puño» de la pernera. Dentro lleva tela de cuadros amarillentos en la cinturilla, en los bolsillos y en unos parches triangulares (a la altura de las ingles) tal vez para amortiguar las rozaduras. El contorno de las bocas de las perneras, el borde de sus aberturas laterales y las trabillas, van forrados en trencilla pardo claro. Por último, conviene advertir que este calzón lo estrenó el niño con unos inadmisibles tirantes, por lo que le añadieron unos botones delante y detrás que a todas luces sobran.

CHALECO: En paño de Astudillo en su delantera; el forro y la espalda en una tela «de mantelería» en algodón (a cuadros amarillentos, grises, blancos y negros) la misma que lleva el calzón por dentro. Presenta el chaleco cuello alto de pie, y grandes solapas triangulares forradas de satén negro. Debajo de ellas, y en el lugar de donde arrancan (justo a la línea del escote), hay en el paño sendas aberturas practicables a modo de bolsillos. Botones chiquitos de plaqué dorado y ojales y pespuntes en hilo negro. Bolsillos sin carteras. La espalda se ajusta con trabillas y una hebilla de hierro pavonado.

CHAQUETA: En el mismo paño palentino que el resto del traje, con solapas de picos vueltas, ribeteadas con pespuntes. El cuello por debajo va totalmente surcado de estos pespuntes. El cuerpo, mangas y tapas de los bolsillos, aparecen forrados en algodón a cuadros. Sendos pares de botones (sin ojal alguno) cosidos bastante arriba a cada lado del delantero, idénticos a los que adornan las bocamangas; son unos botones grandes, dorados, algo cóncavos, decorados con una cabeza de mujer. De no encontrar los primitivos, grabados con las armas reales, son más aconsejables los lisos de plaqué.

MEDIAS: Confeccionadas en casa, con gruesa lana blancuzca o negra, atadas con una cinta bajo la rodilla.

CALZADO: Escarpines de lengüeta normal, no la alta que caracteriza al campurriano. Parecen cortados en pana del revés, en un color pardo encanecido; por dentro van forrados de franela gris; una trencilla marrón ribetea la boca, el talón, la costura de la suela y el empeine. Albarcas «de pico entornao», no con tarugos, sino reforzadas con su «alilla» y sus buenos clavos de herrero.

PEINADO: Pelo corto sin raya alguna, siendo muy frecuente, en Campóo y en el resto de Cantabria, que se deje caer sobre la frente un rizo encaracolado.

TOCADO: Montera en grueso paño o fieltro negro. De todas las prendas quizá sea ésta la que se hizo más «de oídas». Me hace pensar así la simplicidad de su ejecución; en vez de la masa de engrudo o yeso, que traía bajo el forro, aquí la picona se mantiene rígida por medio de un alambre embutido en un cordoncillo de terciopelo negro, siguiendo la costura lateral. La punta no es de «gajos», por lo que lleva una pinza en el pico. Carece de forro y de ala trasera. Delante sí la luce, en terciopelo negro, yendo reforzada por debajo con tela de armar negra y un pequeño triángulo de terciopelo al vértice. Se adorna con una borlita aplastada de hilo negro. Largas cintas de terciopelo negro sujetan la montera dando una lazada bajo la barba. En general, la explicación de esta picona difiere en algunos pormenores de la que con tanto detalle describe el incomparable retratista de Campóo, Julio G. de la Puente. Pudiera tratarse de pequeñas variantes a la hora de su confección.

COMPLEMENTO: Palo pinto.

Campurriano (Segunda mitad del siglo XIX)

MUJER DE VILLAVERDE DE TRUCÍOS (Hacia 1840).
(También visten así las de Castro Urdiales, Oriñón, Guriezo y Sámano).

Interpretación de los datos que aportara esta zona para confeccionar el Diccionario Geográfico de Madoz.

«Desde que vino la moda

de los pañuelitos blancos

parecen las labradoras

palomitas en los campos.»

Estamos ante un traje de diario para faenar en el campo; la ausencia de adornos y el burdo calzado nos lo dicen. El sorprendente tocado blanco indica que, quien lo luce, es mujer casada, ya que leemos en el Diccionario de Madoz que las casadas del partido de Castro Urdiales «se colocan una toca blanca que llaman sabanilla, la cual DESCENDIENDO a la espalda, ARROLLA la trenza del pelo». Lo primero que se piensa es que se trata de la blanca sabanilla de las casadas de Vizcaya, pañuelo doblado en pico que apenas baja un palmo de la nuca dejando las trenzas al aire, pero pronto se da uno cuenta que la descripción del Madoz es algo completamente distinto, pues perfila una toca que enlaza con rancias modas medievales. Me refiero al «tranzado», genuina creación española que aparece a fines del siglo XIV para caer en desuso hacia 1540. El belga Laurent Vital, en 1517, define esta prenda como «...un tocado de lino blanco colgando a la espalda en el que estaba envuelto el cabello», tocado que califica de dulce, sencillo y gracioso. Por su parte, Carmen Bernis Madrazo en su documentado libro «Indumentaria Española en tiempos de Carlos V» nos dice que el tranzado medieval, consistía en una «...cofia a modo de una larga funda que caía sobre la espalda en la cual se metía la trenza de pelo...». No parece sino que todos se estén refiriendo al mismo tocado, bien le llamen tranzado o sabanilla. Esta moda, perdida hace siglos, pervive misteriosamente en los confines de Cantabria, convirtiéndose en uno de los tocados más arcaicos de España y en el más original de nuestros Valles.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De grueso lienzo casero y corte recto, larga casi hasta la mitad de la pierna, con cuello de cabezón o simplemente con una escotadura abierta hasta el arranque del pecho. (Téngase en cuenta que encima siempre se ha de llevar un pañolón cubriendo el busto). Mangas anchas con o sin puño.

SAYA: Algo corta, es decir, cuatro o cinco dedos sobre el tobillo, con una gruesa lorza a la altura de las rodillas por todo adorno. Dice el anónimo comunicante de la zona que la saya es de calzán, tejido este que no aparece en ningún diccionario, ya que debe tratarse de la denominación local de alguna tela fuerte y barata apropiada para estos trajes de faena. Imagino que sea un tipo de estameña o lienzo, debajo de la cual puede ir otro tosco refajo de sayalete.

CORPIÑO: Blanco, de lienzo casero aún más grueso que el de la camisa, repulgado de tela de otro color y cerrado adelante con cordones y ojales redondos reforzados con hilo, nunca con ojetes metálicos. En el traje festivo, este corpiño blanco puede ser de color o de lino brochado, con forro de lienzo. Sobre el corpiño, tanto si el traje es de diario como dominguero, va un pañolón bien de hilo blanco, o bien, de algodón rameado que, cerrándose al cuello con grandes alfileres, viene a recoger las puntas en la cintura de la saya quedando el corpiño por delante completamente tapado. En el dibujo he dejado el pañuelo entreabierto a fin de dar más clara idea del corpiño.

DELANTAL: Con el traje de faena resulta imprescindible, gustando los amplios que protejan toda la delantera de la saya. Cortado en crudo lienzo casero, lleva apenas unas lorzas o unas franjas por adorno. Con el traje de fiesta no hay que ponerlo.

MEDIAS: A diario, y en su lugar, unos cuadrados o rectángulos de lana de baja calidad (blanqueta) envolviendo pies y piernas y asegurados con los cordeles de las albarcas. Estos peales reciben en la comarca el nombre de «mantos» y también se pueden hacer de mitán o estameña. En cualquier caso, acostumbran ir ribeteados con lana marrón. Los días festivos, medias de lana azules o blancas.

CALZADO: Albarcas de cuero a medio curtir con largos cordeles de un dedo de grosor hechos en cáñamo o lana negra.

ADEREZO: Pesados aros planos de plata sobredorada en las orejas.

PEINADO: Pelo tirante hacia atrás, formando una dura trenza hasta más abajo de la cintura. Las solteras, dos trenzas, también a la espalda.

TOCADO: Cofia blanca de lino, ceñida a la cabeza, con una larga funda descendiendo a la espalda donde se introduce la trenza. Cabe pensar que con la ayuda de una cinta, arrollada en espiral, queden sujetas ambas. Este tocado, llamado «sabanilla», es lo más valioso y peculiar de las galas del Oriente de Cantabria pues, tal y como se describe, parece equivaler al tranzado de las españolas de los siglos XIV, XV y XVI, lo que hace de la sabanilla una de las tocas más antiguas de la Península. Insisto en que la sabanilla es privativa de las mujeres casadas, aunque por error haya aparecido en alguna ocasión como símbolo de doncellez cuando se sabe, con toda seguridad, que las solteras del partido de Castro Urdiales se distinguían por un pañuelo de color que llevaban «aseadamente en la cabeza».

Mujer de Villaverde de Trucíos (Hacia 1840)

MOZO DE VILLAVERDE DE TRUCÍOS (Hacia 1840)
(También visten así los de Castro Urdiales, Oriñón, Guriezo y Sámano).

Interpretación de los datos que aporta esta zona para confeccionar el Diccionario Geográfico de Madoz.

«Al aire y al sol,

al rocío y al agua,

arriba labrador del alma...»

Seguimos en el campo, con otro traje para los días de labor. A pesar de su notoria sencillez tiene gran importancia porque prueba el uso en Cantabria del calzón o pantalón blanco, del que se conocen contados testimonios en puntos tan distantes como pueden ser Galicia, Aragón y Granada. Dicho pantalón blanco sólo lo traían nuestros paisanos entre semana, pues para las fiestas vestían «pantalón y chaqueta de paño oscuro de Somonte, camisa de lienzo sin pañuelo al cuello, sombrero basto, o gorra los jóvenes y zapatos, sin medias muchos de ellos, y albarcas con blanquetas otros».

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo ordinario y áspero. Abierta sólo hasta el pecho, con largos faldones y anchas mangas terminando en un breve puño. Cuello pequeño y vuelto. Pechera desprovista de adornos. Botonadura de hueso o de hilo en forma de confite.

PANTALÓN: Blanco, del mismo grueso lienzo casero que la camisa, sujetando la ancha trampilla del alzapón a los costados. Algunos cambiaban este singular pantalón blanco por otro azul más corriente.

CEÑIDOR: Seguramente lo usaron de estambre de color.

CALZADO: «Mantos» de lana «blanqueta», es decir, peales o rectángulos de basta lana batanada, ribeteados de lana marrón, en los que se envuelven las piernas sujetándolos con los cordeles de las albarcas. Estas son de cuero a medio curtir con el pelo hacia afuera. Se atan con largos cordeles de un dedo de grosor en cáñamo o lana negra.

PEINADO: Pelo corto sin raya alguna.

TOCADO: Nada se dice del que traían a diario pero cabe suponer pardinegros sombreros, o bien, pañuelos, ya coronales, ya cubriendo todo el cráneo. Tal vez por entonces, con las Guerras Carlistas, empiezan a difundirse las boinas de color como ocurre en la vecina Vizcaya. Amós de Escalante, hacia 1870, nos deja constancia de que en la zona de Castro y Laredo los hombres se cubrían con boinas azules y rojas, galeros o pañuelos ajustados al cráneo.

COMPLEMENTO: Fuerte palo nudoso adornado al fuego.

Mozo de Villaverde de Trucíos (Hacia 1840)

PESCADORA SANTANDERINA (Hacia 1840)

Interpretación sobre datos de Pereda.

«Dicen que lo azul es triste,

lo colorado alegría,

de azul se visten los cielos,

de azul la Virgen María.»

Y de azul la gente de la mar... anchurosas haldas de mahón, fino paño marino, medias de añil intenso... armonía de una raza y el paisaje profundo de las olas... Es una callealtera de Santander emperejilada con su traje de gala, similar al que usarían por entonces las pejinas de nuestro litoral, a diario vestidas con una saya más o menos remendada y descalzas de pie y pierna. Sobre un fondo de mar pasa la sombra azul de Sotileza.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Larga hasta media pierna, de hilo casero, correspondiendo a las descripciones que se han ido reseñando en otras camisas femeninas.

SAYA: La saya exterior, larga hasta el tobillo, es de mahón oscuro o de percalina azul, muy fruncida en la cintura, suponemos que con una lorza o dos a la altura de las rodillas como único adorno. Esta saya siempre va sobre un refajo de bayeta encarnada o naranja (o verde o amarilla), de la misma largura que la saya exterior, entreviéndose ligeramente al andar. Dicho refajo, muy replegado a las caderas, lleva una o dos cintas de terciopelo negro como adorno.

JUBÓN: De paño azul oscuro (o negro), muy ceñido al cuerpo. Nada más se dice al respecto pero me inclino a creer que sea cerrado al cuello en redondo, sin escote y sin adornos, con manga larga y puños ajustados por botones chiquitos de paño

o plata. Sobre el jubón, y tapando por completo el pecho, un pañolón de seda negra, o estampado en tonos muy oscuros con fleco a los bordes, prendido con gruesos alfileres. Otras, quizá las más jóvenes, preferían un pañuelo de seda encarnado.

DELANTAL: El traje festivo no lo lleva.

MEDIAS: Azules, en hilo, estambre o algodón.

CALZADO: Pereda nos dice que eran zapatos «rusos» y, la verdad, no sabemos a qué clase de zapatos se refiere. Nieves de Hoyos supone que sean zapatos de paño abotinados, atados sobre el empeine, y así los represento.

ADEREZO: Anchos y pesados aros de plata o de oro bamboleándose en las orejas, y anillos de plata renegrida en las manos.

PEINADO: Muy tirante hacia atrás, formando nutrido moño.

TOCADO: Pañuelo «a la cofia» de merino o algodón, estampado en tonos muy oscuros, cruzado bajo la nuca y anudado arriba, o bien, pañuelo de seda, rojo o de color liso y llamativo.

Pescadora santanderina (Hacia 1840)

PESCADOR SANTANDERINO (Hacia 1840)

Interpretación sobre datos de Pereda.

«Un marinerito, madre,

el corazón me robaba;

qué guapo que era,

qué bien bailaba;

por la Alameda

se paseaba...»

Ninguna interpretación me ha parecido tan arriesgada como ésta al no tener la menor referencia gráfica para apoyarme. Curiosamente en un grabado de Leonardo Alenza de 1839, sobre tipos navarros, uno de ellos parece responder punto por punto a las descripciones del traje festivo del pescador santanderino; allí, muy lejos del mar, está representada la boina con profusa borla, la ceñida chaqueta, el generoso cuello de la camisa, los anchos pantalones... Es la única estampa donde parece tomar cuerpo la indumentaria de gala de los mareantes de los viejos Cabildos...

EXPLICACIÓN

CAMISA: De gordo lienzo y largos faldones, abierta sólo hasta el pecho, con amplias mangas terminando en un puño chiquito y ancho cuello sin planchar. Botonadura de hueso o de hilo y pechera de fuelles.

CALZONCILLO: De crudo lienzo, asomando ligeramente por debajo de los pantalones.

PANTALÓN: Muy ancho y acampanado, en fino paño azul marino (o negro), no baja del tobillo. Es de alzapón, sujetándose la trampa con botones de plaqué plateados, o bien negros de los de asa.

CHALECO: En el mismo paño que el pantalón, no se apartaría mucho de los que vamos viendo.

CEÑIDOR: De seda negra, dando cumplidas vueltas sobre el vientre y estómago.

CHAQUETA: También de buen paño azul marino o negro, siempre a juego con el resto de las prendas y muy ceñida al cuerpo.

MEDIAS: En lana o algodón, de color azul preferentemente.

CALZADO: Zapatos de fuerte becerro, sin lustre y sin tacones, con recia suela claveteada algo convexa. Se atan con trencillas de color.

PEINADO: Pelo en rizos o mechones, sin raya alguna, a los que se unen largas y alborotadas patillas.

TOCADO: Gran boina de paño azul oscuro con gruesa borla de cordoncillo de seda negra cayendo hasta cerca del hombro. Resulta un tocado elegante donde los haya, que venía a sustituir al gorro marinero (o catalán), que traían a diario.

COMPLEMENTOS: Para mayor toque de distinción, cachimba de barro blanco, corbata de seda negra «a la marinera» anudada sobre el pecho y medio cubierta por el cuello de la camisa, y a veces sobre dicha corbata, pañuelo de marga de seda de largas puntas colgantes.

Pescador santanderino (Hacia 1840)

PASIEGA (Mediados del XIX)

Según una litografía de F. Blanchard (París). Guía de color de un grabado de la época.

«Carmeluca, Carmeluca,

la del pañuelo amarillo,

si quieres que yo te quiera

has de hablar sólo conmigo.»

En la atractiva estampa dibujada sobre apuntes del natural por Blanchard, contemplamos una guapa pasiega estrechuca de cintura y ancha de «encuentros». El traje de gala que viste es muy atildado, destacando la chaquetilla con solapas de picos, tal vez influencia de la moda masculina del momento. Como detalle anecdótico al pie del grabado figura un texto en francés que dice: «Mujer de la tierra de Paz (sic) cerca de Bilbao». Este desliz geográfico no debe extrañarnos si pensamos que los ingleses Crocker y Barker, anteriormente citados, sitúan la Bahía de Santander en la provincia de Vizcaya. Desde antiguo, los términos «montañés» y «vizcaíno» han significado lo mismo para muchos españoles y extranjeros, resultando a veces muy difícil, cuando no imposible, determinar si se refieren al País Vasco o al Cántabro. No es éste el caso del traje que ahora presentamos: pese a colocar los Montes de Pas en los alrededores de Bilbao, Blanchard ha trazado el inconfundible perfil de una pasiega. ¿Quién dudará al verlo?

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo casero, casi hasta media pierna. Cuello de cabezón que recoge el vuelo en pequeños pliegues, cerrándose el escote con dos tarines de plata unidos en forma de gemelos.

SAYA: Muy amplia, cortada al hilo, formando pronunciados pliegues en torno a la cintura. En pañete o fina bayeta de intenso verde, va sobre uno o dos refajos de estameña en color fuerte ahuecando mucho la silueta. Se adorna en los bajos con anchas labores de pasamanería.

CHAQUETILLA: En paño o terciopelo color oro viejo, muy «azotada» al cuerpo y ceñida de mangas, cerrándose el profundo escote con corchetes debajo del curvo y macizo seno. Lleva solapas a la moda masculina en terciopelo marrón rojizo con adorno en las bocamangas del mismo género. Largos colgantes dorados en el pecho y en los puños. Tapando la abertura de la chaquetilla aparece la parte superior del pechero en rico terciopelo carmesí, con ancho galón de oro al borde.

DELANTAL: Amplio, muy fruncido, en brillante raso azul celeste, con cinta de plata en las orillas y en los bajos, combinando con galón estrecho y otras labores de pasamanería.

MEDIAS: Encarnadas, a juego con el pechero. No resultan muy frecuentes las medias de este color en Cantabria. Sólo conozco la estampa de otra pasiega del siglo XVIII, también con medias coloradas. Da la impresión que en el resto del País resultaban demasiado atrevidas.

CALZADO: De paño o cuero negro, con alta lengüeta sobre el empeine y pulidas hebillas de plata o, en su lugar, un lazo zapatero negro.

ADEREZO: Profusión de gargantillas de rojo coral dando ocho o nueve vueltas al cuello. En las orejas, arracadas de oro (dobles a lo que parece) o largos pendientes de coral.

PEINADO: En la línea de las modas románticas del momento, presenta sendas rayas en cada sien, con el mechón central tirante hacia atrás y las dos crenchas laterales cayendo hasta tapar las orejas para ir luego a formar, con el resto de los cabellos, un grueso moño sobre la nuca.

TOCADO: Pañuelo amarillo de seda, anudado atrás.

Pasiega (Mediados del siglo XIX)

PASIEGA (Mediados del XIX)

Según dos grabados de la época, uno de Leonardo Alenza y Nieto publicado en el «Semanario Pintoresco Español» (1839) y otro de Manuel Sala Julién.

«Qué bien te está lo amarillo

pero también el rodete,

que con la sortija

que con los pendientes.»

Este traje, más sencillo que el anterior, guarda gran semejanza con el que plasmará años después el hermano de Gustavo Adolfo Bécquer en su cuadro titulado «La nodriza pasiega» (ver lámina 46). Tanto en el grabado de Alenza como en el de Manuel Sala, se intenta resaltar las funciones de cuna que hace el cuévano en Pas, dibujando para ello al niño acostado sin ninguna protección, encima de un colchoncito que sobrepuja y desborda las paredes de la canastra. Esto es un error y, para atenuarlo, he añadido el arquío.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, larga casi hasta el tobillo, con cuello de cabezón que recoge el vuelo en pliegues menudos.

SAYA: De bayeta o sayalete, presumiblemente de color amarillo, dado el tono claro que presenta en los originales. Muy amplia, cayendo hasta el tobillo, va ribeteada con una cinta de terciopelo o bayeta. Esta saya, como hemos visto en páginas atrás, se luce sobre uno o dos refajos de gruesa estameña, idénticos de corte y de largura que, al marcar mucho las caderas, dan la impresión de una cintura más estrecha.

CHAQUETILLA: Más bien parece un jubón. De terciopelo negro, muy «azotado» (ceñido) al cuerpo, se adorna con galón de oro en los bordes y en las bocamangas. Otro galón dorado, en zig-zag, ajusta la prenda por delante a modo de cordón, dejando entrever el pechero de terciopelo o paño fino de vivísimo colorido, galoneado asimismo de oro en su parte superior.

DELANTAL: Muy amplio, cortado en lienzo blanco, sin más adorno que un repulgo de tela en color fuerte.

MEDIAS: Azules, de lana hilada, tejida y teñida en casa.

CALZADO: Zapatos de paño o cuero negro, con ancha lengüeta remontando el empeine y grandes hebillas plateadas.

ADEREZO: Larguísimos pendientes de coral, de los llamados de «pata y careta». Collar de coral también, dando tres vueltas muy ceñidas a la garganta, con una «patena» o relicario pendiente sobre el pecho. Este es el único testimonio que he encontrado sobre el uso de tan pesada joya en Cantabria.

PEINADO: Raya en medio, con el pelo muy tirante hacia atrás dejando al descubierto las orejas, y una o dos largas trenzas, bien sueltas a la espalda, o bien, recogidas en alto moño a la hora de cargar el cuévano.

TOCADO: Gran pañolón de cuadros (ya se dijo antes que las telas a cuadros parecen haber tenido siempre un especial favor en Pas), doblado en pico, cruzado bajo la nuca y atado arriba.

COMPLEMENTO: Cuévano niñero. Repito que en los grabados originales se coloca al chicuzu «posado» sobre toda la balumba del cuévano, sin sujeción de ningún tipo, postura poco natural que he tratado de disimular ligeramente agregándole el arquío.

Pasiega (Mediados del siglo XIX)

LEBANIEGA (Hacia 1845)

Interpretación del traje de gala descrito por Ildefonso Llorente en «Recuerdos de Liébana» ampliada con datos recogidos en la zona. Mi agradecimiento a Don Desiderio Gómez, a las hermanas García G. de Enterría, a Evangelina Gutiérrez, a las de Soberón y a «las del Rubio» de Potes, así como a Isabel de Colio, a Maura de Dobres y a Rosina Lamadrid de Aniezo.

«Llevan las lebaniegas

en el rodete

cintas rojas y verdes

que comprometen.»

La Liébana, comarca de acusada personalidad, ha venido vistiendo unos trajes regionales que no le correspondían, creados hacia 1940 según el modelo pseudo pasiego. La auténtica vestimenta estaba al parecer borrada de la memoria de sus gentes, aun en aquellos de más edad. Afortunadamente, y tras no pocas averiguaciones, di con la indumentaria representativa de los Picos de Europa que se nos revela sobria en extremo, entonada en negro como las primitivas figuras de los vasos griegos.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo gordo, larga hasta media pierna y de corte cuadrado, con mangas muy amplias que recogen el vuelo en el hombro y en el estrecho puño que se cierra con botón de hilo en forma de confite y presilla.

SAYA: Larga hasta el tobillo, de jerga negra, o de sayal con una cinta de bayeta verde de unos cuatro dedos de ancho pegada al borde del ruedo. Como único adorno puede llevar una lorza a la altura de las rodillas. La saya, de casi cuatro metros de vuelo y muy tableada a la cintura, va sobre un refajo de sayalete o bayeta de color fuerte (rojo, amarillo, «color clavel», etc.) de la misma hechura y largo que la negra saya exterior.

CORPIÑO: Con faldillas y cortes delante y detrás para darle forma; va confeccionado en pana, estameña o bayeta, excepcionalmente en terciopelo labrado, con repulgos en panilla de otro color y abrochado delante con cordones y ojales redondos reforzados con hilo, nunca con ojetes metálicos. Este corpiño puede ser negro o de cualquier color llevando el forro de lienzo blanco. Encima, cruzado sobre el pecho, pañuelo de percal o seda en tonos chillones, cerrado al cuello con gruesos alfileres y metidas las puntas por la cintura de la saya.

CHAQUETILLA: En la misma tela que la saya exterior, «bien ceñida de cuerpo y talle, con anchas mangas de pliegues y puños ajustados». Abierta por arriba, para lucir la pincelada de color del galano pañuelo cruzado al pecho, se cierra abajo con unos corchetes interiores, o bien, con unos broches tipo a los usados por la campurriana. Es de suponer que las más de estas chaquetillas se armaban con ballenas debajo del lienzo blanco con que iban forradas. Las que picaban alto ribetearían el ruedo de esta prenda con cinta de terciopelo negro, echando los puños de lo mismo, abrochados en las muñecas con dos botones de plata o de plaqué.

DELANTAL: No se lleva con el traje festivo.

MEDIAS: De lana, en su color natural o negras. No pasan de las rodillas, atándose con unas ligas hechas de cinta en rollo, verdes o encarnadas.

CALZADO: Escarpín bajo de sayal, ribeteado con una lanilla de color vivo y albarcas «del pico», genuinamente lebaniegas, llanas por arriba y muy cerradas de boca, con un gracioso pico o resalte a unos cinco centímetros de la punta; no pintadas sino tostadas con ajo, leche y humo de árgomas. En su defecto, otro tipo de albarca, procurando huir de las impersonales hechas en fábrica.

ADEREZO: En las orejas, grandes aros sobredorados, algunos con labor de filigrana, y al cuello una crucecita de plata.

PEINADO: Muy tirante hacia atrás formando un moño. Las muy jóvenes, largas trenzas a la espalda rematadas con cintas de colores.

TOCADO: Con el traje de gala, pañuelo blanco, bordado y calado, atado bajo la barbilla, dejando las otras dos puntas colgar lo más posible por la espalda. Este pañuelo parece que era la prenda más lujosa del arreo femenino enriqueciéndolo con bordados geométricos o de inspiración floral y anchos calados. Otras, sin embargo, preferían llevar con el traje de gala un pañuelo de percal rameado como los que gastaban a diario, colocándolo «muy recogidito al moño».

Lebaniega (Hacia 1845)

LEBANIEGO (Hacia 1845)

Interpretación a los datos que sobre el traje de Liébana da Ildefonso Llorente, complementados con otros recogidos por mí en la zona.

«En Lamedo los letrados,

y en cualquier tiempo que sea

siempre llevan una letra

debajo de la montera.»

Más concretamente la lámina corresponde a un mozo de Peñarrubia, ya que por aquel entonces, el resto de los lebaniegos, aunque siguen usando el traje corto que aquí vemos, han substituido la típica y espectacular montera por el sombrero de copa alta. Sabemos gracias al autor de «Recuerdos de Liébana» que hasta los mendigos traían chistera, tal fue el entusiasmo con que se acogió el sombrero de copa.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero muy gordo, larga casi hasta las rodillas, con mangas muy amplias rematadas en un puño estrecho cerrado con botón de hilo en forma de confite y presilla. Abierta hasta el pecho con botones de hilo y pechera muy trabajada de lorzas verticales. Cuello de pie rozando las orejas.

CALZONCILLO: Por esa época muy pocos son los que lo gastaban, pues su falta se venía a suplir cruzando los largos faldones de la camisa entre las piernas. Muchos lo estrenaban el día de la boda, en crudo y áspero lienzo que a toda costa se procuraba lucir por las aberturas de las perneras del calzón exterior.

CALZÓN: En fuerte sayal negro, corto y ceñido, atándose bajo las rodillas con una lanilla negra pasada por un jaretón. En la parte inferior de las perreras lleva unas aberturas laterales de unos doce centímetros abrochadas con botones de paño o de plaqué dorado con cadenillas. El calzón es de alzapón, con ancha trampa que se sujeta a los lados con dos botones de plaqué. En la cintura, por detrás, seguramente mostraría un pequeño corte con cuatro ojales redondos reforzados con hilo por donde pasa en aspa una cinta ajustándolo sobre los riñones. ¡Cuidado! Con este traje no se usa ceñidor o faja de ningún tipo.

CHALECO: Del mismo sayal que el calzón, sin solapas, cerrándose con pequeños botones de plaqué dorado. Bolsillos chiquitos sin carteras. Es posible que la espalda del chaleco estuviera cortada en otra tela, ya fuera hilo blanco o algún tejido arrasado, aunque nada se dice al respecto ni en el traje de Liébana ni en el de Campóo, ambos de similar perfil «alpestre». Sí es más seguro que llevasen anchas orejillas a la espalda unidas con cintas de colores. Forro blanquecino de lienzo o algodón.

CHAQUETA: También de sayal, corta y estrecha, con cuello de pie y solapas en pico (esto último es mera suposición basándome en referencias de pueblos vecinos). Botones de plaqué más grandes que los del chaleco. Bolsillos sin carteras. Quizá los más rumbosos llevaran trencillas negras ribeteándola. Forro blanquecino o a juego con la espalda del chaleco. Como norma general la chaqueta irá echada sobre el hombro.

MEDIAS: De burda lana negra, atadas bajo la rodilla con cinta de color.

CALZADO: Escarpín lebaniego de 25 centímetros de alto, cortado en dos piezas de sayal. Abierto hasta el empeine y reforzados los bordes de la abertura con pana o paño. Se cierra con dos o tres botones o corchetes. Como detalle en extremo pintoresco, me contaban en Dobres que los ojales se abren perforando el sayal con un punzón hecho con la cuerna de un corzo, igual que quince o treinta mil años atrás se hacía en Altamira. He aquí un gesto y una herramienta que han permanecido invariables a través de milenios.

Sobre este escarpín, que hoy día aún se sigue usando, albarcas del «pico» o del «garbanzo» que ya dije anteriormente son características de la zona.

PEINADO: Pelo en mechones o rizos sin raya alguna.

TOCADO: Montera de cuatro gajos, en forma de fanal, de mucha altura ya que levanta como mínimo 30 centímetros, lo que creo la convierte en la montera más alta de la Península. Redondeada arriba y un poco más ancha abajo, se confecciona en grueso paño marrón rojizo con pequeñas vueltas triangulares por delante y por detrás, vueltas que revestirían de terciopelo negro los más presumidos rematándolas con pequeñas borlas negras y un ramito de siemprevivas en un lado. Entre el paño y el forro de bayeta, verde o encarnada, masa de engrudo para que la montera permanezca rígida, atándose bajo la barbilla con dos cintas negras o un barboquejo de lana. Montera tan encumbrada, que parecía copiar a los mismos Picos, se trocó luego por un sombrero de copa alta, hecho de tosco sayal y recubierto de hule reluciente, con lo que el traje del lebaniego perdió gran parte de su carácter.

COMPLEMENTO: Palo pinto, bastante grueso y largo, erizado de nudos y tachuelas doradas, alternando con caprichosos dibujos al fuego.

Lebaniego (Hacia 1845)

MONTAÑESA (Hacia 1850)

Interpretación de las reglas que fija Pereda para vestir correctamente el traje montañés. Carta escrita a D. Leopoldo Pardo Iruleta el 9 de junio del año 1900.

«Bailan las mozas

en la Montaña,

el aire de los valles

mueve sus sayas...»

En una carta de inestimable valor, Pereda va detallando punto por punto cómo deben ser los trajes de gala montañeses. Pienso que bajo esta denominación entra toda una amplísima zona central de Cantabria. Por tal motivo, el traje de romería femenino que se muestra en la lámina podemos definirlo como el típico de la tierra y no el de pasiega, a pesar de que este último sea mucho más rico y llamativo.

Quede este traje, pues, en representación del País, y reservemos cuévanos y chátaras al área pasiega.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De fuerte lienzo casero, larga hasta media pierna, de corte cuadrado, con mangas muy anchas planchadas sin almidón, recogiendo el vuelo en el hombro y en el puño con pequeños pliegues. Nada de puntillas ni cursilerías de pasacintas encarnados. Botones de hilo en forma de confite en el estrecho puño y en el escote.

SAYA: Larga hasta el tobillo en bayeta fina de cualquier color excepto blanco, siendo los tonos más usuales el naranja vivo (casi rojo), el verde, el encarnado o el amarillo. No gustaban las tintas desvaídas como el azul celeste o el rosa pálido. La saya lleva casi cuatro metros de vuelo, cogidos en profundos y numerosos pliegues a la cintura. En la parte de abajo, una

o dos tiras de terciopelo negro. El dobladillo por dentro va tapado con una cinta arrasada de unos cinco dedos de ancho. Las mozas que no podían gastar saya de bayeta, porque era relativamente cara, la usaban de percal rameado y alegre. Las más presumidas asomaban por el borde de la saya exterior unos milímetros del refajo en fuerte color contrastante.

CORPIÑO: De terciopelo catalán rayado o pana, en cualquier color, repulgado de panilla o terciopelo en el mismo tono o contrastando. Se cierra delante con cordones de seda que pasan por pequeños ojales redondos reforzados con cordoncillo de hilo en el color del repulgo. Nunca se deben poner ojetes metálicos. Delante y detrás presenta unos cortes para adaptarlo al cuerpo. Sobre el corpiño, y ocultándolo casi por completo, va un pañuelo de seda o percal estampado con alegres ramos, igual a los llamados «portugueses»; cruzado al pecho, y cerrado en el escote con alfileres grandes, cubre recatadamente el busto. En el dibujo aparece más entreabierto de como ha de llevarse con objeto de que se vea el corpiño.

DELANTAL: La montañesa no lo usa con el traje de fiesta. Por lo tanto, es un error lucir esos ridículos mandilucos del tamaño de una servilleta que hoy desgraciadamente tanto proliferan.

MEDIAS: De hilo, caladas, blancas o azul claro. No pasan de la rodilla, atándose con unas ligas hechas con cinta de color.

CALZADO: Zapato escotado de paño negro, similar a las zapatillas de los toreros, con adornos de madroños o trencillas de color.

ADEREZO: Gargantillas de coral falso, entreveradas en ocasiones con cruces y «amenículos» (amuletos), o bien, collares de cuentas vistosas en pasta de vidrio a sartas azules y rojas. Pendientes largos o, más comúnmente, grandes aros planos sobredorados.

PEINADO: En trenzas muy largas, o en una sola cuando no haya pelo para dos, con flotantes lazos de seda al extremo. Las trenzas cayendo en gruesos y prietos ramales sobre la espalda, se tenían por el símbolo mismo de la hermosura, alcanzando longitudes que hoy nos parecerían inverosímiles.

TOCADO: Pañuelo de seda o algodón floreado en tonos vivísimos, del mismo estilo que el pañuelo de talle anteriormente descrito. Va cruzado bajo la nuca y anudado arriba.

Montañesa (Hacia 1850)

MONTAÑÉS (Hacia 1850)

Interpretación de las reglas que fija Pereda para vestir correctamente el traje montañés. Carta escrita a D. Leopoldo Pardo Iruleta el 9 de junio del año 1900.

«Qué cómo te va

con la pluma

de la pava verde,

qué cómo te va

que a la fuente

no vienes a verme...»

Sigue Pereda enumerando las galas montañesas, tocándole el turno al traje de romería de un mozo de la Cantabria de mediados del siglo XIX; lástima que para entonces ya se hubieran arrinconado los trajes de calzón corto y las raciales monteras, substituidos ambos por el pantalón y el sombrero respectivamente. Con la llegada de estas prendas el traje regional entra en un período de decadencia que acabará con él.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De fuerte lienzo casero, larga hasta la mitad del muslo o incluso hasta las rodillas, abierta hasta el pecho, cerrándose con botones de hilo en forma de confite. Pechera de finas lorzas; mangas amplias planchadas sin almidón, recogiendo el vuelo en menudos pliegues en el hombro y en el pequeño y estrecho puño que se da con botón de hilo y presilla.

PANTALÓN: De paño fino, azul claro preferentemente, remontado de paño negro cuando está bastante usado. Es de alzapón, sujetándose la trampa con un par de botones de plata a cada lado.

CHALECO: De pana o seda labrada con vistosos y menudos estampados, gustando mucho los geométricos y los dibujos estilizados de inspiración floral. Botonadura de filigrana o de plaqué, doble o sencilla; en cualquier caso, sólo sirve de adorno, ya que el chaleco se luce siempre suelto sobre el ceñidor. Ojales bordeados con hilo de color vivo. Solapas redondas o en pico. Forro blanquecino o de una tela rayada de algodón. La espalda va cortada en satén, cotón adamascado u otro tejido relumbrante, con anchas orejillas unidas con galones o trencillas de colores vivos.

CHAQUETA: De paño oscuro, corta, sin entallar, de puntas redondeadas o en pico, manga recta con adorno de trencillas negras en la bocamanga y en el ruedo de la prenda. Botones de plaqué. Solapas en pico, o bien, cuello vuelto y redondo que baja mucho. Bolsillos oblicuos, sin cartera, remarcados con trencilla. El forro suele ser de la misma tela que la espalda del chaleco. La chaqueta, como norma general, siempre se llevará al hombro, sobre todo si quien la porta es mozo o soltero. Salir a bailar con la chaqueta puesta y ser el blanco de las puyas de las pandereteras y del corro entero, todo era uno.

Para estos ejercicios acrobáticos acostumbraban a despojarse de la chaqueta o se anudaban las mangas en bandolera sobre el pecho.

CEÑIDOR: De seda o estambre en cualquiera de estos colores: azul, verde, morado, negro, etc.

MEDIAS: Azules, blancas o negras. Algunos no las llevaban.

CALZADO: Zapato alto y fuerte en el color natural del cuero, sin tinte y sin lustre, con trencillas de color, rojas o verdes, en lugar de cordones, pasadas por agujeros sin ojeteros metálicos.

PEINADO: Pelo en mechones o rizos más o menos cortos.

TOCADO: Sombrero serrano, llamado en Cantabria «galero», de ala ancha y copa redonda, de color pardi-negro, algo parecido a un sombrero hongo negro y blando. Se adorna con un manojo de siemprevivas, a veces sobre un trocito de pluma de pavo real; otros se tocaban con sombrero de copa alta, ni más ni menos que una chistera tosca de fieltro negro y mate, adornada como queda dicho.

COMPLEMENTO: Palo pinto con primorosas labores al fuego, erizado de nudos y clavos dorados.

Montañés (Hacia 1850)

MONTAÑÉS (Hacia 1850)

Interpretación a datos recogidos en las obras de Pereda.

«Al de pantalón de pana

y chaqueta de trencilla

y sombrero de copa alta,

ya le puedes querer, niña.»

Vemos ahora una variante del anterior traje de romería, sensiblemente más lujoso por tratarse del de un labrador adinerado. Resulta inevitable que las miradas se vayan al sombrero de copa alta que luce el muchacho con tanto desparpajo. Y es que, por aquellas fechas, estas altísimas chisteras hacían furor en nuestras aldeas, donde reciben el mote de «colmenas» por el parecido que guardan con los «dujos» hechos del tronco de un árbol. Hay quien fija el nacimiento del sombrero de copa en la Inglaterra de principios del XIX, si bien otros lo retraen a las últimas décadas del XVIII; en cualquier caso, entre 1840 y 1850, cuaja su uso en el País Cántabro, coincidiendo allí con una cierta promiscuidad de tocados ya que junto a la «colmena» de fieltro o hule, se pasean monteras cántabras, curros sombreros andaluces y pardinegros galeros de alas blandas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De batista o hilo fino, abierta sólo hasta el pecho, con largos faldones y ondulantes mangas planchadas. Cuello ancho y almidonado cerrado con dos botones de filigrana de oro formando gemelos. Botonadura de hilo o hueso. Pechera trabajada con hilos sacados, lorzas verticales y bordados geométricos en un mosaico de sedas de colores.

CALZONCILLO: En crudo lienzo gallego, cayendo sobre el zapato en suave campana.

PANTALÓN: De pana o satén color caramelo, abriéndose en ancha y graciosa campana encima del tobillo, de donde no baja. Puede llevar o no remontas de paño negro, sujetando el alzapón con un par de botones de plata a cada lado.

CHALECO: En este traje, concretamente, Pereda describe un chaleco con solapas de terciopelo azul con bandas carmesí. No queda muy claro si toda la delantera del chaleco era de terciopelo listado o sólo las solapas. Cualquiera de las dos opciones puede valer. Se adorna con botonadura de filigrana dorada. La espalda, cortada en relampagueante rasolís, se ajusta con anchas orejillas enlazadas con cintas de color.

CHAQUETA: De paño oscuro, ribeteada de trencillas, como la que se acaba de ver en el anterior traje.

CEÑIDOR: De seda o estambre, azul, violeta, verde ó carmesí.

MEDIAS: De lana o algodón, azules o blanca.

CALZADO: Zapato de becerro en blanco con trencillas verdes pasadas por agujeros sin ojeteros metálicos.

PEINADO: Pelo en rizos o mechones, acompañando por regla general a pobladas patillas de «boca-jacha».

TOCADO: Vemos al mozo muy soplado de sombrero de copa alta de fieltro negro y mate. ¡Ojo! No hay que confundir tal sombrero con la chistera, versión más moderna y reducida de la descomunal y, hasta cierto punto, rústica «colmena» que aparece en la lámina. Por si su presencia no se notara lo bastante, el portador prenderá a su cinta siemprevivas, plumas de pavo real o un ramito de verde laurel.

Montañés (Hacia 1850)

PASIEGA (Segunda mitad del XIX)

Traje que figuró en la Exposición de Sevilla de 1908, hoy conservado en Vega de Pas. Mi agradecimiento a toda la familia del Estanco de la Plaza de la Vega, especialmente a Teresa Diego y a Cristina Navarro.

«En mi vida he visto yo

chaqueta de mejor talle

que la que llevabas tú

en el baile la otra tarde.»

Se hicieron encargados por la Diputación en 1905, copiados con gran fidelidad de unos trajes antiguos. Son, sin duda, el testimonio más palpable de la belleza señorial que tuvieron nuestros trajes populares. Se conserva una pareja en Vega de Pas y una réplica exacta en el Museo del Pueblo Español. Eva Duarte de Perón tuvo el capricho de poseer una copia de este traje de pasiega, conociéndose fotografías en las que aparece vistiéndolo.

EXPLICACIÓN

CAMISA: No se conserva la original, que dicen fue sin mangas en previsión del calor que iban a pasar en Sevilla las dos guapas pasiegas encargadas de lucir estas galas. Lo lógico es que fuera una camisa de hilo con anchas mangas planchadas sin almidón, larga casi hasta media pierna y con pechera más o menos adornada con pequeñas puntillas, pero sin llegar nunca a esas aparatosas chorreras almidonadas que hoy prodigan los grupos de danzas.

SAYA: De rico paño sedán morado intenso, muy amplia, ya que tiene unos cuatro metros de vuelo, vuelo que se recoge en pliegues en una cinturilla. Presenta a los lados y delante dos aberturas para meter la mano en la faltriquera. Larga hasta los tobillos, lleva dos tiras de terciopelo morado, una puesta al borde, abajo, de unos 16 centímetros de ancha y la otra, de unos 12, a mitad de la saya. Se remata con trencilla negra de lana y jaretón interior de satén negro a modo de dobladillo. Por dentro de la cinturilla van cosidos los enganches de los corchetes interiores de la chaquetilla. Esta saya puede ir o no sobre un refajo de similar hechura en bayeta roja, verde o granate, con franjas de terciopelo negro en los bajos.

CHAQUETILLA: De terciopelo morado intenso, muy ajustada al cuerpo y abierta por delante, orlada con paño sedán morado y fino galón de oro, adorno que se repite en los puños de las mangas; éstas son moderadamente amplias, recogiendo el vuelo arriba en pequeños frunces. En cada puño, y por mero adorno, lleva tres botones esféricos plateados, y hasta un total de 27 botones, idénticos, cosidos en el borde de la chaquetilla (excepto en la cintura). Por dentro va cuidadosamente forrada de algodón blanco y armada sobre los riñones con tres pares de «barbas» de ballena. Asimismo en su interior, y casi al borde del ruedo (incluyendo la cintura y la delantera de la chaquetilla hasta el pecho), lleva un elevado número de corchetes que luego vienen a enganchar en los que hemos visto en la saya y en los que flanquean el pechero del delantal con lo que, una vez abrochados, resultan un todo, saya, chaquetilla y peto. La chaquetilla, vista por detrás, presenta igualmente una traza muy elegante: bastante escotada sobre la espalda, con la orla de paño ensanchándose en un suave pico hacia el centro; le hacen muy bonito las líneas que dibujan las costuras de los cortes al abrirse en curva. Cosido al borde de la chaquetilla, sobre los riñones, un lazo plano, zapatero, con dos caídas de 73 centímetros (casi hasta el ruedo de la saya) hecho en paño guarnecido de terciopelo y galón de oro, lo cual parece una aportación del traje de las amas de cría al traje regional.

DELANTAL: Muy amplio, cubriendo toda la delantera de la saya, y cayendo casi hasta media pierna, de paño sedán morado intenso, rebordeado con ancha tira de terciopelo morado y con dos tiras de lo mismo dispuestas en bandas horizontales a igual distancia. El delantal tiene peto, o mejor, pechero, en una sola pieza en forma de trapecio invertido, adornado con dos tiras horizontales de terciopelo morado enmarcadas con galón dorado. A cada lado del pechero, y al borde, van siete enganches para fijar los corchetes de la chaquetilla. El vuelo del delantal se recoge a la cintura en dos series paralelas de pequeños pliegues, atándose atrás con dos cabos de hiladillo negro.

MEDIAS: De hilo, algodón o lana, blancas o azules.

CALZADO: Escarpines blancos de paño o bayeta, ribeteados de una lanilla en tono vivo. Encima, chátaras muy bajas de cuero a medio curtir con el pelo hacia afuera, o bien, sobre la media, zapato escotado de paño negro.

ADEREZO: Abundante: gargantillas de coral (cuantas más mejor), cruz historiada sobre el pecho y cadenas de oro y plata hasta la cintura. En las orejas, largos pendientes «de pata y careta» en oro y coral. Anillos de plata.

PEINADO: Con raya al medio, o sin ella, formando atrás un moño alto.

TOCADO: Pañuelo de seda, a juego con la entonación del traje o contrastando, en el que se envuelve el moño.

Pasiega (Segunda mitad del siglo XIX)

PASIEGO (Segunda mitad del XIX)

Traje que figuró en la Exposición de Sevilla de 1908, hoy conservado en Vega de Pas. Dedico esta lámina a la memoria de mi buen amigo Eloy.

«Todos los mozos del Valle de Pas

tienen un palu para saltar;

saltan p’alanti, saltan p’atrás

con mucha juerza y agilidá.»

Este traje, como ya queda dicho, es copia fiel de un traje antiguo, hecha en 1905. Se conserva mucho mejor que el de la mujer; casi se puede decir que está flamante, pues no ha perdido demasiado color ni se ha apolillado, quizá por tener picadura de tabaco en todos sus bolsillos, cosa que yo mismo pude comprobar en las dos ocasiones en que lo he vestido allá en la Vega. Maravilla ver lo bien hecho que está, cuidados hasta los más mínimos detalles interiores.

EXPLICACIÓN

CAMISA: No se conserva, pero cabe imaginársela de lienzo casero, larga hasta la mitad del muslo o casi hasta la rodilla, semiabierta, con pechera de lorzas verticales y cuello pequeño y vuelto cerrado con botón de hilo o de hueso, o mejor, con dos tarines a modo de gemelos.

CALZÓN: De pana castaña lisa, ajustado bajo la rodilla con una jareta por la que pasa un grueso cordón negro; éste mide metro y medio de largo y tiene en sus extremos unos tubitos de latón de siete centímetros llamados «hierros». Las perneras llevan una abertura lateral que va siempre cerrada con tres botones de pasta marrón ocultos a la vista. Sobre estos botones, y enmarcados por un leve pespunte, cuelgan ocho botones de filigrana dorada por puro adorno; las costuras laterales del calzón van remarcadas con trencilla de seda marrón. El calzón es de alzapón, sujetándose la trampa con cuatro monedas de plata, dos a cada lado, idénticas a las del chaleco. Por la parte de atrás, en la cintura, lleva un corte que se ajusta con una cinta pequeña. Toda la trincha que forma el alzapón está forrada por dentro en algodón satinado, combinando un forro blanco de suaves rayas verticales con otro negro.

CHALECO: La delantera es de un tejido de tapicería labrado: fondo verde cuadriculado por rayas verticales rojas cortadas por otras, blancas y horizontales, encerrando en cada cuadro un arabesco en negro. Presenta solapas redondas y tres filas de botones: la central, fija, para abrochar, y las laterales, colgando de largos enganches, como adorno. Estos botones son moneditas de plata de 50 céntimos de Alfonso XIII, seis en cada hilera; los ojales van bordeados en hilo rojo. Lleva bolsillos sin cartera forrados de satén negro. La espalda está cortada en otra tapicería de algodón adamascado azul turquesa fuerte, con finas rayas amarillas haciendo cuadrícula. Dentro de cada cuadro se encierra una estrella o flor azul de cuatro puntas en relieve. Sobre la cintura muestra dos anchas orejillas de unos 18 centímetros de largo, unidas por una cinta marrón que pasa por unos ojetes en hilo azul. El forro es de algodón blanco con rayas granates muy finas. Cortado en este mismo género, va un gran bolsillo interior al lado izquierdo.

CEÑIDOR: De estambre o lana azul (o violeta), desplegado anchurosamente sobre el calzón y el chaleco, dadas las vueltas con tan estudiado modo que forman un hueco sobre el vientre, donde se introduce la bolsa del dinero, la petaca y el pañuelo. A veces dejaban asomando los flecos al costado izquierdo, pero lo más normal era que llevaran las puntas recogidas.

CHAQUETA: En la misma pana castaña que el calzón, es floja y corta, de puntas redondeadas y cuello vuelto y redondo que baja mucho. Todo el ruedo y las solapas van ribeteados de trencilla marrón labrada. Tiene a cada lado tres ojales y tres botones colgantes, que son monedas de plata (iguales a las del chaleco), de modo que podría abrocharse a derechas o a izquierdas pero que, en realidad, no se abrocha ya que los delanteros no se cruzan. Bolsillos oblicuos, sin cartera, remarcados con trencilla marrón. Bocamangas adornadas con trencillas y con cinco moneditas colgantes de Isabel II niña, más pequeñas que las del chaleco y delanteros; entre ellas hay una de Fernando VI, acuñada en 1750. La chaqueta va forrada en el tejido azul de la espalda del chaleco, excepto las mangas, que llevan forro de algodón blanco con rayas granates.

MEDIAS: De algodón azul. Igualmente pueden valer las blancas de lana, en su color natural o negras.

CALZADO: El típico de Pas: escarpines de bayeta blanca con ribete de color fuerte y chátaras muy bajas de cuero a medio curtir con el pelo hacia afuera.

PEINADO: A principios de la segunda mitad del XIX todavía los cabañeros seguirían llevando el pelo en largas carcetas sobre la espalda; pero la cabeza trasquilada y sin raya se iba imponiendo día a día.

TOCADO: Montera de felpilla negra y sedosa, con copa de cuatro gajos delimitados por un cordoncillo de color avellana, con amplia vuelta levantada por detrás y caída por delante. La copa por dentro va forrada de verde, en satén adamascado, sin masa de engrudo. Como remate, el cordón de seda forma un caracolillo en lo alto de la montera.

COMPLEMENTO: Palanco de 2,20 metros de alto, muy grueso, con contera de hierro y adornado en la parte superior con clavos dorados.

Pasiego (Segunda mitad del siglo XIX)

PASIEGA CON CAPILLO (Siglo XIX)

Según el ejemplar conservado en el Museo del Pueblo Español. Mi agradecimiento a su directora, Nieves de Hoyos, que me atendió amablemente.

«Con el capuchín

chinchín, chín,

que esta noche

va a nevar. ..»

Prenda de abrigo propia del área pasiega. Copio a continuación seis descripciones de prendas de abrigo en Pas. ¿Se refieren todas al tipo de capillo que vemos en la lámina o más bien a otras prendas con distinto corte, predecesoras de ésta?

AÑO 1839: Enrique Gil. «Semanario Pintoresco Español» «Los Pasiegos»: «... Una especie de manto blanquecino que llaman capa... »

(Lo señala como prenda de invierno y nada dice sobre que lo usaran los hombres; es más, vuelve a insistir en el carácter femenino de tal capa en otro pasaje transido de Romanticismo que no me resisto a traer aquí).

«... ¿Qué te parece que diría Hoffman, si en una noche de invierno viera deslizarse (sobre los barajones, esquíes triangulares) cuatro o cinco de estas montañesas, a la orilla de un derrumbadero con sus capas blancas, silenciosas y ligeras como hadas? ¿No es verdad que esto tiene su poco de fantástico, particularmente a la luz de la luna y encima de la nieve?»

(Estampa inquietante digna del pincel de Goya; pero sigamos rastreando más noticias sobre dichas capas).

AÑO 1865: Gregorio Lasaga Larreta. «Compilación histórica, biográfica y marítima de la Provincia de Santander»:

«... la capucha que gasta, tanto el hombre como la mujer (de Pas), y que llaman ellos capiruza: es un albornoz moruno sin modificación de ninguna clase.»

(Aquí el autor, junto al matiz oriental, pone el dato interesante del uso indiscriminado de la capiruza por hombres y mujeres).

AÑO 1876: Amós de Escalante. Revista «La Tertulia»

«... En tiempos de aguas o invierno se cubren (las pasiegas) con una capellina de lana sin teñir.»

(Parece que seguimos ante la misma prenda, ya le llamen manto, capa, capucha, capiruza o capellina, si bien, el término «capellina» que emplea Amós de Escalante da idea de algo más pequeño y ligero que un albornoz; tal vez aluda al capillo que vemos dibujado en la lámina).

AÑO 1889: Gregorio Lasaga Larreta «Dos Memorias». Pág. 61:

«... Capirucha. Albornoz del árabe: Prenda pasiega; suele ser blanca o de tonos claros; prenda de invierno que recuerda el caftán o albornoz de los africanos, y usado también por las damas de la Edad Media... »

(Vuelve el señor Lasaga Larreta, 24 años más tarde, a dejar patente tanto la forma de la capiruza, que es un albornoz sin vuelta de hoja, como su obsesión por entroncar a los pasiegos con las tribus del desierto).

AÑO 1891: Rodrigo Amador de los Ríos. «España y sus monumentos y sus artes». Tomo dedicado a Cantabria:

«... En invierno usa (la pasiega) la «capiruza» blanca o de color claro que recuerda al albornoz o caftán de los africanos, usado también por las damas castellanas en la Edad Media.»

(Resulta evidente que este párrafo es un calco del de Lasaga Larreta por lo que carece de valor, a no ser por que atribuye a la prenda un neto carácter femenino).

¿AÑO 1908?: Francisco de Navedo Pérez, alcalde de Penagos:

«... Conocí pasiegas (en la segunda mitad del XIX) que llevaban un cuévano (con quesos o una criatura en él) sobre el que ponían una «desca» o «cestaña» cubierta con un paño blanco del que nacía una «caperuza» que rodeaba su cabeza, quedándole ceñida a la frente, en la que tenían bordada una cruz en hilo encarnado. . . »

Extraña que tan sólo una de las seis descripciones diga que el hombre usara también esta capa; tal vez en ellos fue menos habitual y por eso los otros testimonios no la recogen como prenda masculina. (La capa negra con que el pasiego asiste a los duelos sí que se asemeja, y mucho, al albornoz árabe, larga como es casi hasta el tobillo, con puntiaguda capucha y sin esclavina; quizá sea la versión enlutada de la capiruza). Los datos que aporta Francisco de Navedo vienen a complicar los perfiles de esta prenda, si es que se trata de la misma, al decir que arranca del mismo paño que cubre la «cestaña» quedando ceñida a la frente. Curioso el dato de la cruz que bordaban con hilo encarnado y que algunos han tomado como signo de conversos a la Iglesia Católica (Buenaventura y Rodríguez Parets). Para Nieves de Hoyos se trata en todos los casos de una misma prenda: el capillo, que es la que luce la figura de la lámina. García-Lomas nos dice que, además de prenda de invierno, también se la ponían para acudir a la iglesia; en los entierros y funerales el capillo era negro. Transcribo ahora textualmente la explicación que sobre el capillo da Nieves de Hoyos en «El Traje Regional de la Provincia de Santander», pág. 27... «Es de gruesa bayeta blanca, un semicírculo de 0,90 m. de diámetro (no de diámetro, sino de radio), bordeado con trencilla de lana negra, que lleva en la parte de arriba a 10 cm. del borde de delante un corte de 22 cm. al que se aplican un(os) trapecio(s) (de bayeta cosidos borde con borde salvo en la base. N. del A.) de 22 cm. de base por 10 de alto y 10 arriba, ribeteado(s) de trencilla negra y adornados) por la parte de delante con una lanilla negra de la que forman unas tiras cortadas en picos que se cruzan. Esta especie de caperuza la encajan en el moño y así queda sostenido el capillo que las llega más abajo de la cintura. Es desde luego una prenda de mucho abrigo y elegante».

NOTA.-Un capillo como éste (que en la Luena pasiega llaman «capilla»), reconstruido recientemente, ha figurado en una Exposición extranjera sobre el Tocado Popular.

Pasiega con capillo (Siglo XIX)

PASIEGO DE DUELO (Mediados del XIX)

Según el dibujo de R. Álvarez.

«Yo sentí tocar a misa

y entrémi por aquel templu

con la mi capa gayana

y con el mi gurru puistu...»

El Valle de Pas, sombra y silencio, se sobrecoge aún más al paso de un entierro. Sobre el verde de los prados la larga hilera de gente dibuja en relieve vivo los desniveles de una cambera. Descompuestas, descalzas de pie y pierna, con el pelo suelto y desgreñado a la espalda, ceñidas las sienes por una banda negra, pasan unas viejas arpías enlutadas, con olor a aguardiente y los ojos llorosos de restregarlos con cebolla. Son las «ejempleras», lloronas a sueldo buscadas en apartados lugares que, con agria voz, ensalzan las virtudes del difunto, intercalando gritos horripilantes y falsos desmayos. Hombres con largas capas negras cierran el imponente cortejo en un paisaje inmóvil.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De estopilla y hechura similar a otras que se han ido viendo. Se cierra al cuello con dos tarines a modo de gemelos.

CALZÓN: De buriel o pana lisa, no es de alzapón, sino que se cierra delante con uno o dos botones de paño.

CHALECO: Es el único a lo largo del libro que se ajusta con un cordón pasado en zig-zag por ojales rebordeados con hilo.

CEÑIDOR: Resulta muy raro ver que en su lugar usa una «petrina» de cuero.

CHAQUETA: Asoma lo suficiente como para distinguir que no tiene solapas.

MEDIAS: De gruesa lana parda, negra o azul.

CALZADO: Escarpín de oscuro sayal y chátaras de cuero a medio curtir.

PEINADO: Pelo corto sin raya alguna, o bien, largas carcetas a la espalda.

TOCADO: Montera de cuatro gajos, en felpilla o recio paño negro. Trae el ala vuelta toda alrededor. En los entierros llevaban en la mano dicha montera.

CAPA: En ella se centra el interés de esta lámina. No es la capa castellana, sino la de la tierra, usada principalmente en los duelos y para cumplir con Pascua desde los Tres Campóes al mar. Larga casi hasta los tobillos, sin esclavina y con un puntiagudo capuchón a la espalda, tal vez su perfil hizo creer a Lasaga Larreta que era prenda heredada de los árabes como se acaba de decir en páginas inmediatas. Sería muy interesante saber si, efectivamente, en alguna ocasión el pasiego la usó de lana blanquecina como las elegantes capas de los pastores sorianos. La que aquí aparece es de pesado buriel pardo o negro cayendo en profundos pliegues.

COMPLEMENTO: Grueso palanco herrado de más de dos metros de alto.

Pasiego de duelo (Mediados del siglo XIX)

TRAJE DE IGLESIA EN TORANZO (Mediados del XIX) (Usado probablemente también en Castañeda)

Interpretación a los datos que sobre el traje en esa zona recoge María del Carmen González Echegaray en su libro «Toranzo».

«Del ruedo de una saya

me enamoré yo;

de la que la llevaba

que de la saya no.»

Una gran duda surge cuando leemos que, en ocasiones de más o menos solemnidad, las mujeres se echaban sobre la cabeza, o sobre los hombros, una saya de mucho vuelo. Pereda nos cuenta en «Pachín González», cómo la madre de éste, para ir a la capital, se echa sobre los hombros un amplio refajo morado; otras referencias por el estilo encontramos dentro y fuera de Cantabria pero... ¿iban estas sayas de antemano puestas sobre el refajo y luego vueltas sobre la cabeza, o bien eran por completo independientes, posadas sin más en la cabeza con la cinturilla enmarcando el rostro, o el cuello en el caso de ir la saya por los hombros? Ante el dilema de tener que elegir una de estas dos posibilidades para trazar la presente lámina, opté por dibujar la saya atada a la cintura y luego vuelta sobre la cabeza, por saber a ciencia cierta que este gesto se dio en nuestra tierra, al menos para defenderse del mal tiempo. Con todo, vuelvo a repetir que la suposición de la saya independiente, con la cinturilla en la cabeza o alrededor del cuello, sigue siendo igualmente válida. Dicho esto, paso a enumerar las prendas del traje.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero gordo y áspero, larga casi hasta la mitad de la pierna, cuello de cabezón y mangas anchas de hilo más fino. Ver las descripciones que se han ido dando de otras camisas femeninas.

REFAJO: En el caso de que fuera la saya exterior la que se remangara sobre la cabeza, como refleja la lámina, éste quedaría totalmente a la vista, por lo que uno se lo imagina bastante adornado: en bayeta o sayalete de color muy vivo, recogido el ancho vuelo en pequeños pliegues y, en los bajos, una o varias tiras de terciopelo o de seda labrada en color negro, alguna sencilla labor de cadeneta y una o dos gruesas lorzas a la altura de las rodillas.

SAYA: De mucho vuelo (cuatro metros como mínimo), en estameña o bayeta, gustando los colores sobrios como el morado, el café, el negro... Las más humildes la gastarían de percal catalán. Con una o dos lorzas hacia la mitad, va ribeteada de lanilla negra, luciendo dobladillos postizos muy anchos, (en bayeta o fino paño, o bien, en algún tejido arrasado en tonos contratantes) de modo que, al volver la saya sobre la cabeza y quedar a la vista, sirvieran de adorno.

CORPIÑO: De lienzo casero repulgado en los bordes, o bien, de lanilla o terciopelo catalán, cerrado adelante con cordones

o cintas pasados por ojales redondos reforzados con hilo, nunca con ojetes metálicos. Sobre este justillo es de suponer que llevaran pañuelo estampado en mil colores, tapando por completo el pecho.

CHAQUETILLA: Aunque no hay datos, seguramente se usó, si bien, menos adornada que la de las pasiegas.

DELANTAL: No se cita para nada con los trajes de vestir.

MEDIAS: A diario no las usaban, que iban descalzas de pie y pierna, pero con el traje de gala las gastaban blancas o azules, en hilo, lana o algodón.

CALZADO: Primeramente usarían zapato bajo de paño negro, muy escotado y con un lazo plano o trencillas de color. Más tarde, zapatos abotinados.

ADEREZO: Nada se dice al respecto, pero es lógico pensar que a las orejas prenderían grandes aros aplastados en plata sobredorada, o bien, largos pendientes de coral, siendo de falso coral o de cuentas de vidrio, azules y rojas, las gargantillas de las que pendería una crucecita de plata.

PEINADO: Muy tirante hacia atrás a formar moño. Las más jóvenes, largas trenzas a la espalda sujetas en su terminación por dos relumbronas cintas.

TOCADO: Pañuelo de percal listado o pañoleta de seda. Ante la falta de datos concretos cabe imaginárselo cruzado en la nuca y con los picos atados arriba.

COMPLEMENTO: Faltriquera muy adornada de la misma tela que el corpiño.

Traje de iglesia en Toranzo (Mediados del siglo XIX)

PASIEGA (Segunda mitad del XIX)

De un Diploma regalado al Duque de Santoña.

«Con ese collar de perlas

y esa hermosa gargantilla

te pareces a la Reina

cuando pasa por Sevilla.»

He leído en un autor de otras tierras que al entrar en el Valle de Pas los trajes adquieren un aire ceremonial y heráldico. Mientras dibujaba la presente lámina se me venían sus palabras a la memoria. Verdaderamente que estos paños aterciopelados, de púrpuras sombrías y bordura de oro y plata, parecen trasunto de majestuosas dalmáticas y casullas pintadas por un «Rey de Armas».

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hechura similar a la del hombre pero larga casi hasta la mitad de la pierna. Presenta cuellos pequeños y vueltos y, muy probablemente, la pechera trabajada con lorzas como se ha visto en las camisas masculinas. Puede ir cortada en lienzo casero o en otro hilo más fino.

SAYA: Muy hueca, a fuerza de llevar refajos interiores. Va, como el resto del traje, confeccionada en regio paño aterciopelado color ciruela, tono difícil de precisar, a mitad de camino entre el morado y el negro. Cortada al hilo, recoge el amplio vuelo en pliegues a la cintura. Como adorno trae dos anchos galones de plata.

CHAQUETILLA: En el mismo paño aterciopelado de la saya, muy receñida al cuerpo y abierta por delante, orlada de ancho galón de plata que se repite en los puños subiendo hasta cerca del codo. (Para más detalles ver la chaquetilla conservada en la Vega de Pas, pág. 70).

PECHERO: Parece independiente del delantal, cortado en tela de plata, o bien, recubierto por completo de galones plateados. La chaquetilla iría fijada a él por medio de corchetes ocultos.

DELANTAL: Cubriendo toda la delantera de la saya, es del mismo paño color de ciruela enmarcado por anchos galones de plata.

MEDIAS: De lana o algodón, blancas o azules.

CALZADO: Es algo chocante; parecen alpargatas blancas con cintas negras o moradas, alpargatas de forma poco común, bien es verdad. ¿Serán éstas las alpargatas a que se refiere Córdova y Oña cuando dice que traían los pasiegos «singulares alpargatas terminadas en pico»? A no ser que Don Sixto confundiera los escarpines blancos de Pas con alpargatas picudas... Tal vez le sucediera esto a quien ilustró el Diploma Ducal y fueran escarpines y chátaras lo que quiso dibujar.

ADEREZO: Gargantilla de coral de tres vueltas y gruesos pendientes «de pata y careta» en oro y coral.

PEINADO: Raya al medio, formando un alto y voluminoso moño.

TOCADO: Pañuelo de seda rameado de carmín y amarillo. Nótese lo levantado que queda por el moño; podría parecer exageración del dibujante si no existieran viejas placas fotográficas en las que se aprecia el mismo garboso tocado. Por ejemplo, en el año 1861 un nutrido grupo de auténticos pasiegos recibe a Isabel II en Santander. Se conservan daguerrotipos de dichas jornadas y en ellos aparecen las pasiegas llevando invariablemente el pañuelo en esta forma y tan empingorotado, que da que pensar si debajo no se pondrían algún soporte o relleno, además del profuso moño.

COMPLEMENTO: Cuévano niñero envuelto en ricos mantíos. El paño blanco de debajo, o «bengala», y el de encima, de bayeta encarnada, llamado comúnmente «mantilla», muestran bordados o aplicaciones de pasamanería en negro.

Pasiega (Segunda mitad del siglo XIX)

PASIEGO (Segunda mitad del XIX)

De un Diploma regalado al Duque de Santoña.

«Cuatro pañuelucos tengo

y los cuatro son de seda,

que me los ha regalado

una mozuca de Miera...»

Corresponde la lámina a la pareja del traje anterior, destacando algunos aspectos a primera vista: ante todo el pañuelo, no atado como una venda alrededor de la cabeza, sino cubriendo el cráneo. El ceñidor resulta muy estrecho, precisamente cuando los pasiegos traen la faja casi tan ancha como los aragoneses. Se me ocurre pensar que pudiera tratarse de la camisa (que asoma entre el chaleco y el calzón) o de la pequeña faja que reservaban para ceñir el chaleco interior que se sabe era estrecha y blanca. Quizá algunos la usaran sobre el chaleco exterior... Por último, no deja de llamar la atención el ostentoso calzoncillo y las puntiagudas alpargatas que calza.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, larga hasta medio muslo, abierta hasta el pecho, con pechera de lorzas, muy marcadas en el grabado original, y cuellos vueltos, ni grandes ni pequeños, cerrándose con botones de hilo, hueso o con dos tarines (realillos de plata) a modo de gemelos. Mangas amplias con puño estrecho atado con botón y presilla.

CALZONCILLO: En hilo gordo o crudo lienzo gallego. Bien se encarga de lucirlo el mozo en cuestión, pues queda dicho que era prenda de mucho lujo. Bastante más largo que el calzón, llega casi a la mitad de la pantorrilla donde se ajusta con cintas blancas.

CALZÓN: De pana lisa en color ciruela, apenas llega a cubrir las rodillas. Las perneras, con las aberturas laterales desatadas para mejor mostrar el calzoncillo, no se ajustan a la pierna sino que caen flojas por llevar las cintas negras del jaretón anudadas «al desdén». El calzón es de alzapón, sujetándose la trampilla con cuatro monedas de plata, dos a cada lado. (Para más detalles ver la descripción del traje de pasiego conservado en la Vega de Pas, pág. 73).

CHALECO: De la misma pana que el calzón, o bien, de labrado terciopelo negro. La espalda cortada en algún raso brochado u otro tejido de relumbrón con orejillas de lo mismo. Solapas redondas, bolsillos sin carteras y doble hilera de monedas de plata por botonadura.

CEÑIDOR: Ya comentamos que es muy chocante esta pequeña faja blanca. Lo normal es un ceñidor, morado o azul, desplegado sobre el vientre y el estómago en anchas vueltas.

CHAQUETA: Confeccionada en la pana del calzón, es floja y corta, con cuello vuelto y amplias solapas de picos. Sobre el dibujo original no parecen distinguirse botonaduras ni trencillas cuando era norma que los pasiegos prodigaran en sus atuendos este tipo de apliques.

MEDIAS: De lana o estambre, en un inesperado tono de ladrillo descolorido.

CALZADO: Como su pareja, lleva raras y picudas alpargatas blancas amarradas con cintas. Sigo pensando que serán más acertados los escarpines blancos y las chátaras de cuero.

PEINADO: Pelo corto sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo de seda a franjas y lunares, todo él en vibrantes rojos, amarillos y violetas. Resguarda el cráneo cayendo a modo de cubrenucas. Esta es, sin duda, una de las peculiaridades más llamativas del traje.

COMPLEMENTO: Palanco grueso de acebo o avellano curado, de más de dos metros de alto, con casquillo de hierro o «herrón», en la parte inferior.

Pasiego (Segunda mitad del siglo XIX)

PASIEGA (Hacia 1870)

De un óleo anónimo. Por cortesía de Lorenzo Correa.

«Asiéntate, pasieguca,

mira que llora el niñuco;

sácale del cuevanuco

y cámbiale la ropuca.»

Ya daba por cerrado el presente libro cuando, por mediación del dibujante comillano, Sr. de la Campa, fui a Comillas a ver unos cuadros con tipos pasiegos. Habían sido compradas estas pinturas en Barcelona, en una subasta de obras de arte y, aunque de discreta ejecución, tienen gran valor etnográfico por estar realizadas del natural. Sobre un fondo tenebroso de picachos resaltan, inesperados y agrios, los azules, verdes y carmines que orlan el delantal y el cuévano de la pasiega; estos colores, y la riqueza de las ropas de la cuna, es lo que destaca a primera vista; fijándonos más, vemos que el pechero rojo de la cabañera está bordado en negro, con parecido dibujo al que traen algunas mantillas en las cuévanas. Pudiera tratarse de indicios aislados de un bordado, en otros tiempos popular, entre los Montes de Pas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo casero, larga hasta media pierna, con pechera de lorzas verticales y cuello de tirilla que no llega a juntarse.

SAYA: De paño color café, queda unos dedos más arriba del tobillo, yendo vareteada con dos cintas de terciopelo negro.

CHAQUETILLA: También en paño marrón oscuro, a juego con la saya. Receñida de talle y mangas, presenta el escote muy alto por detrás, abriéndose paulatinamente en arco ojivado hasta debajo del pecho; desde este punto a la cintura, se cierra con corchetes. El borde de la prenda y los puños van ribeteados de terciopelo negro.

PECHERO: En paño rojo cereza con repulgo de terciopelo negro. Aparece bordado, único caso que conozco. El diseño, seguido con hilo negro, enlaza sinuosos zarcillos vegetales con redondelitos y abstractas formas simétricas, como he visto en algunas mantillas encarnadas del cuévano niñero.

DELANTAL: Bien cumplido, baja a menos de un palmo del ruedo de la saya. En paño negro, se adorna con tres franjas de seda que corren todo alrededor en detonante colorido: la franja exterior es azul eléctrico, tono extraño en el ropal pasiego; la del medio es carmesí y la interior verde yerba muy chillón. Tanto colorín sorprende en una figura por demás sombría. Fuera aparte, los brillos de la seda dan la impresión de que cada tira es un volante superpuesto, lo que hace aún más chocante este delantal.

MEDIAS: Azul fuerte, de lana o algodón.

CALZADO: Escarpines de bayeta amarillenta sin ribete, y chátaras con finas estuérdigas rojizas.

ADEREZO: Collar de siete o más vueltas, en gruesas cuentas de coral. Cadenas de plata, en número de cuatro, pendiendo de la más larga una cruz de lo mismo. No lleva pendientes, sin duda por un descuido del pintor, por lo que los incluyo en la completa seguridad que los gastaría.

PEINADO: Raya al medio, con el pelo muy atusado a formar moño.

TOCADO: Pañuelo de seda roja «a la cofia».

COMPLEMENTOS: Pañuelín de seda roja en la mano derecha. La izquierda, en el cuadro original, se apoya en la cuévana; ésta debiera ir posada sobre algún terraplén que el artista nunca llegó a pintar por lo que hoy aparece la carpancha como flotando cuatro palmos del suelo. Adornada con suntuosos y arlequinados mantíos, al lado de esta cuévana palidecen las pintorescas cunas de indios y esquimales. Veré si acierto a explicar su ajuar: debajo del todo lleva una bayeta roja con rombos blancos unidos por madroños o bordados en negro; sobre esta bayeta va la «bengala» blanca, de la que vemos asomar la puntilla; encima se reconoce la mantilla encarnada, decorada con borlitas, festones negros y rombos azules encadenados por cuadradillos blancos. A la cabecera, colgando del arquío, cae la pulcra «bengala» sobre la bayeta roja, dejando apenas entrever al chicuzo. Por último, y a modo de edredón, va una mantilla de terciopelo verde esmeralda orillada de ancha cinta de terciopelo negro y volante de seda azul eléctrico igual al que luce el delantal de la madre. Pese a lo engalanado de la cuna, las brazaleras no se han recubierto de cuero blanco como es costumbre hacer en el cuévano niñero.

Pasiega (Hacia 1870)

PASIEGO (Hacia 1870)

De un óleo anónimo. Por cortesía de Lorenzo Correa.

«Señor San Pedru Santoyu,
sácami de estas barrancas,
que me vienin persiguiendu
los de las correas blancas.»

Haciendo juego con la pasiega precedente, vemos en otro cuadro al pasiego con un fardo de tabaco al lado para recordarnos que el contrabando fue la principal ocupación en Pas hasta 1876. La pintura debe ser, pues, anterior a esta fecha, y tiene el raro mérito de mostrar cómo eran los fardelones de mercancía y el sistema de portarlos a la espalda adosándoles unas brazaleras a la manera del cuévano, pero nunca con él, pese a que las viñetas románticas nos pintan al contrabandista pasiego indefectiblemente con el cuévano a cuestas. Insisto en que el fardo debe cumplir en el cuadro una función decorativa, pues dudo que con un traje de gala tan postinero anduvieran al contrabando.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, abierta hasta el pecho, con cuellos vueltos que cierran con dos tarines o botones de oro formando gemelos. Pechera de lorzas y mangas amplias terminando en un puño estrecho. Botones de hueso o de hilo en forma de confite.

CALZONCILLO: Asoma, en blanco lienzo, entre el calzón y las medias.

CALZÓN: De paño color café, baja a cubrir justo las rodillas. Las perneras, con jaretón por donde pasan unos cintajos verdes, van desatadas, yendo una de ellas vuelta hacia arriba, mostrando el forro blanco cremoso. Tapando las costuras laterales, corre una franja de terciopelo negro, donde abrochan diez botones octogonales de filigrana de plata engarzados a largos enganches. La trampilla del alzapón es tan ancha que nace de las mismas costuras laterales, sujetándose a cada lado por un par de estos botones colgantes.

CHALECO: De terciopelo verde, tan oscuro que casi parece negro. Curioso el corte del escote y el hecho de que no lleve solapas. Se adorna con dos hileras de botones de filigrana de plata, una fija, para abrochar, y la otra con largos enganches. La espalda irá cortada en alguna vistosa tapicería de algodón, con orejillas de lo mismo unidas por cintas de colores.

CEÑIDOR: En lana o estambre marrón rojizo, dando espaciosas vueltas a la cintura.

CHAQUETA: Confeccionada en igual género que el calzón, es muy corta y bastante ajustada; solapas de picos en el mismo terciopelo verde del chaleco y bocamangas abiertas con tres botones colgando por mero adorno. Bolsillos sin cartera, de uno de los cuales asoma un pañuelo cuadriculado de seda marrón.

MEDIAS: Acanaladas, en gruesa lana o algodón azul oscuro.

CALZADO: Escarpines pardos de sayal y chátaras.

PEINADO: Pelo muy corto, sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo a cuadros de seda malva, ciñendo el contorno de la cabeza como una venda.

COMPLEMENTOS: Además del inseparable palanco, trae el pasiego del cuadro una pipa de barro encendida. A su espalda, el bulto ocre del saco que envuelve tres arrobas de tabaco pasadas desde la zona vasca.

Pasiego (Hacia 1870)

PASIEGA (Hacia 1870)

Tomada de la artística lámina que representa al País Cántabro en la obra «Las mujeres españolas, portuguesas e hispanoamericanas» editada por Guijarro en Barcelona el año 1876.

«Qué guapa eres,

qué bien te está

la saya verde,

la colorá...»

En dicha lámina se muestra, admirablemente dibujada y coloreada, todo en gran formato, a una mujer de Vega de Pas descansando a la orilla del camino bajo un gran paraguas que la resguarda del sol. La ejecución está cuidada hasta en los menores detalles, lo que hace de esta litografía una fuente de información de primera mano.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, abierta hasta el pecho, con cuello de tirilla o cabezón cerrándose con un tarín de plata. (Ver descripciones de otras camisas femeninas).

SAYA: De fino paño rojo cereza, con mucho vuelo que se recoge en profundos y abundantes pliegues. Larga hasta el tobillo, va toda ella galoneada, a lo que parece, de oro en distintos anchos, si bien pudieran interpretarse las bandas estrechas que el ilustrador coloreó de ocre, como franjas de este color tejidas en el mismo paño, reservando el galón de oro para las dos tiras más anchas que aparecen en la parte inferior de la saya (inequívocamente dos galones dorados a la vista de los rutilantes destellos que despiden).

CHAQUETILLA: De terciopelo negro, muy ajustada al cuerpo y abierta por delante, orlada de paño rojo, adorno que se repite en los puños formando pico, amén de ir ribeteados con galón muy fino dorado. Las mangas son moderadamente amplias, recogiendo el vuelo en pequeños frunces. En cada puño, por mero adorno, lleva seis pequeños botones de filigrana dorada, idénticos a los que luce en el cuello y delantero de la prenda (aproximadamente 43 más los 12 de ambas mangas, dan un total de 55 botones). Para más detalles ver la explicación de la chaquetilla del traje de pasiega conservado en la Vega de Pas.

PECHERO: Aparece como elemento ajeno al delantal, en terciopelo negro, mostrando al borde superior ancha tira de paño rojo suavemente redondeada. La chaquetilla iría unida al pechero por medio de corchetes.

DELANTAL: Muy amplio, cubriendo toda la delantera de la saya y cayendo un palmo más arriba del borde de ésta. En terciopelo o merino negro, rebordeado con ancha tira de paño encarnado y fino galón de oro. El vuelo del delantal se recoge en menudos pliegues a una cinturilla de paño rojo de unos tres dedos de ancha, cinturilla que monta sobre la chaqueta atándose atrás con automáticos o corchetes, ya que el lazo que lleva a la espalda es postizo, del tipo de los llamados planos

o zapateros, pegado sobre la cinturilla, confeccionado en terciopelo negro y ribeteado de paño rojo y fino galón dorado; presenta las puntas redondeadas cayendo vistosamente encima de la saya.

MEDIAS: De hilo, algodón o lana, en color blanco.

CALZADO: Zapato escotado de paño negro con un pequeño lazo.

ADEREZO: Gargantilla de tres vueltas de cuentas redonda de coral. Grandes pendientes de «pata y

careta» en oro y coral.

PEINADO: Raya en medio, formando atrás un moño alto.

TOCADO: Bengala de seda roja (una línea amarilla parece sugerir un breve fleco o galón dorado al borde, si bien pudiera ser un desajuste de la litografía). Este pañuelo va dispuesto en una graciosa variante de lo que Tax Freeman llama «pañuelo a la cofia».

COMPLEMENTOS: Cuévano niñero envuelto en una colcha o mantoncillo blanco con largo fleco de seda y paraguas enorme, de recio varillaje y puño de madera con apliques de latón amarillo. La tela es negra o azul muy oscura, con ancho cerco formado por dos listas carmín flanqueando una banda blanca con motivos en carmín rosáceo. Estos paraguas servían tanto para el mal tiempo como para cuando apretaba el sol, por lo que son un elemento casi inseparable de nuestros trajes.

Pasiega (Hacia 1870)

PASIEGA (Hacia 1870)

(Variante del traje anterior)

«Aquí está la pasieguca,

la del pañuelo terciado

y la mano en la cintura

¡olé ese tipo salado!»

Está claro que es una copia basada en la lámina que acabamos de ver, modificando ligeramente algunos aspectos. Por ello paso sin más preámbulos a enumerar las prendas una a una.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Larga hasta media pierna, con el cuello, pechera, mangas y puños de fino lienzo o batista, siendo el resto de lienzo casero. La hechura es similar a otras camisas reseñadas páginas atrás.

SAYA: De fino paño gris, con mucho vuelo que se recoge en profundos pliegues. Larga hasta el tobillo, va toda ella galoneada de plata en distintos anchos, aunque bien pudiera ser que, en vez de galones, fuera el mismo tejido tramado con rutilantes bandas de hilos de plata. Telas tan deslumbradoras no nos deben extrañar, pese a que parecen más propias de una odalisca que de una cabañera de Pas; recordemos que muchas habían servido de amas en la Corte y que, al volver a Cantabria, solían traerse en cofres claveteados los lujosos arreos con que las obsequiaban las familias de la aristocracia.

CHAQUETILLA: En terciopelo negro, muy ajustada al cuerpo y abierta por delante, orlada de paño fino gris pizarra, con una tira del mismo paño rebordeada de plata sobre la bocamanga. En el cuello, en el delantero y en los puños lleva profusión de pequeños colgantes de filigrana de plata (Para más detalles ver la chaquetilla conservada en la Vega de Pas, pág. 70).

PECHERO: De terciopelo negro con tira de paño gris y galón de plata al borde.

DELANTAL: Muy amplio, cubriendo toda la delantera de la saya, en merino negro rebordeado de ancha tira de terciopelo, también negra, y bandas de paño gris pizarra galoneadas de plata. El vuelo del delantal se recoge en pequeños pliegues en una cinturilla de paño gris de unos tres dedos de ancha, montando sobre la chaquetilla como se ha explicado en el traje anterior. Encima de dicha cinturilla va «pegado» un lazo de terciopelo negro, ribeteado de paño gris y galón de plata.

MEDIAS: De hilo, blancas, azules o grises.

CALZADO: Zapato escotado de paño negro con gran hebilla de plata.

ADEREZO: Collares y pendientes de tarines de plata. Anillos plateados centelleando en ambas manos.

PEINADO: Raya al medio, formando un moño.

TOCADO: Pañuelo de seda gris, anudado de la misma manera que la pasiega anterior.

Pasiega (Hacia 1870)

PASIEGA (Hacia 1870)

Según el cuadro de Gerardo de Alvear existente en la Diputación de Cantabria.

«En lo alto de San Roque

suspiraba una pasiega,

que ha perdido los corales

en la Plaza de la Vega.»

Porque de una sanrocana parece que se trata en esta lámina. En efecto, el cuadro de donde se ha tomado el presente dibujo reproduce los preparativos para acudir a una romería en San Roque de Riomiera. Diré de paso que es una de las escasísimas obras donde nuestra Indumentaria aparece en primer plano. Qué lástima que Sorolla, el vigoroso pintor de los trajes típicos españoles, muriera cuando aún le faltaban por pintar los de Cantabria y Asturias...

EXPLICACIÓN

CAMISA: Se aparta ligeramente del tipo común que vamos viendo. Con todo, sigue siendo de lienzo casero, bastante más corta que la saya y abierta hasta la mitad del pecho, con botonadura de hilo o de hueso. Difiere de otras camisas femeninas en el pequeño cuello camisero y en las mangas, abiertas hasta el codo, rematando esta abertura y el puño con un volante de la misma tela.

SAYA: En buen paño gris rojizo, no parece cortada al hilo, sino con algo de forma. Tal vez esté inspirada en las sayas y los manteos acampanados del Oeste de la Península. Larga hasta el tobillo, se adorna con dos anchas tiras de terciopelo negro.

CHAQUETILLA: En paño gris oscuro, muy receñida al cuerpo y abierta por delante. Las mangas, ajustadas con suavidad, se abren hasta el codo dejando asomar el volante de la manga de la camisa. Como único adorno, tres botones de plaqué en la bocamanga y cinco alamares a cada lado del delantero, alamares que, más que de hilo metálico o de seda, dan la impresión de ser de blanquecina pasta vidriada o de aljófar.

DELANTAL: Cortado en el mismo paño gris que la chaquetilla y adornado con tiras de terciopelo, cubre generosamente toda la delantera de la saya. Resulta extraño que no lleve ni petero ni corpiño, pues sin el petero la chaquetilla se despegaría del cuerpo al no abrocharse tampoco los delanteros. ¿Fue un olvido del pintor? A la vista del resto de las láminas así lo juzgo.

MEDIAS: Blancas, de hilo o de lana.

CALZADO: Fuertes zapatos de cuero negro con un lazo plano.

ADEREZO: Sartas y sartas de corales cubriendo todo el pecho en siete holgadas vueltas de cuentas redondas. En las orejas, pendientes «de pata y careta» en oro y coral.

PEINADO: Raya al medio formando un moño alto y airoso.

TOCADO: Pañuelo de seda en color vivo, liso o rameado, traído en la figura conocida por «pañuelu arriba», una de las muchas y genuinas maneras de acomodar el tocado que se estila en Pas.

Pasiega (Hacia 1870)

TRESVISANA (Segunda mitad del XIX)

De fotografías y datos aislados.

«Por atar el dengue

la saya me cayó;

átalo si quieres

que no te lo ate yo.»

Dada la escasa documentación sobre el personal indumento de Tresviso, intentaré describirlo desde el peligroso terreno de la suposición; lo que sí se puede asegurar desde un principio es que los trajes de las tresvisanas acusaban un claro perfil astur; otro tanto parece que ocurría con los arreos masculinos y, se comprende fácilmente que así fuera por la situación geográfica de Tresviso. Es posible que en Bejes se diera la misma particularidad.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo gordo, hilado en casa, larga hasta media pierna, abierta hasta el pecho, cerrándose con botones de hilo. Las mangas anchas, y tal vez rizadas, recogen el vuelo en un puño chiquito.

SAYA: Larga hasta el tobillo, de sayalete casero teñido de rojo, verde, naranja, color «clavel»... Cortada al hilo, y muy replegada a la cintura, se viste sobre un refajo de tosco sayal de similares trazas. La saya se adornaba en los bajos quizá con una tira ancha de bayeta remarcada por labores geométricas de terciopelo.

CORPIÑO: En bayeta, pana o algodón adamascado, en color amarillo, rojo, azul... repulgado de terciopelo, cerrándose delante con un cordón y ojales redondos reforzados con hilo, nunca con ojetes metálicos.

DENGUE: Es el elemento más característico del traje. Cruzado sobre el pecho, se ata detrás con broches o cintas. Generalmente es de color negro, cortado en buena tela y forrado de lienzo o raso, cayendo en redondo hasta media espalda. Se ponía particular esmero en adornar esta prenda, bordándola con abalorios de cristal y azabache, siguiendo motivos geométricos o vagamente florales. Al borde le cosían estrechas bandas de terciopelo, ribeteándolo con puntilla negra o fleco de menudo cristal. Cuando Alfonso XII visita Tresviso, se muestra gratamente sorprendido por los pintorescos trajes de gala de sus habitantes. Llega incluso a probarse la montera asturiana (sic) de la primera autoridad, admitiendo que le venía un poco grande. Esto dio pie para que, meses más tarde, aquel alcalde, muy «célebre» por cierto, viajara a Palacio llevando como pulido obsequio una montera y dos primorosos dengues, uno para la Infanta y otro para una alta Dama de la Corte. Imagino los desvelos de las tresvisanas para confeccionar estos presentes.

DELANTAL: Es probable que le llamaran «mandil» o «mandilín», inclinándose por los blancos o de tonalidades claras. Rectangulares o redondeados, se adornan con trencillas de colores y bordados ingenuos de cadeneta.

MEDIAS: De lana, blancas o azules.

CALZADO: Albarcas y escarpines de sayal o corizas. Para mucho vestir, zapato de paño negro, adornado con algún lazo

o trencilla.

ADEREZO: Corros de coral o cuentas de vidrio, azules y rojas, al cuello. Tal vez algo de azabache y amuletos y crucecitas colgando entre las sartas. Pendientes largos de coral o aros grandes balanceándose en las orejas.

PEINADO: Raya al medio formando atrás un alto moño.

TOCADO: Pañuelo blanco, bordado y calado. Supongo que lo pondrían muy ceñido al cráneo, con los picos cruzados bajo la nuca y atados arriba.

Tresvisana (Segunda mitad del siglo XIX)

MOZO DE PEÑAMELLERA (Hacia 1880)

De un grabado de «la Ilustración Española y Americana».

«Cuando mi amante se pone

la boina de medio lado,

no pasea por la calle

un mozo más resalado.»

Incluyo este traje por dos motivos: uno por razón de vecindad que lo hace válido para todo el Occidente de Cantabria, y otro porque Peñamellera, hasta muy avanzado el siglo XIX, había pertenecido al País Cántabro, lo que justifica su presencia en la Galería de Trajes de Cantabria. Se trata de un aparejo de diario, en el que cabe resaltar el uso de la boina, desbancando al galero, y la plena vigencia de las corizas, calzado con miles de años de antigüedad.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De grueso lienzo casero, larga a tapar los muslos, abierta hasta el estómago, cerrándose con botones de hueso. Cuello vuelto y anchas mangas recogiendo el vuelo en un pequeño puño.

CALZÓN: O más bien pantalón, porque hacia estas fechas ya eran muy pocos los que seguían vistiendo el calzón corto. Posiblemente sea de alzapón, cortado en sayal o en algún paño fuerte. Nieves de Hoyos recoge el interesante dato de un anciano de Espinama que recordaba que en 1875 aún había dos hombres que vestían calzón y chaleco azul. Esto quiere decir que por entonces ya era muy raro el uso del calzón corto, trayendo todos pantalones de sayal.

CEÑIDOR: De estambre en cualquier color: rojo, azul, verde, negro, morado...

CHALECO: En el mismo paño que el calzón o diferente. Lleva cuello de pie y solapas chiquitas en pico. Como adorno, seis botones de plaqué amarillo a cada lado que no se cierran. Bolsillos pequeños sin cartera y la espalda cortada en lienzo blanco o en un tejido de relumbrón.

CHAQUETA: En el mismo paño que el calzón o bien de paño oscuro; seguramente con solapas en pico y botones de plaqué. Bolsillos sin carteras.

CALZADO: Peales de lana batanada envolviendo las piernas, sujetos con las anchas correas de las corizas de piel a medio curtir. Obsérvese la forma de éstas y la manera de atarse las estuérdigas, pues parecen fielmente copiadas del natural.

PEINADO: Pelo corto sin raya alguna, cayendo los rizos a la frente. Pobladas patillas de «boca-jacha».

TOCADO: Boina de gran tamaño azul o negra.

COMPLEMENTO: Palo pinto.

Mozo de Peñamellera (Hacia 1880)

PASIEGA (Hacia 1880)

De «España, sus monumentos y Artes». Tomo dedicado a Cantabria escrito por Amador de los Ríos.

«No verás una pasiega

vendiendo tela o manteca

sin delantal bien cumplío

y colgando una tijera.»

El magnífico grabado a color y a toda página de donde se ha tomado este dibujo, nos muestra el típico aparejo de traficar de las mujeres de Pas al acabar el siglo XIX. Si lo comparamos con el que viste la pasiega que figura en el mapa titulado «Cuadro General de España» (lámina 4) vemos que muy poco ha variado su indumento a lo largo del siglo.

EXPLICACIÓN

CAMISA: En lienzo casero, lógicamente más corta que la saya, abierta hasta el pecho con botones de hueso o nácar, y anchas mangas rematándose en un breve puño. Presenta cuellos chiquitos y vueltos y no extrañaría que la pechera vaya trabajada en lorzas verticales como se ha visto en las camisas de hombre.

SAYA: De bayeta, en un tono naranja o rojo deslucido, larga hasta el tobillo y fruncida a la cintura. No lleva ningún adorno ni sobrepuesto. Las caderas quedan muy abultadas por el refajo interior de sayal o estameña.

CHAQUETILLA: De veludillo negro, muy ajustada al cuerpo y abierta por delante, con mangas moderadamente anchas; luce, en todo el ruedo y en las bocamangas, anchas labores de terciopelo labrado o pasamanería, cerrándose los puños con una monedita de plata.

PECHERO: Independiente del delantal, cortado en terciopelo o seda brochada con labrados arabescos, de color rojo fuego.

DELANTAL: Bien cumplido, cubriendo casi en su totalidad la saya. Es de raso azul celeste, con las puntas superiores redondeadas, liso y sin ningún adorno. Muestra claramente unos pliegues que lo cruzan en sentido horizontal. Parecen las señales de haber estado doblado, más que cualquier otra cosa.

MEDIAS: De lana, en azul vivo.

CALZADO: Escarpines de sayal pardo, chocantes entre los pasiegos que preferían los blancos o amarillentos. Pero a la vista de la fidelísima representación que comentamos, no cabe duda de que los usaron pardos, quizá para menos vestir. Sobre el escarpín, chátaras de cuero a medio curtir. Las estuérdigas, o correas, aparecen en un tono verdoso, no sé si por un desliz del iluminador o por querer indicar que eran de distinto material que las chátaras. Cabe pensar que igual en vez de tiras de cuero pondrían en ocasiones trencillas o cintos de color, aunque se me hace muy raro.

ADEREZO: Nada menos que ocho vueltas de collares en un traje de faena nos muestran la irresistible tentación que sentían las pasiegas por los adornos. Las cuatro vueltas más cercanas al cuello son de cuentas rojas, bien de vidrio o bien de coral; las otras cuatro son de vidrio azul. En las orejas, grandes pendientes dorados.

PEINADO: El pelo muy tirante hacia atrás a formar moño.

TOCADO: Pañuelo de seda o algodón estampado en rojo con alegres ramos de rosas en vivos colores. Va dispuesto en lo que García Lomas llama «a la cofia», tapando el cabello totalmente.

COMPLEMENTOS: Cuévano carguero, cubierto con un lienzo blanco. (Se supone que dentro ha de llevar telas o manteca). Colgando de la cintura, una tijera de antigua forma y una navaja para cortar el queso o la mantequilla.

Pasiega (Hacia 1880)

PASIEGO (Hacia 1880)

De «España, sus monumentos y Artes». Tomo dedicado a Cantabria escrito por Amador de los Ríos.

«¡Señor San Pedru,

si el tu palu es de avellanu

el míu es de acebu nuevu...!»

Se trata de la pareja de la estampa anterior, dibujada y coloreada en el original con gran verismo, las rubicundas fisonomías de las caras, tanto la de él como la de ella, son netamente pasiegas, incluso la mirada algo dormida y el rictus inescrutable de la boca que no se sabe si sonríen o están contrariados. Por supuesto que la indumentaria aparece cuidada hasta en los menores aspectos, lo que facilita la relación de las prendas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero y largos faldones, abierta hasta el pecho, con pechera de lorzas y cuello pequeño y vuelto, cerrado con un solo botón de oro. Véase otras camisas masculinas.

CALZÓN: De alzapón, en pana lisa color gris marengo, ajustado bajo las rodillas. Tapando las costuras laterales lleva una franja marrón rojizo con veinte o veintitantos botones de plata. Detalle muy realista es que, a la altura de las corvas, van cuatro de estos botones sin abrochar, dando sin embargo el último parar cerrar la pernera. Parece como si quisiera verse un asomo de trabilla o de cintajo en este punto. (Para más datos ver el traje pasiego conservado en Vega de Pas, pág. 73).

CHALECO: En terciopelo labrado negro, ribeteado de trencilla clara. Presenta solapas redondeadas y tres carreras de botones formados por moneditas de plata pendientes de largos enganches metálicos, salvo la hilera central que son monedas fijas. Es curioso que de la fila de la derecha pasan a engancharse al centro tres de estos «atavales». Con seguridad, dado el realismo total de la lámina, fue ésta una costumbre de la zona. Los ojales destacan fuertemente señalados con hilo claro. Los bolsillos, espalda, forros y otros detalles, siguen las normas de aquellos chalecos pasiegos ya examinados.

CEÑIDOR: Ni ancho, ni estrecho, en estambre marrón verdoso.

CHAQUETA: En el mismo paño gris oscuro del calzón; es floja y corta, de cuello vuelto con solapas de picos. Va totalmente desprovista de adornos. Quizá se trate de un traje de diario.

MEDIAS: De gruesa lana en su color natural, sujetas bajo las rodillas con cintas blancas; tal vez sean las cintas de las perneras del calzoncillo que hacen las veces de ligas.

CALZADO: Escarpín de sayal pardo y chátaras, todo idéntico a lo descrito en su compañera del grabado anterior.

PEINADO: El pasiego rubiales de donde se ha tomado esta lámina, lleva el pelo muy corto, sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo de seda roja estampado de tachones oscuros y amarillos, dobla o y dispuesto como una venda que ciñera el cráneo, dejando ver la cabeza por arriba. Tal forma de ponerse el pañuelo tuvo hondo arraigo entre los pasiegos pues, veinte años antes, todos los cabañeros que bajan a Santander para recibir a Isabel II se tocan con este pañuelo coronal.

COMPLEMENTO: Palanco grueso de avellano o acebo curado.

Pasiego (Hacia 1880)

TUDANCA (Segunda mitad del XIX)

Interpretación de datos sueltos.

«No me tires del manto

ni de la saya,

ni de la mantillina

que soy casada.»

En realidad, puede ser una imagen común a otras comarcas del País Cántabro. A medida que avanza el siglo XIX, las indumentarias van perdiendo su colorido local hasta adquirir un modelo uniforme. Vemos aquí un traje que podríamos llamar de respeto, indispensable para ira misa, a entierros y demás ocasiones solemnes. Se toca con la mantilla española, no la de blonda, sino la más antigua y popular que es la de paño, de uso general en toda Cantabria, excepto en el área pasiega.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, cayendo casi a mitad de pierna, abierta hasta el pecho, con botones de hilo en forma de confite. Anchas mangas que recogen el vuelo en un pequeño puño.

SAYA: La exterior en pardomonte o en sarga ordinaria, marrón o negra. Larga hasta el tobillo, va cortada al hilo, con el voluminoso vuelo recogido en pequeñas tablas a la cintura. Hacia la mitad, una o dos gruesas lorzas por adorno, o una sencilla labor de cadeneta. Esta saya oscura exterior se viste siempre sobre uno o dos refajos de sayalete, vivamente coloreados, con cintas negras de terciopelo o seda brochada en los bajos.

CORPIÑO: De pana, paño, estameña o bayeta, en cualquier tono, abrochándose delante con cordones y ojales reforzados con hilo de color. Siempre repulgado de panilla, haciendo juego o contrastando. Algunos llevaban a la cintura, sobre los riñones, un cilindro de trapo recosido («el rueñu») para que las sayas se ahuecaran con este remedo de polisón. Encima del corpiño, y tapando la delantera, un pañuelo cruzado al pecho salpicado de alegres ramos.

CHAQUETILLA: De la misma tela que la saya encimera, muy ceñida de cuerpo y talle, con anchas mangas de puños ajustados. Por delante queda bastante abierta, dejando ver el pañuelo. La parte inferior de la chaquetilla se unía por cuatro broches metálicos o con corchetes interiores. Las mangas, lisas o abullonadas por la parte superior sujetaban el vuelo en el hombro con unas tablas chiquitas, ajustándose a la muñeca con dos botones de paño o plaqué.

DELANTAL: En principio no debe usarse con el traje de gala. Ya acabando el XIX, cuando el traje popular degenera, aparecen los mandilones de tela rayada sobre las ropas domingueras desmereciendo el arreo.

MEDIAS: De lana, blancas o negras.

CALZADO: Escarpines de sayal ribeteados llamativamente y albarcas.

ADEREZO: Alguna gargantilla de coral falso y aretes sobredorados en las orejas.

PEINADO: Raya en medio y moño. Las muy jóvenes, trenzas.

TOCADO: Pañuelo de algodón atado arriba y sobre él la clásica mantilla española, acampanada, en paño negro o pardomonte, con borde de terciopelo negro. Colocada en la cabeza llega casi a la cintura. Las que podían permitirse ciertos lujos, la traían de raso en el verano.

Tudanca (Segunda mitad del siglo XIX)

TUDANCO (Segunda mitad del XIX)

De acuerdo con datos y fotografías de la Exposición de Trajes Regionales de España, celebrada en Madrid en 1925, complementados con el retrato que hace Pereda de «Chisco Andrés» en «Peñas Arriba».

«A Torrelavega voy,

de Torrelavega vengo.

Compréme allá unos calzones,

una faja y un moquero;

«pa» la mujer un refajo,

un elástico al mozuelo

y un paraguas tresmerano

«pa» taparnos todos ellos.»

Vemos un traje de transición, en una época en que se había cambiado el traje de calzón corto por un pantalón no muy largo. Ya entonces la puntiaguda montera tudanca es reemplazada por los sombreros de copa o por el galero, al que Pereda define como un «hongo deformado». Sin embargo, yo he optado por enmonterar al mozallón de la lámina para presentar el traje tal y como figuró en la Exposición de 1925. Lamentablemente, gran parte de las prendas de total autenticidad que envió Cantabria a Madrid, se extraviaron luego de ser expuestas, por lo que he tenido que documentarme en fotografías de escasa calidad.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, gordo y áspero, con largos faldones y mangas amplias recogidas en un breve puño; abierta hasta el pecho, con botones de hueso o de hilo en forma de confite. Escaso cuello, ya sea pequeño y vuelto o una simple tirilla. Pechera trabajada en lorzas verticales, algunas con toscos bordados en zig-zag.

CALZONCILLO: Los más curiosos lo usarían, asomando el crudo lienzo un par de dedos por las perneras del pantalón.

PANTALÓN: De paño o dril azul, algo corto pues termina a cinco dedos del tobillo, abriéndose las bocas de las perneras en leve campana. Con seguridad es de alzapón, cerrándose la trampa a los costados con botones de plaqué. Remontas negras en paño o pana lisa.

CEÑIDOR: Dando espaciosas vueltas a la cintura, en color morado.

LÁSTICO: Es ni más ni menos que un chaquetón de bayeta o paño según sea el dueño de rumboso. Todos los mozos lo usaban encarnado, reservando el verde para las personas de más edad y para los ancianos. Esto afirma Pereda en «Peñas Arriba» pero en otras zonas de Cantabria había colores más variados; Llano nos habla de lásticos de bayeta amarillos, azules, pardos... Imagino que irían sin forrar, algunos con remontas en las coderas. El que se llevó a Madrid tiene las pequeñas solapas, el ruedo y los puños en un tono mucho más oscuro. La botonadura puede ser de metal o de pasta. No sería de extrañar que una prenda tan juvenil y deportiva volviera a ponerse de moda en Cantabria, del mismo modo que los vascos han revitalizado su «kaiku», chaqueta de corte, textura y colorido muy similares al «lásticu» cántabro.

MEDIAS: De burda lana negra.

CALZADO: Escarpines de pardo sayal, ya sean bajos o altos, del tipo a los descritos en el traje del lebaniego. Albarcas de elevados tarugos.

PEINADO: Pelo cayendo en descuidados rizos o mechones, sin raya alguna.

TOCADO: Montera tudanca de paño negro. Alrededor presenta una vuelta en el mismo paño o en terciopelo, de cuatro dedos de ancha, no en forma triangular sino recta, bajando apenas sobre las orejas. No parece de cuatro gajos, pues da la impresión de estar hecha con dos largas piezas triangulares cosidas en los costados. Sin forro ni engrudo, la afilada punta se dobla hacia la frente.

COMPLEMENTOS: Palo pinto y enorme paraguonas de lienzo azul o encarnado con cerco blanco al borde. El puño tuerce en escuadra, reforzado con aplicaciones de latón amarillo.

Tudanco (Segunda mitad del siglo XIX)

TRASMERANA (Hacia 1870-1880)

Según fotografías antiguas y datos de la Exposición de Trajes Regionales de España. Mi agradecimiento a Finuca Lavín.

«Dicen que lo azul es triste,

lo colorado alegría;

vístete de verde, amor,

serás esperanza mía.»

La verde Trasmiera parece que quiso reflejar su color en este arreo tiñéndolo de sombra esmeralda y salpicando de rosas encarnadas el pañuelo del talle; es un traje gentil y recatado, último adiós de usanzas campesinas que ya se iban borrando al paso de modas decadentes y resabios burgueses que empiezan a empañar la sencillez del pueblo.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo casero; larga a media pierna, con amplias mangas recogidas en angosto puño y breve cuello de tirilla. Parecen marcarse tinas tímidas Iorzas en la pechera cerrada con botones de nácar o hueso.

SAYA: De lana, en un tono verde oscuro, larga hasta el tobillo, muy tableada a la cintura, en tablas bastante profundas que arrojan un vuelo aproximado de cuatro metros. En la parte de abajo algunos creen ver tres lorzas, si bien, observando detenidamente las fotografías, parece que se trata de tres surcos longitudinales impresos en el mismo tejido. Hoy día estas telas con labrados especiales resultan poco menos que imposibles de conseguir, a no ser encargándolas a los telares de Béjar o Granada. Llegado el caso puede ir la saya sin adorno alguno, o con unas simples labores de cadeneta en los bajos. Lo que sí es importante es que esta saya verde se lleve sobre un refajo de parecida traza e idéntica largura, en bayeta encarnada, naranja, violeta, granate o amarilla, con cintas negras aterciopeladas en el ruedo.

CORPIÑO: Es un justillo de satén amarillo, que también puede ser de otro color o negro, forrado de lienzo, abrochado por delante con cintas o cordones de algodón blanco que pasan por ojales redondos reforzados con hilo amarillo, nunca con ojetes metálicos. Cortes adelante y atrás y repulgos en los bordes. Este justillo queda oculto al vestir el jubón.

JUBÓN: Más que jubón es un cuerpo o blusa, en la misma lana verde oscuro de la saya, con cuello cerrado en redondo, sin escote, y mangas moderadamente amplias. Se abrocha de arriba a abajo con corchetes interiores. Por único adorno muestra alrededor del escote, sobre la cintura y cinco dedos por encima del codo (y tal vez en la parte superior de la manga), unos frunces o lorzas muy menudas que en el puño se repiten en tres series paralelas. Tapando el pecho, un pañuelo de seda, lana o algodón, del tipo a los llamados «portugueses», estampado en deslumbrantes guirnaldas de rosas y hojarasca.

DELANTAL: En la Exposición de 1925, el traje de la trasmerana lucía un amplio mandilón de satén negro protegiendo la saya, con el vuelo recogido a la cintura en dos hileras superpuestas de pliegues pequeños y unas trencillas o cadenetas en los bordes por todo adorno. Pero el uso de tal mandil no es necesario al no ser éste un traje de labor.

MEDIAS: Blancas, de hilo, algodón o lana.

CALZADO: En verano, zapato negro abotinado. Con mal tiempo, escarpines y albarcas.

ADEREZO: Aros dorados en las orejas.

PEINADO: Tirante hacia atrás formando un moño.

TOCADO: Pañuelo blanco chiquitín, tan sólo envolviendo el moño graciosamente.

Trasmerana (Hacia 1870 - 1880)

TRASMERANO (Hacia 1880)

Según fotografías antiguas y datos de la Exposición de Trajes Regionales de España. Mi agradecimiento a la familia Lavín.

«En una blusa bien hecha

y en un pantalón de pana,

en un mocito moreno

tengo puesta mi esperanza.»

Seguimos en Trasmiera, o lo que es lo mismo, en el Partido Judicial de Santoña, cuando el siglo XIX va tocando a su fin. El traje masculino de la comarca es de transición, similar a otros muchos indumentos aldeanos de la época. Con todo, sigue conservando un toque de majeza que nos permite imaginar lo que serían los pintureros arreos del «tresmerano» treinta años atrás.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero y cumplidos faldones hasta medio muslo. Mangas amplias terminadas en puños estrechos, abierta hasta el pecho con botones de hueso. Cuello de tirilla o pequeño y vuelto. Pechera labrada en lorzas verticales.

CALZONCILLO: De uso cada vez más frecuente, largo hasta abajo, en lienzo, algodón o incluso en bayeta.

PANTALÓN: Negro, en pana lisa, paño o sayal. El de la Exposición de 1925 era de sayal negro, con amplias remontas lisas de terciopelo negro por la parte de delante; en cualquier caso es de alzapón, sujetándose la trampilla a los lados con realillos de plata o con botones de pasta o plaqué.

CHALECO: De franela, con motivos geométricos o de vaga inspiración floral sobre un fondo de color acanelado. Sin solapas, lleva ribetes de lanilla negra, cerrándose delante con «ochos» de trencilla que abrochan en pequeños botones a cada lado. Seguramente la espalda iba cortada en lienzo blanco o en un tejido arrasado, ajustándose con orejillas y una cinta.

CEÑIDOR: En lana roja, verde, azul o violeta, ciñendo con sus vueltas el pantalón y el chaleco.

BLUSA: Blusuca rabona de amplio vuelo en satén gris. Muestra pequeñas solapas redondeadas de terciopelo negro que acaban a la altura del canesú. Son también de terciopelo negro las anchas tiras que bordean la prenda y otras, visiblemente más estrechas, que rematan los grandes bolsillos verticales, el canesú en pecho y espalda, y los puños; aún hay una serie de trencillas o cintas muy delgadas, en número de tres, que corren paralelas por el ruedo, canesú, bolsillos y puños. Por mero adorno, ya que ninguno se abrocha, once pequeños botones blancos a cada lado del delantero, siete u ocho sobre cada bolsillo y cuatro en cada bocamanga. Anudado al cuello, un pañuelo chiquito de seda, verde, encarnado o amarillo.

MEDIAS: De lana o algodón, blancas o azules, el que las llevaba.

CALZADO: Zapatos fuertes sin teñir, en el color natural del cuero, con trencillas verdes o encarnadas en vez de cordones. En tiempo de agua, escarpines y albarcas.

PEINADO: Pelo rapado muy corto sin raya alguna.

TOCADO: Es lo más original del traje, como ocurre muy a menudo en nuestras galas. Se trata de un gorro marinero, lo que hoy conocemos por barretina catalana, pero que en modo alguno es privativo de Cataluña pues lo vemos en los pescadores franceses del Atlántico, en Galicia y en Portugal, entre los marineros vascos y entre los pejines cántabros. Por ello su nombre más apropiado es el de «gorro marinero». De lana batanada, puede ser rojo o verde (a veces morado o a rayas horizontales), con vuelta de lo mismo o en cualquiera de los colores mencionados. En la punta, que en Trasmiera se adorna con larga borla de rutilante cordoncillo (de hilo metálico, o mejor, de seda), acostumbraban a guardar el tabaco, el dinero, etc...

COMPLEMENTO: Palo pinto.

Trasmerano (Hacia 1880)

PASIEGA (Hacia 1880)

De una fotografía de la época. Por cortesía de María del Carmen González Echegaray y María del Carmen Altuna.

«Vale más una pasiega

con cuévano y delantal

que unas cuantas señoritas

vestidas de tafetán.»

Se trata de un precioso retrato de auténticos pasiegos vestidos con las prendas de uso habitual entre ellos por aquel entonces. Dada la nitidez de la fotografía y el carácter de plena vigencia de tal indumentaria en tiempos ya próximos al siglo XX, constituye un magnífico testimonio gráfico, a la vez que una deliciosa estampa con la arrogante pareja posando sobre un fondo de praderas y arbolados.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Bastante más corta que la saya exterior, es de hilo casero, con mangas amplias y pechera rizada, al parecer, con diminutas puntillas. El cuello se diría que es de tirilla bordado en negro, si bien, al quedar semivelado por la profusión de collares resulta difícil interpretarlo.

SAYA: Cayendo hasta el tobillo en elegantes pliegues, es de fino paño, probablemente verde oscuro. A media pierna, y a la altura de la rodilla, lleva «pegadas» sendas cintas de terciopelo labrado en gruesas motas, a juego con la entonación de la saya; ésta puede ir o no sobre un refajo encarnado.

CHAQUETILLA: Del mismo paño que la saya, muy receñida al cuerpo, con mangas ligeramente ajustadas y la misma cinta de terciopelo labrado que se ha visto orlando el borde y los puños. (Ver para más detalles el traje de pasiega conservado en la Vega de Pas, pág. 70).

DELANTAL: Muy largo y amplio, de los más grandes que he visto portado por una pasiega. En el mismo paño que la saya y la chaquetilla, se despliega como un brial sobre la delantera de la saya, ocultándola casi por completo. Lleva al borde dos anchos galones de plata (¿o de raso blanco?) separados por una cinta de seda verde oscuro o negra. El vuelo del delantal se recoge en pliegues normales en una cinturilla, de donde arranca el petero, en forma de trapecio invertido, con tira de terciopelo labrado en la parte superior. Este petero se fija a los bordes de la chaquetilla por medió de corchetes interiores como en el traje femenino conservado en Vega de Pas.

MEDIAS: No se le ven en la fotografía original pues la saya cae hasta el mismo zapato ocultándolas. Es de suponer que fueran de estambre o hilo, blancas, negras o azules.

CALZADO: Buen zapato abotinado de cuero negro.

ADEREZO: No puede ser más abigarrado; razón tenían todos los autores que nos han dejado noticias sobre el gusto por adornarse de las pasiegas, entre ellos el gran escritor francés Teófilo Gautier que encuentra a las pasiegas «muy guapas», alhajadas de plata profusamente. Paso a describir un poco por encima las joyas que se distinguen en la fotografía: pendientes de «pata y careta», en oro, y coral; gargantillas de coral dando al menos siete vueltas; un manojo de gruesas cadenas de oro

o plata cayendo sobre la pechera en cinco ramales, dejando colgar del más largo, por debajo del poderoso seno, una pequeña imagen de bulto de la Virgen del Pilar (a la que tanta devoción profesaban las pasiegas) con su peana y todo de plata sobredorada, y por si esto fuera poco, desde los hombros a la cintura se mece un hilo de cuentas redondas de oro y corales. Con tan apabullantes preseas, allá iría la pasiega centelleando en anillos y cadenas de plata y oro, hecha un brazo de mar y de coral.

PEINADO: Muy tirante hacia atrás a formar un moño alto.

TOCADO: Pañuelo de anchas listas, en seda o lanilla, ocultando la raíz del pelo, muy levantado sobre el moño, con esa gracia única que hay en Pas para acomodarlo.

COMPLEMENTO: Cuévano niñero con ricos mantíos. Primero parece llevar uno grueso, bordado con motivos geométricos (¿en rojo y negro sobre blanco?) oculto casi por la «bengala» blanca con puntilla y ancha cenefa bordada en rojo y sembrada de borlitas negras. Por último, la «mantilla» encarnada con cinta de terciopelo negro al borde.

Pasiega (Hacia 1880)

PASIEGO (Hacia 1880)

De una fotografía de la época. Por cortesía de María del Carmen González Echegaray y María del Carmen Altuna.

«¡Válgame el Señor San Pedru,

quieru sacar los calzones

por la cabeza y no puedu...!»

Pues, casi casi podría sacárselos por la cabeza si desabrochara de arriba abajo las perneras que aparecen totalmente abotonadas desde la cintura a las rodillas. Es el compañero de la pasiega de la lámina anterior, y mira a la moza con evidente complacencia, formando ambos una composición digna de los pinceles de Sorolla.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Del mismo corte que las que se han ido viendo, salvo las mangas, que aquí son más estrechas y abiertas desde el puño al codo por donde se entrevé la manga ceñida de una «jugoneta» o camiseta interior.

CALZÓN: En pana lisa y negra, ajustado y de alzapón como de costumbre. A los costados lleva franjas de paño marrón donde abrochan más de veinte botones de plata engarzados con largos colgantes; de lo que se deduce que las perneras van abiertas de arriba abajo. A la altura de las rodillas lleva dos botones sin dar, ajustándose a las corvas con un grueso cordón rematado en «hierros».

CHALECO: Negro, en pana o terciopelo labrado, con solapas redondas ribeteadas en trencilla y espléndida y tintineante botonadura de plata colgando de largos enganches.

CEÑIDOR: No se aprecia en la fotografía pero de seguro lo lleva.

CHAQUETA: La trae echada al hombro y, si no me equivoco, es el primer pasiego que figura así, ya que siempre aparecen con la chaqueta puesta. Se ve que tal moda, tan extendida por el resto del País Cántabro también tuvo sus adeptos en Pas. De corte muy similar a la conservada en la Vega, es la chaqueta de pana lisa, negra, adornándose en los puños con un sólo colgante de plata.

MEDIAS: De lana blanca.

CALZADO: Escarpines blancos de gruesa bayeta, ribeteados en la boca y el talón con trencilla negra. Encima, chátaras de cuero a medio curtir con el pelo hacia fuera.

PEINADO: Pelo muy corto sin raya alguna.

TOCADO: «Zorongo», es decir, pañuelo de seda (que aquí es a cuadros), ciñendo la cabeza como una corona.

COMPLEMENTO: Palanco de más de dos metros.

Pasiego (Hacia 1880)

CABUÉRNIGA (Hacia 1880)

De la Exposición de Trajes Regionales de España ampliada con los datos que aporta Nieves de Hoyos en su trabajo sobre la indumentaria cántabra.

«Tengo un mandilín en casa

y otro que me están haciendo,

y otro que me están cortando:

¿cuántos mandilines tengo?»

Es un traje de fiesta y de verano que apenas si ha variado en esencia a lo largo del siglo. A destacar el uso de la faltriquera, amorosamente adornada, como prenda exterior, hecho que no se da en otras comarcas de Cantabria. En cuanto al mandil que resguarda la saya cimera, imagino que fuese una innovación de por aquel entonces, cuando las campesinas deciden adoptar aires de menestralas no muy favorecedores.

EXPLICACIÓN

CAMISA: La auténtica sería larga a media pierna, tal como se ha venido describiendo en otros trajes. Pero la que se llevó a la mencionada Exposición era corta, complementada con modernistas enaguas blancas.

SAYA: De lana color café, larga hasta el tobillo, cortada al hilo y recogido el espacioso vuelo en profundos pliegues. Sin adornos de ningún tipo o, todo lo más, con una lorza a la altura de las rodillas. Dobladillo postizo interior muy ancho de satén negro. Esta saya puede ir sobre un refajo de idéntica hechura, en bayeta anaranjada, verde, amarilla o roja, con labores de terciopelo en los bajos.

CORPIÑO: De seda tornasol, aunque supongo que también los habría de bayeta o terciopelo de cualquier color, forrado y repulgado, abrochándose por delante con cordones de seda pasados por ojales redondos reforzados con hilo. Véanse otros corpiños. Cubriendo el busto por completo lleva un pañuelo muy bonito, apretado de racimos de flores sobre un fondo purpúreo. Este pañuelo de talle ha de ir muy cerrado al escote con gruesos alfileres y con los picos metidos por la cinturilla de la saya. En el dibujo aparece entreabierto para que veamos algo del corpiño.

DELANTAL: Es un mandil negro, sin más adorno que dos hileras de pliegues recogiendo el vuelo en la cintura.

MEDIAS: De lana azul.

CALZADO: Zapatos abotinados que cambiaban en invierno por escarpines y albarcas.

ADEREZO: Aros sobredorados en las orejas.

PEINADO: Raya en medio y moño.

TOCADO: Pañuelo «de mil colores» doblado en pico, con las puntas pasadas bajo la nuca y anudadas arriba.

COMPLEMENTO: Faltriquera al costado derecho, de gruesa seda tornasol, pues casi siempre va a juego con el corpiño, luciendo los mismos repulgos, amén de otras aplicaciones más o menos afortunadas. Llano describe en sus poéticas semblanzas de esta comarca, faltriqueras de sayal con rosas bordadas, cordoncito de seda y picos ribeteados de terciopelo verde.

Cabuérniga (Hacia 1880)

CABUÉRNIGO (Hacia 1880-1890)

De la Exposición de Trajes Regionales de España, ampliada con el trabajo citado de Nieves de Hoyos.

«Con mi vara de avellano

y el clavel tras de la oreja,

bajo del monte hasta el llano

a rondar a mi morena...»

Con este traje, ya picando en el siglo XX, cerramos la Galería del Traje Regional a lo largo de cien años de vida en Cantabria. Lo que vemos aquí son prendas bastante modernas, uniformándose en la decadencia con otras regiones. Sólo han permanecido invariables el ruido de las albarcas y una flor...

EXPLICACIÓN

CAMISA: En la Exposición de 1925 figuró una del comercio, en franela listada. Pero a finales del siglo aún se seguían usando las de lienzo casero, tal como se han descrito en páginas anteriores, absolutamente preferibles a las compradas, tan

frías e impersonales.

CALZONCILLO: Se puede decir que ya era de uso general, en lienzo, franela o algodón, largo hasta el tobillo.

PANTALÓN: De lienzo blanco, bastante estrecho y sin alzapón. Va remontado en azul oscuro o negro, dejando ver apenas

el fondo blanco.

CEÑIDOR: De lana encarnada, azul, verde o negra, dispuesto en anchurosas vueltas sobre el estómago.

CHALECO: Negro, de corte moderno; ya no se ajusta con orejillas a la espalda sino con una trabilla. Anudado al cuello, un

pañuelo de pintucas.

MEDIAS: O gruesos calcetines, de lana negra o sin teñir.

CALZADO: Escarpines de sayal y albarcas carmoniegas, muy características de la zona. En verano, alpargatas blancas.

PEINADO: Pelo rapado.

TOCADO: Boina negra o azul.

COMPLEMENTOS: Larga vara de avellano y un clavel tras de la oreja.

Cabuérnigo (Hacia 1880 1890)

TRAJES PROFESIONALES

MIEMBRO DEL AYUNTAMIENTO DE SANTANDER (1839)

De un grabado de Sidney Crocker y Bligh Barker. Agradezco la inestimable ayuda de la investigadora Carmen Bernis Madrazo que me ha asesorado en la reseña de las prendas abajo expuestas.

«La vara de la justicia

la tiene quien la merece;

la tiene el señor alcalde

y en su manos resplandece.»

Estamos, a mi entender, ante una de las láminas más sorprendentes de este libro, claro ejemplo de cómo han pervivido ciertas modas tenidas por propias de una determinada dignidad, asociación o profesión; tal es el caso del hábito de ciertas órdenes religiosas, del uniforme de las estudiantinas universitarias o del arreo de los alguacilillos en las corridas de toros, sin olvidar las libreas de los maceros, togados, «seises», etc... Dichos trajes han sufrido algunas modificaciones con el paso de los siglos pero siempre guardando su antigua traza. Uno adivina el respingo que darían los dibujantes ingleses, que en 1839 visitan Santander, al tropezar con el solemne desfile de los Regidores del Ayuntamiento, enfundados en su terno de gala, con jubón acuchillado, calzas, capa y espada como si fueran a representar el Tenorio mismamente. Resbalando en el tiempo, la imaginación romántica de ambos viajeros se cree transportada al siglo XV (!) apresurándose a captar, en una rara estampa, las siluetas anacrónicas y enlutadas de la Corporación sobre el fondo plácido de la Bahía.

EXPLICACIÓN

CUELLO: Alechugado, de fino lienzo blanco, sobrepuesto al cabezón de la camisa y encañonado con molde.

JUBÓN: De terciopelo negro, acuchillado en torno al cuello, con forros de raso negro y un abullonado de lo mismo en la cintura. Su corte es una delirante fantasía del dibujante inglés.

CALZAS: Recuerdan a unas que se usaron en el siglo XVI, compuestas de dos piezas: Los muslos (la parte superior, abultada y acuchillada) en terciopelo y raso negro, y las medias, negras también.

CALZADO: Zapato negro, con altísima lengüeta y hebilla de plata, a la moda dieciochesca, según me apunta Carmen Bernis Madrazo.

CAPA: Se parece a los antiguos herreruelos. En sombrío veludillo granate, aunque supongo que la prenda original debió ser negra.

PEINADO: Apenas se aprecia; eso sí, gasta mostachos y perilla muy propios.

TOCADO: Sombrero de castor negro, similar a los traídos en el siglo XVII, de ala ancha y vuelta, con gallardo airón de plumas de avestruz teñidas de carmesí en el grabado, si bien, me inclino a creer que fueron blancas en la realidad.

COMPLEMENTO: Espada con la empuñadura y la contera doradas.

Marinero (Hacia 1880)

MARINERO (Hacia 1800)

Según un grabado de Rivelles y Carrafa.

«Vale más un marinero
con los remos en la mano
que cincuenta señoritos
por el muelle paseando.»

No digo a ciencia cierta que sea un marino cántabro. Lo mismo puede ser vasco, astur o galaico, dado que el grabador lo tituló «Marinero de la costa del Norte» tal vez indicando que en todo el Cantábrico vestían de forma parecida. EXPLICACIÓN CAMISA: De lienzo fuerte y amplios cuellos, bajo los cuales se anuda «a la marinera» una corbata de seda negra. CALZÓN: O más propiamente «calzón marinero», es decir, pantalón, en paño o lienzo oscuro, anchísimo, acabando un par de dedos por encima del tobillo. CHAQUETA: De paño oscuro (azul seguramente), larga y entallada; ribeteada de trencilla en el borde, bocamangas, carteras de los bolsillos y en las singulares solapas de corte muy original. Botonadura negra. CALZADO: Zapato de cuero o paño negro. Con lazos de color, llevados con o sin medias blancas. PEINADO: Pelo muy largo, cayendo en espesos rizos a tapar las orejas y la nuca. TOCADO: «Canariera», que así es como llamaba la gente de mar a la chistera, con cintas negras revoloteando a la espalda.

Miembro del Ayuntamiento de Santander (Hacia 1839)

NODRIZA PASIEGA (1856)

Del cuadro del mismo título pintado por Valeriano Bécquer, hermano que fuera del famoso poeta romántico.

«Ay, qué bien, qué bien te está

el pañuelo colorado,

pero no te has casado,

ya te casarás...»

No sé si estaría casada, o iba «por libre», la pasiega del pañuelo colorado y ojos de mora que retrata el hermano de Gustavo Adolfo Bécquer. Lo que sí parece es que el pintor se deleitó en contrastar la frescura y lozanía de un traje popular (de Cantabria en este caso), con las asfixiantes y recargadas modas «tapiceras» de la burguesía de entonces, representadas en el niño que sostiene la nodriza, horrendamente escarnecido con gazmoños faldamentos de tafetán verdinegro y espantosa pamela de la que pende una lazada para la que no encuentro comentarios. Naturalmente, no incluyo en el dibujo tan «angélico» mamoncillo, limitándome a dejar constancia de la indumentaria de ella, parecida por otra parte a la de la lámina 14.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo fino, con cuello de cabezón recogiendo el vuelo en menudos pliegues.

SAYA: Muy ahuecada por refajos interiores o algún armazón que, a modo de las crinolinas entonces en boga, esponje el vuelo sobre todo por detrás. Con profundos pliegues a la cintura, va confeccionada en raso azul celeste con hilos de plata entretejidos, o bien, con galones plateados.

JUBÓN: De terciopelo negro, muy receñido de talle y de mangas, con ancho y profundo escote bordeado de galones de oro. Se ajusta en zig-zag con un cordón amarillo dorado. No parece que lleve petero.

DELANTAL: Blanco y empuntillado, atándose con largas cintas.

MEDIAS: No se le ven, ya que la figura no es de cuerpo entero. Imagino que fueran blancas o azules, con «cuchillas».

CALZADO: Por aquella época se traían descotados, de paño negro, guarnecidos con hebillas de plata.

ADEREZO: Monumentales pendientes de bolas en filigrana de oro, que vendrían a convertirse en el emblema de las amas de leche y también de las amas «secas». Gargantilla en dos vueltas de cuentas redondas y amarillas.

PEINADO: Raya al medio, con sendas crenchas tapando las orejas; ¿sería éste el peinado que llamaban «de las alforjas caídas»? Moño algo flojo, atrás.

TOCADO: Pañuelín triangular rojo con cinta negra, «pegada» alrededor. Sorprende que dé la lazada sobre la sien izquierda; tal vez fuera postiza.

Nodriza pasiega (1856)

NODRIZA (Mediados del XIX)

Del retrato de Doña María Agustina Larrañaga de Zabaleta, ama de S. A. la Infanta Doña Isabel. Cuadro pintado por Federico Madrazo.

«Juiste ama de cría

siendo soltera

y te casaste abora:

...¡Buena carrera!»

Tan hiriente copla no parece rezar con la serenísima belleza de la dama que, vestida de pasiega sobre un misterioso paisaje de delicadas veladuras, sonríe levemente, mano sobre mano como una Gioconda cántabra. Es el caso que los apellidos de la real nodriza hablan de una clara ascendencia vascongada; entonces, ¿por qué viste de pasiega? Paso a explicarlo resumidamente: a lo largo del siglo XIX, y apoyándose en reiterados dictámenes de los médicos de Palacio, las hembras de Cantabria, y las pasiegas de un modo especial, pasan por ser las de constitución más vigorosa y sana de toda España, seguidas por vascas, asturianas y gallegas; y en ese orden se las busca como nodrizas, de tal modo que mujeres de otras latitudes imitaban el habla, el traje y el arrogante porte de las pasiegas para ver si podían camuflarse como tales y ser admitidas de nodrizas en alguna casa importante. Se adoptó su indumentaria, más o menos enriquecida, como uniforme de las amas de cría, y he aquí el motivo de por qué viste de pasiega esta señora que debió de criarse muy ajena a chátaras y velortos.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De batista, con cuello rizado que se cierra con una cuenta o alfiler de cabeza redonda. Breve puntilla al borde de la abertura, puños rizados y pechera plegada en finas lorzas verticales.

SAYA: Debe llevar algún miriñaque debajo para arrojar un vuelo tan espectacular. Metros y más metros de gruesa seda rameada se emplearon en su confección, adornándola con suntuosas aplicaciones de abalorios de azabache.

CHAQUETILLA: De terciopelo negro, muy ajustada al cuerpo, orlada de seda y aplicaciones de azabache, adorno que se repite en los puños, guarnecidos con botonadura de filigrana.

PECHERO: Ignoro si va independiente o forma parte de la chaquetilla o del delantal. Es de la misma seda rameada de la saya, cruzado por tiras de terciopelo, o bien, por labores de azabache.

DELANTAL: Muy amplio, en terciopelo negro, bordeado de dobles cintas de pasamanería sobre un fondo de seda.

MEDIAS: Las llevaría blancas, probablemente.

CALZADO: Bien ajustadito al pie, en paño negro, adornado con un lazo plano o hebillas de plata.

ADEREZO: Pendientes de varios cuerpos que casi rozan los hombros, en filigrana de oro, engastados en granates y coral. Collar de tres vueltas, cayendo la más larga hasta la cintura. Forman sus hilos labradas cuentas de filigrana de plata y oro, alternando con rojos corales. Su mano derecha luce un anillo de oro y coral.

PEINADO: Raya al medio, bajando en negras y atusadas crenchas a tapar las orejas. Sobre ellas forma el cabello unos abultados moños laterales. Largas trenzas a la espalda cayendo hasta la mitad de la saya.

TOCADO: Es una concesión al gusto de la época. Se trata de una almidonada cofia de breves alas planas, con un volante encañonado alrededor. Cofias similares fueron distintivo de las «iñudes» o nodrizas de la alta burguesía vasca, tal vez a partir de esta nodriza real retratada por uno de los Madrazo, excelente dinastía de pintores que tuvo su origen en Cantabria.

Nodriza (Mediados del siglo XIX)

ESCOTERO (Guiante de contrabandistas pasiegos, 1870)

De un dibujo de R. Álvarez.

«Ay, que vivan los contrabandistas

por los cerros arriba y abaju,

con el palu, al pirriu y la alforja

a los carabineros burlandu.»

La diferencia de aranceles entre nuestros puertos y los vizcaínos, el desestanco del tabaco en las Vascongadas y la privilegiada situación del comercio vasco en virtud de sus fueros, estimularon el contrabando entre los pasiegos a principios del siglo XIX. Fue una azarosa época que sembró de sobresaltos y amarguras el macizo del lomo de Pas. Entre las sombras, por secretos caminos monte a través, la vida del contrabandista era un continuo riesgo apenas dejaba atrás el suelo encartado de Carranza, para adentrarse en territorio cántabro por el grandioso portillo natural conocido como «el Salto del Pollo» o «el Salto de la Pasiega». Con su fardo de arpillera o su alforjón de cuero sujeto a la espalda de la misma forma que el cuévano, pero nunca con él, carabina con municiones, cuchillo, el indispensable palanco y la ayuda de un perro de malas pulgas, avanza la cuadrilla siempre bajo la amenaza de ser sorprendidos por las odiadas «correas blancas» de los carabineros. De peña en peña, se avisan con un silbido y un « ¡Hermanu, alirta! » a lo que responde haciendo eco un dramática

«¡Huya... lá!». Les precede un guiante caminando «de escote», es decir, sin carga, por lo que recibe el nombre de «escotero». Si el contrabando pasado desde el otro lado de los Pirineos llega a su destino, en alguna cabaña concertada, en lo más cerrado de la noche el escotero lanza un «gucín» (relincho) y un débil toque de cuerna, indicando que no hay peligro. Como por arte de magia, salen las pasiegas de sus escondites a hacerse cargo de la mercancía. El misterio se encostra sobre los techos de pizarra, sellando con silencio la boca de una raza.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De áspera estopa como se han ido viendo.

CALZONCILLO: También en crudo lienzo, cayendo tres dedos por debajo de la rodilla.

CALZÓN: De alzapón, en tosco buriel o en pana lisa.

CHALECO: En género similar al calzón, desprovisto como aquél de todo adorno. Se cierra con botones de plaqué.

CEÑIDOR: En lana negra o de color.

CHAQUETA: De buriel o pana lisa, sin solapas ni rastro de los «atavales» que gustan traer en las ropas domingueras.

MEDIAS: Posiblemente las lleve debajo de las «pellicas» de piel de carnero con que defiende las piernas.

CALZADO: Resulta extraño, y tal vez se deba a un error del grabado original, esta mezcla de alpargata y chátara que aquí se ve, sujeta por largas «estuérdigas» que aseguran a un tiempo las < pellicas».

PEINADO: En rizos o mechones sin raya alguna.

TOCADO: Monterilla cónica de paño con el ala vuelta alrededor.

COMPLEMENTOS: Pipa de yeso, carabina, palanco y, metido por el ceñidor, un objeto que tanto puede querer ser una truculenta navaja como un bígaro de asta de res. Me parece más aceptable esto último, e incluso podía tratarse del silbato hecho con el cuerno de una cabra, estudiado por Fernando Gomarín en su trabajo sobre «el pito cabrero». ¡Ah! Y cómo olvidar complemento tan valioso para el contrabandista pasiego como era el «pirriu», chucho «cuzco» y greñudo de raza indefinida, que olfateaba a distancia el tufo a «correas blancas».

Escotero (Guiante de contrabandistas, 1870)

SARDINERA (1879)

De un cuadro firmado en Santander por Sabino Ojero de Romarate. Por cortesía de la familia González Domenech.

«Ay, que colean,

que rechispean.

Vaya, vecinas,

venir, correr,

a responder:

¿Queréis sardinas?»

No podía faltar en esta Galería de Tipos y Trajes de Cantabria el acento desgarrado de la sardinera. Hubo una en el Santander de hace cien años tan famosa por su hermosura que, desde Castilla, acude un oscuro pintor para plasmarla en un gran lienzo. La obra resultó de discreta ejecución pero hoy tiene un aire entrañable, ya que es retrato del natural de un ejemplar de aquella raza bravía: con el carpancho de sardinas a la cadera, y haciéndose pantalla con la mano, vocea desde el Muelle la gallarda pescadora de macizos aplomos y rasgos ajustados a la belleza clásica. Aún faltaban cinco años para que se escribiera «Sotileza», y pienso si Pereda, que seguramente conocía a esta marinera del cuadro, no la tendría presente en la imaginación, junto a la histórica Silda, a la hora de dar traza a su novela.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo blanco, larga hasta media pierna, muy escotada en redondo, y con las mangas valientemente remangadas arriba del todo. Sotileza, tal vez menos «descocada», las lleva a medio brazo.

SAYA: Corta, es decir, a media pierna, en bayeta amarilla, con una gruesa lorza a la altura de las rodillas y un ribete rojo oscuro en los bajos. La protagonista de «Sotileza» también luce a diario refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de blanca camisa.

CORPIÑO: Muy escotado, en una tela de rayas ocres y rojas. Pereda describe este justillo en mahón, rayado de azul. La sardinera del cuadro trae abierto sobre el escote un pañuelo verde seco, con franjas esmeralda fileteadas de rojo y un breve fleco al borde, parecido al luminoso pañuelo de mil colores que cruza bajo el seno la Silda perediana.

DELANTAL: Recogido a la ‘izquierda, casi tan largo como la saya, y resguardando toda la delantera, parece de mahón verdoso.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo y cintas azules. Las trae en chancletas, lo que desmerece mucho del resto de la figura. Sotileza, en cambio, más gentil, va descalza de pie y pierna.

ADEREZO: Al cuello, un hilo de cuentas redondas de coral o de vidrio rojo y, colgando de las orejas, pendientes de oro y coral de los llamados «de pata y careta». No obstante, debieron ser más usuales en las pejinas los anchos anillos de oro bamboleándose sobre los hombros.

PEINADO: Raya al medio a formar moño.

TOCADO: Pañolito rojo de percal o seda, atado «a la cofia», similar al que acomodaba en la cabeza la inmortal callealtera.

Sardinera (1879)

TRAFICANTE EN QUESO FRESCO (1880)

De un grabado anónimo.

«Molidos traigo los huesos

y rendida la presona,

de renovar con el quisu

y a Pas llevar la berona.»

Con la supresión de los fueros vascos, declina el contrabando en el área pasiega. Vuelven a rehacerse «colgaízos» y rebaños, pero el impulso viajero y emprendedor del pasiego sigue empujándole a los caminos. A diario recorren (hombres y mujeres), trayectos de más de 40 Km, siempre a pie y abrumados bajo el peso del cuévano. Como en Pas no siembran ni cultivan la tierra, han de traer el maíz de otros valles, a trueque de manteca y queso fresco. Este tipo de vendedor ambulante, protegido del suero que escurre su mercancía por la «cueriza», debió ser muy popular aun lejos de nuestras montañas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, conforme se han ido viendo.

CALZÓN: En tosco sayal o pana lisa. Lleva los bajos vueltos sobre las rodillas, mostrando el blanco forro, igual que ochenta años atrás lo hacía el pasiego de la lámina 5.

CHALECO: Apenas si asoman las puntas bajo la «cueriza», por lo que habrá que imaginarlo del tipo a otros anteriores.

CEÑIDOR: En lana o estambre de color, dando varias vueltas a la cintura.

CUERIZA: Es lo más interesante de la figura, ya que no tengo noticias de una prenda similar en otros pueblos. Confeccionada en cuero por los expertos curtidores y peleteros de Pas, aparece como un chaleco muy corto por delante, pues acaba a la mitad del pecho, y muy largo por detrás, de tal forma que cae como un capotillo hasta el arranque de los muslos. Presenta un cuello que sube por la nuca, y en conjunto resulta una prenda de gran empaque, a pesar de que su fin no es otro que evitar que el suero de los quesucos empape la espalda del portador.

MEDIAS: Claramente el dibujante anónimo quiso resaltar que eran estriadas, quizá acanaladas en blanco y azul, como aquellas de que habla Manuel Llano.

CALZADO: Aquí viene el intríngulis mayor, porque es todo un enigma lo que cubre los pies del traficante de queso en el grabado original. Estoy cada vez más convencido de que los dibujantes no demasiado observadores se armaban un lío al interpretar el doble calzado de chátaras y escarpines, con su laberinto de trencillas y correas que van y vienen; así que luego, a la hora de calzar a pasiegos y pasiegas, cada cual intentaba salir del apuro como su imaginación le daba a entender y el resultado era imprevisible: desde las cáligas romanas a las esparteñas moriscas, toda una imposible teoría de zapatillas y botines desfila por la abundante iconografía pasiega. En el caso que nos ocupa, el desconocido autor dibujó unos chanclos oscuros (sin duda desorejada imagen de los escarpines) de los que arrancan (¿) las estuérdigas. Tales chanclos van ensolados por un festón claro, sin correa alguna, infantil representación de lo que debieron ser chátaras, «bachas» o «jostras»; ante calzado tan inverosímil no he podido menos de retocarlo, traduciéndolo por chátaras y escarpines.

PEINADO: Pelo en mechones sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo listado rodeando la cabeza.

COMPLEMENTOS: Cuévano a la espalda y, sobre él, la «cesta ‘el quisu», acomodada la mercancía encima de una mullida de «cervillán» (hierba larga y fina). Bajo ella, y desbordando la cestaña, hay algo que podría interpretarse más que como un paño, como un «culambre» o pellejo de animal para recoger el suero. Cubren los quesucos un lienzo blanco, mientras que sobre el hombro, descansa la gruesa «vela» de avellano.

Traficante en queso fresco (1880)

MARINO DE SANTANDER (1889)

De un dibujo de Victoriano Polanco.

«La lancha de Tolín

todito lo tiene bueno;

buen patrón y buen proel,

buenos chicos marineros.»

Con sus aires de ballenero noruego, este lobo de mar cántabro parece que hubiera salido de las páginas de una novela de viajes y aventuras. Sin duda oyó relatos de ballenas blancas y peces con cuerpo de muchacho como el que se avistó en la ría de Requejada... En su quechemarín, o en su barquía, capeó la galerna o fue favorecido con la brisa fosforescente de los «ventolines»...

EXPLICACIÓN

CAMISA: En este caso es una camiseta de manga larga, blanca con rayas horizontales.

PANTALÓN: Pardo o azul, rígido de salitre, con las perneras metidas por las botas.

MARINERA: Quizá el nombre no sea muy apropiado, pues no tiene los grandes cuellos que caracterizan a tal prenda. Lo

que vemos aquí es un cuerpo ablusado (¿de lona embreada?) con las mangas recogidas por encima del codo. Defendiendo el escote, una anchurosa bufanda negra.

CEÑIDOR: De estambre negro.

CALZADO: Botas de agua con gruesa suela claveteada.

PEINADO: Pelo en alborotados mechones y barba corrida sin bigote.

TOCADO: Gorra azul de visera chiquitina con galón y una minúscula borlita arriba

COMPLEMENTO: Cachimba de «espuma de mar», indispensable en un buen marino; obsérvese que la cazoleta está boca abajo en tanto no se fuma.

Marino de Santander (1889)

PESCADERA SANTANDERINA (Finales del XIX)

Según un óleo de Hastoy.

«Ya güelve la tía María,

la mojer del chalupero,

a pregonar noche y día

con arremango y salero...»

«Con arremango y salero», cerniendo el corto refajo, grita su áspero pregón la pejina, mientras «corre» de acá para allá la merluza, los maganos, el bonito... Todavía hacia 1960, siendo yo un crío, venían de Colindres a Ampuero con sus carpanchos de pescado sobre la cabeza, vestidas más o menos de esta traza, si bien ya no iban descalzas. De aquellos «pintos trajes y vistosos pañuelos» que encandilan a López Bustamante en 1844, ya sólo queda un recuerdo.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Tal vez sea una blusa blanca; bajo los puños recogidos, asoma lo que parece una segunda camisa interior.

SAYA: Corta, es decir, a media pierna, de replegada y curcusida franela o bayeta de cualquier color. En el cuadro de

Hastoy muestra un rojo desteñido, siendo muy comunes también las sayas amarillas como se ha visto páginas atrás. DELANTAL: Con dos bolsillos y muchos frunces, cortado en percal rosa. Fajando la cintura, una toquilla de prieta lana

marrón rojizo.

CALZADO: Va descalza de pie y pierna.

ADEREZO: Rollizos aretes de oro o plata en las orejas y algún anillo de plata renegrida todo lo más.

PEINADO: Tirante hacia atrás a formar moño.

TOCADO: Pañuelo de algodón, con los picos cruzados bajo la nuca y atados arriba. Entre el pañuelo y el carpancho se ve

el «rueño».

Pescadera santanderina (Finales del siglo XIX)

PASTOR CAMPURRIANO (Hacia 1890)

De la Exposición de Trajes Regionales de España.

«Casóme mi madre

con un pícaro pastor,

no me deja ir a misa

ni tampoco oír el sermón,

que quiere que esté en casa

remendándole el zurrón...»

En la magnífica Exposición de 1925, dirigida por el eminente antropólogo y paisano Don Luis de Hoyos Sáinz, Cantabria estaba representada por un total de 13 trajes más un armario señalado con la letra «J» conteniendo colchas y cubre almohadas de lienzo con bordados en sedas de colores, una blusa de hombre, una chaquetilla de mujer, un chaleco, un justillo, una mantilla, pañuelos, etc..., ajuares todos recogidos por D. Valentín R. Lavín, el Señor García Morante, D. Manuel Oria, D. José Antonio Quijano, el Señor Lavín del Noval y la cooperación de D. Fernando Campuzano. Este traje de pastor de los Tres Campóes también figuró en la muestra, si bien, al ser más profesional que regional, podríamos decir que es común a la Cordillera Cantábrica.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero y escaso cuello, como las descritas a lo largo del libro.

PANTALÓN: De pardomonte o sayal, con remontas.

CEÑIDOR: Ya por entonces su uso se había aceptado en Campóo.

ZAJONES: Prenda característica de casi todas las regiones de ganaderos y pastores. A diferencia de los zahones andaluces, de cuero, con ricos adornos, éstos son de piel con pelo como defensa del frío; por única decoración luce una franja afeitada al borde.

CHAQUETA: Fuerte y amplia, de sayal.

ZAMARRA: Vestida encima de la chaqueta, de piel de oveja, reversible, ya que se ponía con la lana hacia fuera o hacia dentro en tiempo de agua o nieve.

MEDIAS: De lana sin teñir o bien, peales de lana batanada.

CALZADO: Escarpines de sayal y albarcas herradas, «mochas» o «del pico entornao ».

PEINADO: Pelo rapado sin raya alguna.

TOCADO: Cachucha plegada de piel de carnero o de animal salvaje, confeccionada por los propios pastores. El pelo queda por la parte interior como abrigo. Normalmente se llevaban las vueltas dobladas hacia afuera; cuando el cierzo soplaba las bajaban sobre las orejas.

COMPLEMENTOS: Cayada, o bien gruesa porra de barrosco tostado; a la espalda, un zurrón sin costura, de piel de cabra

o ternera, en el que transportaban la zapita lechera, el compango, la azuela, el rabel y un bígaro de asta de res para llamar al ganado.

Pastor campurriano (Hacia 1890)

TRAJES DE DANZAS,
DE COMPARSAS Y DE CARNAVAL

EL ZORROMOCO DE CICERO (Siglo XIX)

De dibujos de Flavio San Román, fotografías antiguas y datos aportados por el último danzante que hizo de zorromoco.

«Bailar, muchachos, bailar,

hasta que haya de romper

los cascabeles de plata

que traje de Santander.»

Resulta muy gracioso e insólito este traje de enagüillas en el Norte de la Península, de traza similar al que lucen en el barrio de las Machorras, en Espinosa de los Monteros. Tal vez fuera una aportación castellana a la coreografía cántabra pues, en siglos pasados, se contrataban cuadrillas de danzantes foráneos para actuar en nuestras fiestas, gozando de gran prestigio los de Belorado y los de Santo Domingo de la Calzada. Por cierto que, no deja de extrañar esta demanda de comparsas de otras tierras cuando es Cantabria país de tan remota tradición en bailes que incluso el mismo Estrabón, hace dos mil años, describe las danzas cántabras. Muy antiguo también debe ser el origen del «zorromoco», nombre de oscuras raíces (*) que parecen recordar a la palabra en euskera «zomorro» o «mozorro» (una máscara, un disfrazado). Protagonista de las danzas de «arquías» y palillos de Cicero, este personaje es encarnado por el mejor danzante, abriendo el corro y marcando un baile fuerte y caricaturesco, salpicado de acrobacias y «esparajismos» llenos de nervio y gracia, nervio y gracia que aún conservaba, pese a lo avanzado de su edad, el último «zorromoco» de Cantabria, cuando le fui a visitar en su casa de Gama. Todavía podía trazar los enrevesados pasos de la danza y sus ojos azules chispeaban recordando las jornadas de la Exposición Internacional de Barcelona, allá por el año 1929, en las que Cantabria y su folklore triunfaron plenamente.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, abierta hasta el pecho, con botonadura de hilo o hueso y pechera de lorzas verticales. Las mangas, sobre el codo, van ceñidas con cintas rojas.

CALZÓN: De dril o bombasí blanco, ajustado bajo las rodillas, de donde no pasa.

ENAGÜILLAS: De hilo blanco. Con mucho vuelo, y muy ahuecadas y almidonadas, se adornan con anchas puntillas al borde. Hacia la mitad lleva dos cintas «pegadas»: la de arriba, azul, con lazos rojos de trecho en trecho de los que penden cascabeles; la tira de abajo es roja, con lazos azules rematados también por cascabeles.

CEÑIDOR: De lana roja, fajando la cinturilla de las enaguas.

MEDIAS: De algodón, hilo o estambre, azul claro. Parece ser que, en principio, «el zorromoco» bailaba además con sartales de cascabeles en las pantorrillas.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo adornadas de cintas rojas con las que se sujetan a la pierna.

PEINADO: Pelo corto, sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo o lazo rojo, rodeando la cabeza como una venda y anudado atrás o a un lado.

COMPLEMENTO: Chiborra, especie de original cetro con el que «el zorromoco» subraya sus cabriolas. Está formada por un palo recubierto de papel rizado, rosa, rojo, azul y blanco, labor que hacen en Cicero con mucho arte, fijando en la punta un lustroso rabo de buey rojo.

Me contaba «el zorromoco» antes citado que el dibujante Flavio San Román que preparó la embajada cántabra a la Exposición de Barcelona, decidió a última hora eliminar de este traje de danza una modo de chaleco de piel de oveja con dos cencerros pequeños al pecho. Supongo que sus razones tendría para desechar tal prenda.

(*) Es extraño observar las denominaciones de los personajes ataviados de un modo especial en las danzas y comparsas de la Península: Guirros, zaharrones, zamarrones, zorromacos, zarramacos, zurramoscas, mozorros, zorromocos, zorroclocos, zorrococos, zorras, zampanzarras, cigarrones, birrias, cachibirris, cachibirrios, zomorros, zomarrones, zarramasqueros, zarragones, zangarrones, etc... Estos bruscos sonidos donde siempre redobla una «R», a menudo precedida por una «Z», se diría apuntan a misteriosas lenguas prerrománicas.

El Zorromoco de Cicero (Siglo XIX)

EL ZORROCLOCO DE SIETE VILLAS (Siglo XIX)

Según dibujo de Miguel A. Aguirreche.

«Entre cielos y tierra,

en ciertas partes,

se presenta una zorra

de tan buen arte

que encanta y avisa;

la gallina con pollos

la descuartiza...»

Personaje de enorme interés, por desgracia hoy desaparecido de las danzas de Siete Villas. Iniciaba el baile y se encargaba de abrir corro para que los danzantes se movieran con desahogo. De muy remoto origen, hay que resaltar la importancia que le otorga el hecho de ser un disfraz de animal, de zorro concretamente representado con fino humor. No es la única máscara zoomórfica popular de Cantabria ya que en «la Vijanera» figura un impresionante oso interpretado por un mozallón recubierto de pieles, sin olvidar a «Orejitas», asno célebre entre las comparsas del Alto Nansa. Tales máscaras de zorro, oso y asno, podían formar un tríptico de notable valor etnográfico dentro del rico y poco estudiado folklore de Cantabria. No he tenido suerte, sin embargo, a la hora de conseguir documentación gráfica sobre las dos últimas máscaras por lo que no las incluyo aquí. Me dieron noticias de otros disfraces animalescos en el Valle de Polaciones, donde esporádicamente figuraban por Carnaval hombres con pieles de lobo, de oso o de jabalí, pero sin guardar continuidad ni regla fija en la caracterización. Ya en tiempos cercanos, entrado el siglo XX, salió una ingeniosa máscara en Santoña, mitad hombre, mitad pez, hecha totalmente con pescado seco, según información de Fernando Gomarín. Se ve que la costumbre atávica de identificarse el hombre con especies animales aún no ha muerto del todo. ¡Ojalá cobre vida de nuevo «el zorrocloco» animando la danza con los cacareos de su presa!

EXPLICACIÓN

CHALECO: Es un cuerpo pegado al pecho, sin mangas y sin escote, en, piel de oveja o de cabra imitando el pelaje del zorro.

CALZÓN: No baja de las rodillas, ajustándose mucho, confeccionado en la misma piel que la parte superior. Atrás lleva cosido un pomposo rabo de zorro.

LEVITA: Por lo visto se trataba de un raposo de buena familia ya que se pavonea con un levitón negro del tiempo de Maricastaña, por entre cuyos faldones asoma la cola.

MEDIAS: De estambre, negras probablemente.

CALZADO: Zapatos negros de antigua traza.

PEINADO: Pelo corto, sin raya alguna.

TOCADO: Altísimo sombrero de copa, forrado de hule negro, un tanto abollado y polvoriento. Además del rostro tiznado con hollín, completa su aire truhanesco, un antifaz de piel con oblicuas aberturas para los ojos.

COMPLEMENTOS: En una mano, larga chiborra más o menos pulida de la que penden cintas de colores y una vejiga inflada o un rabo de buey. En la otra, una cesta con una hermosa gallina dentro a la que obliga a cacarear para animar a los danzantes que deberán ganarla con su buena actuación, merendándola después de la fiesta.

El Zorrocloco de Siete Villas (Siglo XIX)

ZARRAMASQUERO DE SOBA (Siglo XIX)

Interpretación basada en referencias sueltas. Mi agradecimiento a José Antonio Pérez y a José Antonio Rodríguez Arana, de La Gándara y San Martín de Soba respectivamente.

«Marzo florido,

seas bienvenido...

El Valle de Soba, de donde desciendo por línea paterna, tiene en tan sobrecogedora máscara vegetal cumplida representación en estas páginas. Lamentablemente han sido poquísimas las informaciones que he podido reunir tras mis dos estancias allí, siempre a la búsqueda de antiguas indumentarias. Vaya pues este «zarramasquero», interpretado sobre media docena de datos, en homenaje a mis antepasados que sin duda lo vieron surgir de entre la noche, como un dios pagano que hacía verdecer a las plantas tras los fríos de muerte del invierno. Cubierto de ramaje, con altísima mitra e inquietante careta de piel de oveja, portaba el buen augurio de un ramo de acebo, rodeado de su corte de acólitos, los marceros, revestidos con pieles, mitras, caretas de piel de oveja y zumbas de todos los tamaños que hacían sonar brincando furiosamente. Visión irreal y bárbara que cruzaba la última noche de febrero entre fragor de campanos y ladridos de perros.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De burda estopa, abierta sólo hasta el pecho, conforme se han ido viendo.

CALZÓN: O pantalón, de tosco buriel con remontas.

CHAQUETA: O lástico pardo.

MEDIAS: Peales de lana en su color natural, montando sobre las perneras del pantalón.

CALZADO: Abarcas de cuero a medio curtir, con el pelo hacia afuera, del tipo a las usadas en Pas, dado que Soba participaba bastante del área pasiega.

DALMÁTICA: No se me ocurre otro nombre para esas pieles de oveja que cubren el pecho y la espalda del «zarramasquero». Colgando de la cintura y de los hombros, innumerables campanos y repiquetas, todo ello a su vez semioculto por una fronda de quimas y hojarasca que hacen del personaje un matorral caminante.

TOCADO: Mitra muy alta de piel de oveja, sujeta con unas correas bajo la barbilla. Velando el rostro por completo, una primitiva careta de piel de oveja de aspecto poco tranquilizador, con dos agujeros para los ojos y otro para la boca.

COMPLEMENTO: Ramo de acebo cuajado de esquilas.

Zarramasquero de Soba (Siglo XIX)

DANZANTE DE CANTABRIA (Segunda mitad del XIX)

Conforme a un grabado de la época. Dedico esta lámina a Francisco Gómez y a Toño Valdés Herrera, danzantes de casta.

«A los mozos bailadores

las muchas gracias les damos

que han tenido la atención

de venir a acompañarnos.»

Aquí está el verdadero traje blanco de danzante, y no los escarnios que nos obligan a sufrir los grupos de danzas hoy en día, saliendo a bailar con tejanos blancos, camisas del comercio y playeras deportivas. Ha sido este traje blanco de nuestras danzas el motivo de que me dedicara a buscar la auténtica indumentaria del país durante 14 años pues, contando yo 17, leí unos injustos renglones de cierto periódico en los que alegremente se acusaba a Cantabria de copiar el vestuario a los vascos, proponiendo con insidia que si no teníamos trajes propios, nos dirigiéramos a un buen modisto para que nos inventase uno (!)... En fin, dicen que la ignorancia es muy atrevida y la frase le viene aquí como de molde al autor de tan necio artículo. Por desgracia también hay paisanos que, sin profundizar en la materia, no dudan en escribir que los danzantes de Comillas

o los de Polanco van vestidos de «pamplonicas» (¿) o de dantzaris vascos. Ignoran estos señores:

1° Que un traje de danza es hasta cierto punto un traje profesional, con lo que se borran las fronteras al necesitar un vestuario que realce y no entorpezca los movimientos.

2° Que el color blanco va ligado a una idea mágica del hombre primitivo, explicándose, por un complejo de nociones convergentes, su carácter benéfico y favorecedor de la unión de quien lo viste con el más allá.

3° Que el uso del calzón blanco masculino no es privativo, ni por asomo, del País Vasco, encontrándose en las «cirolas» de Galicia y en los «zaragüelles» levantinos, amén de referencias al mismo en Granada, Aragón, Ibiza, etc...

4° Que en Cantabria, país que desde siempre ha usado la lana o el lino, es lógico que emplearan el blanco lienzo casero no sólo en las camisas, sino también en los calzones o pantalones del hombre, con lo que ya tendríamos completado el traje blanco.

5° Que, confirmando esto último, contamos con el testimonio de Pereda que nos habla de los danzantes en la Zona Central «vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas de cascabeles hasta en las alpargatas». Por la misma época, el Diccionario Geográfico de Madoz dice que los habitantes del partido de Castro Urdiales traen a diario pantalón de lienzo blanco, y en la otra punta, en el Occidente de Cantabria, tierra adentro, conocemos pantalones de lienzo blanco, si bien recubiertos casi por entero con remontas azules. Abundando en el tema, Joaquín de Santillana describe el traje blanco del danzante cántabro y el Padre Córdova deja constancia de la «vestimenta de blanquísimo lino, y sobre ella las pinceladas de los vivos colores que despiden las cintas y los pañuelos rojos, azules, amarillos...». Creo que son pruebas bastantes para atestiguar la carta de naturaleza del pantalón blanco en la Cantabria del siglo XIX; aún podíamos remontarnos al XVIII para encontrar a los marinos de Santander portando calzones de lienzo blanco, pero estimo que es suficiente.

Termino recordando a aquellos que han creído ver en el traje blanco cántabro una servil copia del vasco que con camisa y pantalón blanco y fajín y pañuelo de color, bailan ciertos danzantes de Palencia, de Burgos, de Galicia, de Cataluña, de Francia, de Inglaterra, de Irlanda, de Canadá... ¿No les parece demasiado pensar que todos hayan copiado a los vascos?.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Abierta sólo hasta la mitad del pecho, en grueso lienzo casero, con largos faldones y anchas mangas planchadas sin almidón que terminan en un puño chiquito abrochado con botón de hilo y presilla. Cuello pequeño y vuelto y pechera de lorzas verticales y simples bordados blancos en zig-zag, con botones de hueso, o bien, de hilo en forma de confite. En algunos pueblos ciñen los brazos por encima del codo con cintas de color.

PANTALÓN: De lienzo blanco, es de alzapón, con perneras estrechas que justo llegan a cubrir el tobillo. A veces presentan vistosas trencillas tapando las costuras laterales.

CEÑIDOR: De lana roja, azul, verde o violeta, dejando apenas asomar los flecos al costado izquierdo. Las vueltas no deben disponerse con la fría mecánica de un rollo de esparadrapo, sino montando una sobre otra con diferentes inclinaciones.

MEDIAS: De lana o algodón, blancas, azules o negras.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo adornadas con cintas de color, o bien, con un lazo y cascabeles como se aprecia en la lámina.

PEINADO: Pelo muy corto sin raya alguna.

TOCADO: Pañuelo carmesí en forma coronal, atado sobre la sien.

COMPLEMENTOS: Mantoncillo de tonos luminosos con largo fleco de seda, doblado en pico y cruzado en bandolera. En sentido contrario, ancha cinta labrada de rico colorido (tales adornos aumentan o disminuyen de un lugar a otro, pero sin variar gran cosa). En las manos vemos que levanta un arco tejido con dalias de colores «ardiendo como soles».

Danzante de Cantabria (Segunda mitad del siglo XIX)

DANZANTE DE NOJA (Segunda mitad del XIX)

De «España: Tipos y Trajes», del gran fotógrafo riojano Ortiz Echagüe.

«A Noja he de volver,

en busca de un morenuco

que me ha parecido bien;

a Noja, a Noja he de volver.»

Variante local del traje que acabamos de ver, apenas necesita de introducción alguna después de la larga parrafada anterior. Sí conviene destacar que los danzantes de Noja han conservado al calzón corto, lo que permite una mayor nitidez en la apreciación de los pasos de baile. Por el contrario, introducen una remilgada corbata, supongo que a finales del XIX o principios del XX, que no le hace ningún bien al conjunto. Yo la he respetado, fiel a mi norma de transmitir las vestimentas tal como me llegan.

EXPLICACIÓN

CAMISA: Idéntica a la descrita para la lámina precedente, se ciñe en los brazos y en los antebrazos con cintas de colores.

CALZÓN: De lienzo blanco, es de alzapón, con perneras que se ajustan a las corvas. Muestra los flancos recamados de

cintas y galones, con rosetas de colorines.

CEÑIDOR: De lana roja o de otro color.

MEDIAS: De lana negra.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo, adornadas con cintas de color.

PEINADO: Pelo muy corto y sin raya. No lleva tocado de ningún tipo, caso único a lo largo del libro.

COMPLEMENTOS: Aparte de la corbata de marras, sendas cintas cruzadas sobre pecho y espalda, rematándose en

flotantes lazadas que se voltean al bailar. Arquillo cubierto de papel rizado con todos los tonos del arco iris.

Danzante de Noja (Segunda mitad del siglo XIX)

ZARRAMACO DE CANTABRIA (Siglo XIX)

Según fotografías antiguas y un dibujo del malogrado pintor R. Bernardo.

«Yo quiero, yo quiero,

ser de la mi tierra

el mejor, el mejor campanero...»

Atención a esta lámina, pues es la más sugerente del libro, ya que guarda la imagen ancestral de la raza cántabra, guerrera y pastoril. Ella nos hace retroceder a los comienzos de la Historia, quién sabe si a tiempos anteriores a la fusión de la gente celta con las tribus de Cantabria. El misterio envuelve la bárbara silueta de los «zarramacos» y su oscura liturgia, cuando en los primeros días de enero, encabezando el ritual pagano de «La Vijanera», recorrían por parejas los campos helados atronando los aires con el vocinglar de sus zumbas, como si ahuyentaran los malos espíritus. Sus últimos reductos fueron los Valles de Iguña, Toranzo, Buelna y Anievas (de donde desaparecen ya muy entrado el siglo XX), pero entiendo que en pasadas centurias se extenderían por otras comarcas. Emparentados con los «guirros» asturianos, los «zarramacos» cántabros acusan aún mayor similitud con los «zampanzarras» de Zubieta e Ituren, en Navarra, lo que hace pensar en restos encallados por los repliegues de la Cordillera Cántabro-Pirenaica de una cultura prerromana común.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De lienzo casero, tal como se han venido describiendo.

CALZÓN: De sayal o, en fechas más recientes, pantalón de recio paño. En unas amarillentas fotografías se aprecia en los «zarramacos» pantalones claros de grueso tejido a rayas, recubierto casi por entero con remontas oscuras.

CEÑIDOR: Aunque queda oculto, lo llevaban, en lana de color o negra.

LÁSTICO: Aparece en algunas fotografías, hecho de prieto punto, azul, negro o pardo pero, primitivamente, debieron ir en mangas de camisa como se ve en el dibujo.

POLAINAS: De piel o paño, muy oscuras, sujetas con una trabilla bajo el pie y ceñidas a las corvas con correas de cuero.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo. Antiguamente calzarían corizas.

DALMÁTICA: Vaya tal nombre para este corto sayo pelambrudo. Se hacía de pieles de oveja, o bien, con unas esteras de las que se llevaban antes a la iglesia, de largas y despeluchadas cardenchas. Cada «zarramaco» se ponía dos pares de dichos felpudos, descosiéndolos lo suficiente para introducir la cabeza. Protegiendo el cuello del roce de las esteras, colocaban un pañuelo de seda o un lienzo fino, blanco, a modo de bufanda. Emparedados de tal suerte podían soportar las magulladuras de los gigantescos campanos. Estos son zumbas de hierro encobrado, fijas fuertemente con experimentada técnica por medio de sogas de esparto y correas de cuero de las de uncir el carro, ya que si la colocación de los campanos no fuese cuidada por un maestro, sería imposible resistir su peso y la inercia de su constante meneo. A diferencia de los «guirros» que sostienen cuatro campanos en las caderas y uno en la espalda, y de los «zampanzarras» vascos que sólo llevan dos cencerros a la espalda y dos repiquetas sin badajo a la altura de los omóplatos, haciéndolos gemir con un dulce y acompasado movimiento, los «zarramacos» cántabros giran y se retuercen, frenéticos, bajo la mole de ciclópeos campanos sujetos en la cintura, pecho y espalda. Los de la cintura, de menor tamaño, en número de cuatro o seis, tienen una cabida de celemín y medio (de siete a diez kilogramos, aproximadamente) cada uno. Los dos del pecho y los dos de la espalda, de un par de celemines, arrojan un volumen de diez a catorce kilogramos cada uno. Danzando con tan increíble balumba a cuestas durante largas jornadas, los «zarramacos» constituyen la estampa de la fortaleza física.

PEINADO: Pelo muy corto.

TOCADO: Pañuelo blanco (rara vez de color), anudado muy prieto en forma de venda tras la oreja izquierda. Dicen que es para evitar que los tímpanos se lesionen con el potente retumbar de los campanos pero, curiosamente, nunca he visto que lo traigan tapando los oídos; encima, un alto capirote, de unos 75 cm., con barboquejo, empenachado de largas crines de caballo y recubierto de cintas en aspa, rosetones y cascabeles. (En la que creo fue la última «Vijanera» de Cantabria, en el año 1917, cambiaron el puntiagudo tocado por una ramplona boina, con lo que el perfil del «zarramaco» quedó sensiblemente empobrecido). El rostro va embadurnado con hollín o betún, en substitución de la arcaica y tiznada careta de piel de oveja que traían antiguamente sobre la cara, amén de otra idéntica sobre la nuca, hoy también perdida (el único ejemplo que conozco de una negra máscara bifronte es la que figura en las danzas de Ochagavía). Asimismo, en tiempos lejanos, los rítmicos «zampanzarras» de Ituren y los desacompasados de Zubieta, solían cubrirse la cara con un trapo negro que les colgaba delante anudándolo en la nuca. Con este pintarse la cara de negro o cubrirla con una máscara, pretendieron «zarramacos» y «zampanzarras» desaparecer a los ojos de los demás, eliminando su yo, en búsqueda de la total liberación.

COMPLEMENTOS: En vez del látigo de largas colas que blanden los «zampanzarras» vascos a modo de hisopo, los «zarramacos» portan porro de carrasca o acebo, erizado de púas y nudos, con el extremo inferior pintado con corteza de alisa

o tostado al fuego, guarnecido de tachuelas doradas, apoyándose en el cual realizaban vertiginosas vueltas como en estado de trance. (Sabido es que el giro sobre sí mismo conduce hacia la abstracción y el despliegue de misteriosas potencias mágicas). En el siglo pasado llevaban un gran cuerno de buey, haciéndolo sonar roncamente. Adriano García-Lomas dice que lo traían puesto sobre la cabeza (¿). En Ituren, donde también se da esta asombrosa coincidencia, pende del cuello. En su lugar, nuestros «zarramacos» cuelgan al pecho, desde el amarradijo central de los campanos, un pañuelo de hierbas para limpiarse el sudor.

Zamarraco de Cantabria (Siglo XIX)

GALÁN DE LA VIJANERA (Siglo XIX)

Según dibujo del paisano R. Bernardo, completado con las descripciones de Adriano García-Lomas.

«El pañuelo que me diste

lo traigo de banda a banda,

el pañuelo traigo al pecho

y a ti te traigo en el alma.»

Hemos visto que los héroes de la fiesta de «La Vijanera», la más típica y de rancio sabor cántabro, son los «zarramacos», a los que siguen un pintoresco cortejo de máscaras («El Galán», «La Madama», «el Oso», «el Amo», «la Brujuca», «el Capitán», «el Escobero», «la Lumia», «el Hidalgo», «el Indiano», «el Jándalo», «el Maragato», «los Viejos», etc...). Por su interés y la belleza de su traje, pongo en primer lugar a «el Galán», papel que recae sobre un mozo de buena planta, al que se adorna con inusitada exquisitez. Presumido, consciente de su cometido de figurín, salta y cabriolea como un corzo sin perder su eterna sonrisa, salvo cuando algún osado requiebra a su tierna costilla, «la Madama», lo que hace que arremeta celoso contra el público, repartiendo vejigazos a diestro y siniestro. Vuelta la calma, la pareja sigue en sus cómicos amores, desfilando con exagerada entonación y paso diligente.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De blanquísimo lino, abierta sólo hasta el pecho, con largos faldones y ondulantes mangas planchadas sin almidón. Cuello pequeño y vuelto, y pechera plegada en lorzas verticales con labores de hilos sacados y bordados en zigzag, en hilo blanco, azul o rubio. Botonadura de hilo o hueso. Brazaletes de seda carmesí ciñen las mangas sobre el codo.

CALZÓN: Más bien estrecho, de alzapón, cortado en blanco dril bombasí, ajustado bajo las rodillas. Luce los flancos grecados de agremán.

CEÑIDOR: En su lugar parece que porta un fajín rojo morado de seda.

MEDIAS: Blancas, de hilo, labradas, «con borloncillos». Supongo que se trata de las que presentan bolitas en relieve del tamaño de un garbanzo. Se sujetan con anchas ligas bordadas y un lazo con madroños.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo, sembradas de cascabeles. Su atadura llamativa y laboriosa, trepa hasta las rodillas.

PEINADO: Pelo muy corto.

TOCADO: Es lo más destacado del traje, pues denota gran antigüedad. Se trata de un descomunal morrión, cilíndrico o en forma de prisma hexagonal, al que García-Lomas llama «caramiello»; con varillaje de amplia rejilla, forrado de cintas de vibrantes tonos y salpicado de escarapelas y rosetas, se sujeta con barboquejo. Arriba termina en una moña de la que arrancan crines de caballo o un manojo de cintas irisadas. El toque final podría ser un clavel tras de la oreja.

COMPLEMENTOS: Del hombro izquierdo al costado derecho, dispuesto en pico, pañolón de seda en deslumbrante estampado. Al cuello, otro pañuelo más pequeño. Esgrimiéndola como un lanzón, gruesa vara de más de dos metros de largo, recubierta de cintas chillonas de arriba abajo. Con cartón se imita el hierro de la pica, u otro remate cualquiera, fijándolo a la punta, de donde cuelga una vejiga inflada y un chorro de lazos multicolores.

Galán de la Vijanera (Siglo XIX)

LA MADAMA (Siglo XIX)

Interpretación basada en descripciones de Adriano García-Lomas y en fotografías de antiguas «Vijaneras».

«Señorita, tiene usté

las medias color de caña;

no dejará usté de ser

de las que matan la araña

con la puntita del pie.»

La vieja práctica del travestido, común a todo el carnaval europeo, tiene en Cantabria la avasalladora representación de «la Madama», desternillante personaje de «La Vijanera» interpretado con vivacidad y picardía por un mozo, emperifollado de punta en blanco con las mejores galas femeninas, que camina con presura a la zaga o del bracete de «el Galán», abanicándose con un enorme pericón; de trecho en trecho se remanga, so pretexto de buscar la faltriquera, entre un caracoleo de almidonadas enaguas, al tiempo que se recrea con ingenua demora en las puntillas y adornos más secretos de las prendas femeniles. A los incesantes halagos de su compañero, contesta en falsete, con arrumacos y fingidos rubores para, súbitamente, iniciar, la muy casquivana, una desaforada danza agitadísima e improvisada, seguida por «el Galán», en la que se van al traste sus humos de gran señora.

EXPLICACIÓN

CHAMBRA: Blanca, calada y con festones de encaje.

ENAGUAS: Superpuestas en número variable, blanquísimas y almidonadas, con tira bordada y anchas puntillas. Supongo que debajo llevarían calzones empuntillados imitando a las damas de alto copete. Fajando la cinturilla de las enaguas, ancha banda de seda dando una lazada atrás.

MEDIAS: De hilo o de lana, blancas o de color.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo, encintadas y bordadas con lanas de colores, adornándolas con madroños o lazos.

ADEREZO: Toda suerte de arracadas, broches, collares y demás baratijas. Resulta cómico observar en una antañona fotografía, a sendas «Madamas» con los pendientes de «pata y careta» sujetos con un tosco cintajo al pabellón de la oreja, mientras se fuman un buen cigarro puro como si dijesen: «Lo cortés no quita lo valiente...».

PEINADO: Larga y leonina peluca de estopa, cayendo en bucles y crenchas amarillentas.

TOCADO: Sombreando el rostro (oculto bajo una careta de cartón, o por una espesa capa de pintura blanca sobre la que se dibuja un gesto anodino y mofletudos coloretes), abre sus alas un enorme y exagerado sombrero de paja, coronado de lazos, telas vaporosas y rosas blancas.

COMPLEMENTOS: Faltriquera bordada al costado derecho, entre las enaguas bajeras, guantes finos y pericón, descomunal abanico con el que «la Madama» mitiga los sofocos de su augusta pechuga.

La Madama (Siglo XIX)

GALÁN DE SANTA CRUZ DE IGUÑA (Siglo XIX)

De fotografías remitidas por el valdiguñés José María Dañobeitia Alonso, a quien dedico la presente lámina con un agradecido saludo.

«Por la calle abajo va,

por la calle arriba vuelve,

la cinta de mi sombrero

colorada, azul y verde...»

Auténtica primicia es el presente traje de «Galán», debida al señor Dañobeitia Alonso que amablemente contestó a mi llamada en un periódico de la tierra, en la que pedía datos sobre viejos trajes regionales. Sólo tuve por respuesta su carta, pero con un contenido tan fantástico que superó con creces cuánto esperaba: al rasgar el sobre, aparecieron sobre mi mesa parejas de «zarramacos», «Madamas», y «Galanes» con sus pintorescos arreos. Sobremanera, llamaban mi atención estos últimos, con enagüillas y alto gorro coronado por una piña de flores. ¡Qué triste hubiera sido que postales con tan insospechados trajes se hubieran perdido en un cajón de papeles abarquillados...!. Uno se pregunta cuántas fotografías, cuántas prendas de nuestra indumentaria duermen el sueño de los justos por alacenas y desvanes, hasta que el fuego o la polilla destruyan un trocito entrañable de esta vieja cultura que se nos habrá ido entonces para siempre... Por fortuna, los «Galanes» de Santa Cruz de Iguña han vuelto a la luz, incorporándose al folklore cántabro. ¡Gracias, amigo!.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo casero, abierta sólo hasta el pecho, con mangas planchadas sin almidón. Cuello pequeño y vuelto y pechera en lorzas verticales de hilos sacados y blancos bordados en zig-zag. Botonadura de hilo o hueso y sendas escarapelas azules a la altura de los codos. En la espalda, de hombro a hombro, corre una apretada hilera de lazos de seda azules y rojos, cuyos extremos caen hasta cerca de la cintura.

PANTALÓN: De lienzo blanco, con escarapelas azules a la altura de las rodillas. Tapando las costuras laterales, de arriba a abajo, van cintas azules y rojas en abullonada franja.

ENAGÜILLAS: Lleva tres, blancas y almidonadas, con anchas puntillas excepto la bajera.

CEÑIDOR: Es una cinta de seda a cuadros azules que se anuda al costado izquierdo, sobre la cintura de las enaguas.

MEDIAS: De lana o algodón, azules.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo, bordadas en lana azul y roja, con una cruz bicolor sobre el empeine.

PEINADO: Pelo corto.

TOCADO: Se lleva todas las miradas tras él, por lo arlequinado y florido, hablando mucho en favor de la imaginación y la estética de un pueblo. Se trata de un alto cilindro de cartón, de unos 35 cm. de altura, ligeramente más ancho por arriba que por abajo, forrado de seda amarilla y cintas azules bordeadas de rojo, que se sujeta bajo la barba. La parte superior se desborda en un mazo de flores de tarlatana, azules, rosas, amarillas, encarnadas, fijadas al soporte con alambre. Bonito, ¿verdad?. Y totalmente desconocido hasta ahora, a pesar de su remota antigüedad.

COMPLEMENTOS: Del hombro izquierdo al costado derecho, rico pañolón de seda en tonos dorados y amarillos. Al cuello, otro más pequeño, azul fuerte, a modo de corbatín, y metido por la cinturilla, un pañuelo blanco de encaje. Guantes blancos y un pulido bastón con contera plateada y empuñadura cubierta por cintas azules y amarillas.

NOTA. - El colorido está basado en las distintas intensidades de las fotografías originales (lógicamente en blanco y negro) y en las indicaciones facilitadas de palabra por quienes conocieron estos trajes. Por supuesto, que pueden combinarse de otros modos.

Galán de Santa Cruz de Iguña (Siglo XIX)

GALÁN DE SANTA CRUZ DE IGUÑA (Siglo XIX)

De fotografías antiguas. Por cortesía del señor Dañobeitia Alonso, antes citado.

«Acaba, galán, acaba

de echar la cinta al sombrero

que hoy en día más se gasta

fantasía que dinero.»

Cuando fui a devolver personalmente las fotografías a quien con tanta amabilidad me las enviaba, recibí una nueva sorpresa al conocer testigos presenciales de antiguas «Vijaneras»; mi comunicante recordaba la última, hacia 1917, pero su tía, de edad avanzadísima y una memoria y un remango admirables, pudo darme mil detalles sobre «La Vijanera» y sobre estos trajes que ella misma había cosido. La víspera de la fiesta, todo el pueblo aguardaba gozoso, hasta la madrugada, el regreso de los que salieron a pie hacia Cabuérniga para traer los campanos destinados a los «zarramacos». Las mozas daban los últimos toques a los vestuarios de «Madamas» y «Galanes». Tarlatanas, cintas de colorines y grandes dosis de fantasía, iban dando traza a caprichosos tocados, cuyo origen se remonta a sabe Dios qué siglos. El que ahora vemos es una variante del anterior, lo mismo que el traje; merece la pena incluir las dos versiones porque las dos son a cuál más bonitas.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De hilo blanquísimo, abierta sólo hasta el pecho, con anchas mangas planchadas sin almidón. Cuello pequeño y vuelto y pechera labrada en lorzas verticales con calados y blancos bordados en zig-zag. Botonadura de hilo o hueso. En la parte superior de las mangas lleva sendas moñas de cinta amarilla. A la espalda, de hombro a hombro, va una nutrida sucesión de lazos, alternando rojos y amarillos, con largos extremos que cuelgan hasta la cintura.

PANTALÓN: De lienzo blanco, con escarapelas rosas a la altura de las rodillas. Cubriendo las costuras laterales, una trenza acaracolada de cintas rojas, azules y amarillas.

ENAGÜILLAS: Cortas, de cándido hilo, con ostentosas puntillas de picos al borde. Hacia la mitad lleva un ancho pasacintas azul de inflados bullones.

CEÑIDOR: Banda de seda púrpura, sobre la cintura de las enagüillas.

MEDIAS: De lana o algodón, azules.

CALZADO: Alpargatas blancas con suela de cáñamo, bordadas en lana azul y roja, con cinta colorada remarcando la abertura para el pie y dos pompones, uno rojo y otro amarillo, al costado.

PEINADO: Pelo corto.

TOCADO: Más bonito si cabe que el anterior. La base es la misma: un alto cilindro de cartón forrado de raso amarillo, esta vez con espaciosa banda de seda escarlata al centro. Los bordes van ribeteados de galón colorado. Arriba tuerce una frondosa corona de flores de tarlatana, rosas, amarillas y encarnadas, sobre las que se levanta un pináculo de cintas rosas, celestes y amarillas. A la fuerza hubo de llevar barboquejo, aunque en las fotografías no aparece. Estos portentosos «caramiellos» (como gusta bautizarlos García-Lomas), tienen, a no dudar, el mismo hondo valor etnográfico que los divulgados morriones del carnaval vasco, conocidos por el nombre genérico de «kaskas». Unos y otros parecen herencia de ritos gentiles.

COMPLEMENTOS: Sujeta en el hombro derecho por una moña rosa, va una cinta de este tono a dar una lazada al costado izquierdo. Al cuello, anudado como una chalina, un pañuelo de seda de color oro viejo, curiosamente bordado con mariposas. Metido por la cinturilla de las enaguas, un pañuelo blanco con ancho borde azul y amarillo. A diferencia del «Galán» anterior, no lleva guantes. Se apoya en un atildado bastón de contera plateada y manija de cinta blanca (¿para colgarlo de la muñeca al bailar?). La empuñadura se oculta bajo lazos de seda rosa.

NOTA. - Respecto a la guía de color remito a lo dicho en el traje anterior. Conviene destacar, no obstante, la ancestral inclinación a adornar estas prendas con rojo y amarillo, como sucede entre los vascos.

Galán de Santa Cruz de Iguña (Siglo XIX)

LA PEPONA DE IGUÑA (Siglo XIX)

De un dibujo de Salvador Bartolozzi.

«Son muchas en este mundo

las máscaras con careta;

quien no la lleva en la cara

en el corazón la lleva.»

Nuestro genial Solana graba en un aguafuerte dos variantes de tan grotesco personaje, uno de los más sobresalientes de «La Vijanera» valdiguñesa. Tamaño esperpento, conocido por «la Pepa» o «la Pepona», requería un armazón complicado para adosar un pelele al cuerpo de un mozo, simulando a un aldeano (de tronco real y piernas de trapo), montado sobre la espalda de una mujer (cuya parte superior, de paja, sostenían las auténticas piernas del hombre). Es el caso que, mozo y canene, parecían dos figuras con vida independiente, resultando en ocasiones imposible adivinar cuál era el cuerpo del portador del disfraz y cuál el muñeco de trapo; tanto el uno como el otro amenazaban estrellarse contra el suelo en dislocadas contorsiones y piruetas, arrancando gritos alborozados al público que seguía el paso balanceante y sin rumbo de la ingeniosa máscara.

EXPLICACIÓN

SAYA: De bayeta o franela estampada en los bajos, larga hasta el tobillo y con mucho vuelo, ya que el mozo ha de vestirla sobre un armazón que ancha exageradamente las caderas. Hábilmente trucado, arranca de la cintura del portador el busto de un muñecón de paja, representando una aldeana de prominente buche, vestida con chambra de cualquier color y pañuelo atado bajo la barbilla. La cara es de tela blanca donde se dibujan con carbón y colorete los rasgos de la moza con gesto de paparona. En su lugar puede ir una careta de cartón piedra fijada sobre la cabeza del muñeco. Los brazos, que cuelgan por delante de la saya, acaban en unos guantes negros a medio embutir o en unos «churros» de trapo rosa imitando dedos. También sobre la saya, a caballo del armazón que lleva el mozo, se columpian las perneras de un pantalón negro, de sayal, flojamente rellenas de paja y rematadas en calcetines de lana y alpargatas blancas con suela de cáñamo atadas con cintas. Estas «piernas» van dobladas y sujetas por la mitad, simulando el juego de la rodilla.

BLUSA: El portador del disfraz trae encima de la saya, un blusón de satén gris, cuya faldamenta ayuda a disimular el artilugio que porta en las caderas.

MEDIAS: De lana, blancas o de color, atadas con cinta en rollo.

CALZADO:. Fuertes botas de cuero.

PEINADO: Pelo corto.

TOCADO: En el dibujo de Bartolozzi se quiere apreciar una visera o una boina.

COMPLEMENTOS: Pañuelo de pintas al cuello del mozo, que oculta el rostro bajo una careta «solanesca» esmaltada de blanco y bermellón. Al hombro, una escoba de la que a veces pende una vejiga o cualquier otro objeto.

NOTA. - El carnaval de Polaciones también conoció una máscara parecida, añadiendo sobre los hombros del portador un tercer muñeco con lo que acrecentaban el efecto cómico del personaje.

La Pepona de Iguña (Siglo XIX)

ZAMARRÓN BLANCO DE POLACIONES (Siglo XIX)

De fotografías antiguas y datos recogidos en la zona.

«Polaciones, zamarrones,

que vestís a media pierna,

unos a media polaina

y otros a polaina entera.»

Cierro este recorrido por la Indumentaria Popular Cántabra en el siglo XIX con otro traje inédito hasta ahora a pesar de su valor y de su espectacular estampa. Se trata del regio atavío de los «zamarrones blancos» que salían en el Valle de Polaciones por Carnaval, contrastando con los calandrajosos y tiznados «zamarrones negros» disfrazados con lo primero que hallaban a mano. Los «blancos» eran vestidos conforme a estrictas normas por mujeres expertas en las mismas. Con tan barrocas galas, se desparramaban al frente de sus respectivas comparsas por los nueve pueblos del Valle. Su principal cometido consistía en aplicar el «sabaneo» a las mozas solteras, que no era otra cosa que salpicarlas de barro y agua con una piel o un saco embarrado que traían el extremo de una pértiga, temible hisopo que recibía el nombre sonoro de «zamárganu». El ritual se seguía con gran alboroto de chillidos y persecuciones en las que la moza acababa siempre chorreando agua pero, en contra de lo que pudiera creerse, no sólo no se enfadaba, sino que ellas mismas ofrecían sus delantales o el halda al despiadado «sabaneo» de los «zamarrones blancos», considerándose afortunada aquella sobre la que habían llovido más azotes del «zamárganu». Esto hace recordar las fiestas Lupercales que se celebraban en Roma en el mes de febrero y en las cuales, los sacerdotes del dios Pan, se lanzaban a la calle armados de jirones ensangrentados de piel de cabra, flagelando con ellos a las mujeres que encontraban en su camino para purificarlas y hacerlas fecundas. En el Carnaval poliego, hoy tristemente desaparecido con todo un riquísimo cortejo de trovas y comparsas, los «zamarrones blancos», a los que se exigía fueran consumados bailarines, terminaban sacando a bailar a las asendereadas mozas, y sería digno de ver aquellas parejas, ellos como ídolos lejanos, recubiertos de cascabeles, cintas, abalorios de cristal y pirámides de flores y ellas, con las trenzas deshechas, barro en el delantal y las mejillas enrojecidas de agua helada y felicidad.

EXPLICACIÓN

CAMISA: De blanco lienzo, con anchas mangas planchadas sin almidón. Abierta sólo hasta el pecho, luce finas lorzas verticales en la pechera: Botones de hueso o de hilo en forma de confite. En la parte superior de las mangas, que algunos traían bordadas a juego con el calzón, se prenden sendas moñas de cintas de color.

CALZÓN: De hilo blanco, ceñido bajo las rodillas. Las costuras laterales se bordan con ingenuas flores de vivo matiz.

ENAGÜILLAS: Cortas, de blanquísimo lino, rematadas en lujosas puntillas almidonadas. Cubriendo la enagua casi por completo, se extiende encima un mantón de Manila, doblado en pico, sujeto atrás con un broche de fantasía, dejando caer las puntas a modo de cola.

MEDIAS: Con probabilidad se llevaban bajo las polainas, en lana blanca o de color.

CALZADO: En los últimos tiempos, botas bajas y fuertes de cuero negro; resguardando las piernas, polainas de cuero marrón rojizo, ceñidas a los costados con tres hebillas. A este tipo de polaina le llaman «leguis», nombre que se me figura ajeno a la tierra.

PEINADO: Pelo corto.

TOCADO: Aunque parezca imposible, deja chiquitos a los «caramiellos» y capirotes que han desfilado a lo largo de estas páginas. Forma su base un gran sombrero de paja, de los de ir a la yerba, asegurado con cintas bajo la barbilla y forrado cuidadosamente con blancos pañuelos de seda. Alrededor del borde cae una delicada puntilla de un palmo de ancha, sobre la que tintinea un flequillo de abalorios de cristal; encima del ala, se disponen collares de vistosas cuentas colgando ligeramente sobre los flecos; por dentro, el ala va guarnecida de cascabeles. Muy por encima de la copa, de derecha a izquierda y de atrás a adelante, se cruzan dos pronunciados arcos de alambre, sirviendo de soporte a una monumental pirámide de rosas de trapo que parece abrumar la figura del «zamarrón». Por si fuera poco, tornasoladas cintas de tres dedos de ancho, en número de 15 ó 16, arrancan de sus respectivas moñas en el borde posterior del ala, cayendo por la espalda hasta la cintura. Tan apabullante cubrecabezas bien puede servir de espléndido florón a nuestras galas al tiempo que parece proponer un penúltimo enigma: en la otra punta de la Península, en la Serranía de Málaga, se dan unos sombreros muy parecidos... ¿coincidencia?... ¿aportación foramontana?... ¿importación jándala?... Una vez más, la Indumentaria parece que quisiera comunicarnos sus claves misteriosas.

COMPLEMENTOS: A principios de este siglo debió introducirse la repipiada corbata y el alfiler que la sujeta, en vez de un alegre pañuelo atado al cuello. Entrecruzándose sobre el pecho, anchas bandas de seda, a dar sendas lazadas al costado. En la mano, grueso palanco de dos metros de alto, con el que los «zamarrones» saltaban prodigiosamente. Clavado al extremo, como contrapunto a tan fastuosa vestimenta, el «zamárganu», piel embarrada a modo de bandera de un rito olvidado.

Zamarrón blanco de Polaciones (Siglo XIX)

VARIA

Algunos consejos a la hora de confeccionar un traje popular

La principal batalla que debe darse, sin tregua ni cuartel, es contra la falda corta en las mozas y los remiendos de payaso en los mozos.

Han de procurarse,, por regla general, telas gruesas, pesadas, de noble caída, en lana, hilo o algodón, a poder ser sin mezcla alguna de fibras artificiales, rehusando, tajantes, el tergal, el nylon y otros fríos tejidos modernos.

Antiguamente los trajes campesinos eran para toda la vida, pasando muchas veces de padres a hijos. Por ello se hacían a conciencia, rematados, forrados y reforzados en sus costuras con minuciosidad y trabajo admirables (*). No pensemos pues que, al ser los materiales toscos, también habrá de serlo la hechura.

No usar nunca como botonadura o aderezo de los trajes, monedas de curso corriente. Es de un pésimo efecto ver adornando prendas de corte antiguo, monedas con efigies y acuñaciones de sobra familiares. Si no se dispone de moneditas poco conocidas es mejor substituirlas por botones de plaqué.

Ninguna prenda lleva agujeteros metálicos, sino ribeteados con hilo.

En cuanto a la indumentaria infantil, sólo unas breves indicaciones: los niños, por lo común, siempre vestían de prestado, con ropas viejas de los mayores acomodadas con más o menos habilidad a su estatura. A los niños de pecho, abotargados con macizas capotas de plumas y flores y largos pañales doblados como una petaca, se los protege con maninas de azabache y otros amuletos. De sus primeros calcitus o sus corizucas, pasaban a las albarcas apenas se tenían solos; en esta edad las calzaban sujetas por calcetines o pantalones de estribera, para no perderlas entre el barro y la nieve. Tanto a diario como los domingos, vemos a las niñas envueltas en un refajo y un pañolón y a los niños con calzones de un tirante, descosidos entre las piernas hasta atrás, por donde asoman los picos de la camisa. Unos y otros, llegado el buen tiempo, van descalzos. Pronto las crías, más presumidas, empezaban a adornarse a la manera de las mozas, con gargantillas de vidrio y largas cintas al extremo de sus trenzas. Los muchachos, hasta los diez o doce años, siguen teniendo un aspecto entre simpático y desalentador: con el pelo en largas crenchas, o afeitados de medio cráneo para atrás, luciendo al frente un alborotado penacho, se cubren con galeros abatidos de ala, kepis militares u otros arbitrarios gorros arrancados a algún espantapájaros en la mies. Había, naturalmente, excepciones en las que, madres muy caprichosas y con posibles, cosían trajecitos en miniatura para sus hijos, en todo igual a los de los mayores salvo en el uso de la montera, que se reservaba ritualmente para cuando el muchacho empezaba a mocear. De ahí que ningún niño trajese montera con su traje infantil, substituyéndola por un pañuelo zorongo en forma de cono truncado.

(*) Minuciosidad y trabajo admirables, como han tenido para mecanografiar este libro, mis amigos del alma, Keltxe Olaran, José Luis Campos Iturbe y Fernando Amézqueta, vascos que nada sabían de «chátaras» y «estuérdigas».

CAMISA DE MUJER VISTA POR DELANTE

Lo normal es que llevara cuello de tirilla y puños que abrochaban con botón de hilo y presilla.

CAMISA DE HOMBRE CONSERVADA EN EL MUSEO ETNOGRÁFICO DECANTABRIA

Detalle de una de las piezas que lleva a cada lado del cuello. Sirven para tapar los cortes en forma de «V» que dan vuelo a los hombres

Apuntes de un traje campurriano

Pespuntes y ojales

Las solapas vanen hilo negro Cuello alto de paño

forradas de satén negro; en sunacimiento tapan sendasaberturas,al borde de la línea del escote, practicables a modo de bolsillos

Trabillas ajustando la espalda

La espalda y el forro del El chaleco, en su delantera, es de paño chaleco es una tela «de

mantelería» en algodón a

de Astudillo marrón carmelita, con cuadros amarillentos, botones chiquitos de plaqué dorado blancos grises y negros.

Detalle de la hebilla casi a su tamaño;

La montera es es de metal negro.

de grueso paño

o fieltro negro Espalda de la camisaLa costura lateral de la montera lleva un alambre embutido en un cordoncillo de terciopelo negro, en vez de su habitual apresto de engrudo

El ala de la montera,
con una borla de hilo
negro en el remate,
va cortada en tercio-
pelo de este color. Por
detrás carece de ala.

La camisa, a falta de lienzo casero, es de algodón moreno. No lleva pieza cuadrada bajo el brazo. El faldón trasero es unos centímetros

Cintas negras de más largo que el

terciopelo para amarrar la montera Vista del ala abatida; de delante. Boto-va reforzada con tela nes de dos agujeros,

bajo la barbilla de armar negra y un lisos, en pasta blanca. triángulo de terciopelo.

Apuntes de un traje campurriano

Ojales y Botón de pespuntes latón negro en hilo negro

El alzapón lleva un doblez o fuelle – en forro a cuadros – donde se inician los bolsillos

Trencilla negra doblada y montada por el «puño» de la perneraCalzón en paño de

Astudillo marrón carmelita

Detalle, casi a su tamaño, de los botones de la chaqueta; son dorados y algo cóncavos.

Detalle del interior del calzón – por su parte delantera – mostrando los bolsillos, cinturilla y parches triangulares en algodón a cuadros

Detalle ampliado de la boca de una pernera; su contorno, los bordes de la abertura y las trabillas van forrados en trencilla pardo claro. Las hebillas son plateadas.

El cuello, si se levanta, deja ver numerosos pespuntes.

Chaqueta en el mismo paño que Espalda de la chaquetael calzón. El cuerpo, mangas y tapas de los bolsillos van forrados en algodón a cuadros.

Traje de pasiega conservado en la Vega de Pas

Detalle del forro
blanco, ballenas y corchetes
interiores

Pechero

La chaquetilla vista por detrás

Delantal

Chaquetilla con pechero incorporado

10 cm.

22 cm. 10 cm.

Cara posterior, sin adorno alguno. La altura de ambos trapecios es de 10 cm.

Cara anterior de la Caperuza
caperuza, adornada en la que se mete
con trencillas negras. el moño.
Abertura
El capillo de la pasiega es un
semicírculo de 90 cm. de radio
cortado en gruesa bayeta blanca
ribeteada con trencilla negra.
A 10 cm. del borde lleva una
abertura de 22 cm. por la que se
introduce, a encajar en el moño, una
caperuza formada al coser dos
trapecios de bayeta.

1º Aconsejo, si no se tiene pelo largo,

fijar una rosca de trapo a modo de 2º Sobre esta base 3º A continuación se sujetan éstasse coloca un gran con la boca, mientras se trae

moño, y recubrirla con el cabello pañuelo en pico,propio. hacia delante el pico trasero, cruzando por detrás pilándolo al anudar las puntaslas puntas. en lo alto de la cabeza.

4º Variantes de esta forma

Traje de pasiego conservado en la Vega de Pas.

Detalle de los enganches de las monedas colgantes; en las que van fijas se suprime el segmento central

Forro blanco
con rayas granate Chaleco por delante Ojales en hilo rojo Visto por detrás
Detalle del tejido de la delantera del
chaleco: fondo verde,
dibujo negro, rayas verticales rojas, y las horizontales blancas.
Detalle del tejido de la espalda del chaleco y forro de la chaqueta: fondo azul turquesa fuerte con rayas amarillas.

Chaqueta Espalda de la chaqueta presentando dos costuras

Traje de pasiego conservado en la Vega de Pas.

Aleta derecha
con cuatro botones corrientes por el otro lado Aleta izquierda con cuatro ojales
Abertura trasera
Forro negro de algodón Trampilla o alzapón con cinco ojales
Forro blanco
con rayas Detalle de los
botones de
Trencilla filigrana dorada
marrón
Tubos de metal
de 7 cm.
Botones
corrientes
que quedan ocultos
1º El calzón de alzapón totalmente suelto
Botón de las aletas que se pasa por el centro del alzapón
Monedas
de plata fijas

2º El calzón con las aletas abrochadas 3º La aletas son tapadas al subir la trampilla

LA MONTERA

La montera de paño es el tocado más castizo de esta tierra, remontándose las noticias sobre su uso al siglo XVII, viendo algunos en ella una derivación de los antiguos tocados corniformes de la mujer; resulta significativo que la casada de Cantabria aparece enmonterada durante el siglo XVIII y principios del XIX. En cada valle la montera adopta una forma particular, aunque guardando cierta semejanza «de familia» que distingue a las cántabras de las de otros pueblos del Norte. Por regla general, constan de tres cuerpos: copa, tira y alas. La copa, más o menos puntiaguda o redondeada, la forman cuatro piezas triangulares o «gajos». La montera pasiega que aquí figura, parece una versión atenuada de modelos antiguos: en felpilla de seda negra, y copa de «cuatro gajos», continúa en una ancha tira que hace las veces de ala, al remangarla por detrás, o bien, toda alrededor. La copa va forrada por dentro en satén adamascado verde, sin apresto alguno bajo la tela.

Como ejemplo de montera bravía, vemos una interpretación de la usada en Liébana, concretamente en Peñarrubia: de recio paño marrón rojizo, la copa es de cuatro gajos procurando que la punta quede semiesférica, a diferencia de la campurriana que acaba en pico. La tira, de unos 10 cm. de ancho, la constituyen tres piezas, haciendo caer una de las costuras en el centro de la nuca. Las alas son pequeñas vueltas triangulares de paño o terciopelo negro, a veces rematadas en borlas de seda negra. El forro, de bayeta encarnada o verde, posiblemente sólo recubría el interior de la copa. Entre las dos telas masa de engrudo. Puede llevar o no, barboquejo o cintas de lana negra para sujetarla bajo la barbilla, ya que mide por lo menos 30 cm. de altura.

La montera asturiana parece que también se usó en algún pueblo cántabro (¿en Tresviso?), por lo que paso a describirla dado que allí puede interesar. Se gastaban de paño, terciopelo, fieltro o pana lisa, habitualmente en pardo o negro, siendo raras las azules. La copa, o cumen, está formada por cuatro piezas triangulares equiláteras. La tira adonde van cosidas, son tres paralelogramos, más o menos anchos según la altura deseada. Estos paralelogramos, unidos por sus anchos, tienen el calado exacto de la cabeza. El ala es un triángulo equilátero cuyo lado es la mitad del perímetro de la cabeza, y se colocaba al lado izquierdo cuando era ala «picona», porque siendo ala «caída» se abatía sobre la cara. El vértice suele adornarse con una pluma. Al lado opuesto del ala corre el reborde, tira estrecha como de unos 3 cm. El forro recubre todo el interior de bayeta o muletón. Como dato simpático hay que añadir que la manera de traer el «ala» era todo un código que informaba del estado de ánimo del enmonterado. Así, asumía distintas posturas si el mozo iba a rondar o a buscar pelea, pongo por caso.

Caracolillo hecho con el remate del cordón

12 cm.

Cordón de seda color Vista lateral de

avellana que sigue la montera pasiegapor el interior del con el ala desdoblada;ala hasta los «gajos» su altura así es de 25 cm.

Pespunte negro que muestra el ala por ambos

lados La montera pasiega tal y como queda con el ala levantada por detrás

Copa formada por cuatro «gajos» de 20 a 23 cm. de alto cada uno

Vuelta triangular

Despiece esquemático de la montera lebaniega. Altura mínima: 30 cm. Puede ir adornada con pequeñas borlas de seda Vuelta triangular negra en la copa y en (10 ó 15 cm.las vueltas. Forro de de altura)bayeta. La montera campurriana tiene un desarrollo parecido

Tira que forma el calado de la cabeza; consta de tres segmentos de 10 cm. de alto

Patrones de escarpines

Medida para escarpín bajo

(Carmona)

Despliegue del escarpín bajo

(Polanco)

Escarpín alto en dos piezas (Valdeprado)

(*) La medida del escarpín alto se obtiene pasando un hilo por lo más ancho del puño del destinatario, flojamente cerrado.

Despliegue del escarpín bajo

(Carmona)

Pieza que monta en el escarpín alto de Liébana. La otra pieza es igual pero sin la parte sombreada

(Dobres)

Repulgo de pana

Pieza postiza de sayal

Escarpín de Valdeprado;
por regla general el escarpín alto
(que en Polaciones llaman «calzón»)
es más propio del hombre,
quedando para la mujer el
escarpín bajo

La cuévana

Dibujo del natural de una vieja cuévana Mantío

encarnado (145 x 107) Disposición de la red que sostiene al colchón

(Del natural)

Cuévana mediana: 52 cm. de alto x 70 cm. de largo

Cuévana pequeña:
48 cm. de alto x 63 cm. de largo

La base descansa en dos
medias lunas que permiten mecer
al niño

Mantilla blanca o bengala (150 x 93)

Detalle de dos mantíos rojos Cuévana vestida con los mantíos haciendo ondas y con bordados

en negro Decoración geométrica en distintos arquíos

(Tomada del natural y casi a su tamaño)

Arquío (63 cm. de alto)

CÓMO SE VISTE UNA CUÉVANA

Una pasiega empezaría, en realidad, poniendo un poco al desgaire la mantilla blanca y luego la encarnada, introduciendo después, colchón, sabanilla y manta. Entonces sería el momento de preocuparse en corregir con arte los dos mantíos exteriores que colocó primero. Para quienes no tengan experiencia iré señalando las maniobras de un modo más comprensible.

Primer paso: la cuévana será grande, aproximadamente de medio metro de alta por 70 centímetros de larga. En su interior, y un palmo más abajo del borde, se tensa una red de cuerdas o estuérdigas sobre la que irá el colchón; a la cabecera de la cuévana (coincidiendo con el hombro derecho de quien la transporte), se sujeta el «arquío» firmemente.

Segundo paso: sobre la malla de cuerdas se coloca el colchón (que era siempre de hojas de maíz), la larguísima «sabanilla» y la almohada.

Tercer paso: envolviendo al niño, se monta un lado sobre otro de la «sabanilla» y luego se dobla sobre sí misma, haciendo «la petaca».

Cuarto paso: se pone la «mantuca» y se saca el adornado embozo de la «sabanilla».

Quinto paso: la cuévana se cubre con la «bengala», lienzo blanco en forma de rectángulo de metro y medio de largo por un metro de ancho, empuntillada parcialmente. La bengala no bajará más allá de la segunda costilla ancha de la cuévana.

Sexto paso: finalmente, y sobre la «bengala», va el «mantío» de bayeta roja. Sus medidas son ligeramente inferiores a las de la «bengala», dejando asomar la blanca puntilla. Si se quiere se abre un respiradero, remangando la tela blanca sobre la roja hacia la parte del «arquío», aunque también se puede traer la cuévana cerrada a todos los vientos. En el caso de que dentro se lleve un muñeco, aconsejo que vaya con un respiradero mínimo para que no se note demasiado lo artificial del «chicuzu».

CÓMO HACER UNAS CHÁTARAS

Por si a alguien le fueran útiles, voy a contar los pasos que di para fabricarme un par de chátaras iguales a las que había visto en Vega de Pas.

No es, desde luego, la técnica simple y apenas sin herramientas conque se hacían antes; considero que mi método es infinitamente más elaborado y que precisa de un utillaje desconocido en las cabañas pasiegas; pero el resultado final son unas estupendas chátaras que justifican el modernismo de los medios.

Los materiales empleados son: cuero gordo a medio curtir o, como en este caso, totalmente curtido; un par de viejas hormas de zapato (en madera) con la talla deseada, compradas a un remendón, alicates, tijera, martillo, clavitos de los llamados «chinches», un sacabocados de cuatro milímetros de diámetro, cartón o corcho laminado, cola adhesiva y lija gruesa.

Lo primero que hago es dibujar sobre un papel el contorno de ambos pies, agrandando en cinco centímetros todo su perímetro. Quiero advertir que las medidas que irán apareciendo son propias de una talla grande, por lo que habrán de adaptarse a cada caso particular.

Con estas dos plantillas calculo el cuero que necesito, pidiendo siempre algo más para sacar las «estuérdigas», es decir, los cinco metros de finas correas.

Compro en un comercio de curtidos, cuero de medio centímetro de grosor, lijándolo por la cara más brillante para borrar su aspecto refinado.

Una vez de pasar la lija, calco sobre el material las plantillas de ambos pies.

Repaso el calco con un bolígrafo o tinta resistente al agua, estudiando el modo de sacar a su alrededor, en sendas espirales, dos tiras de cinco milímetros de ancho por 2,50 metros de largo cada una. Asimismo, dibujo dos anillas de 10 centímetros de diámetro y un par de correítas de 6,5 centímetros de altura, en forma de «V», acabando sus extremos en una pequeña «T» (Fig. a).

Ya todo bien señalado con bolígrafo o tinta indisoluble en agua, dejo el cuero a remojo durante dos o tres días.

Transcurrido este tiempo se habrá ablandado lo bastante como para facilitar el recorte de todas las piezas, incluidas las largas correas.

Luego de recortadas, las vuelvo a poner en agua por espacio de dos semanas, hasta que el cuero toma una consistencia muy moldeable.

Entretanto he redondeado las afiladas punteras de las hormas, recubriéndolas con lámina de corcho o cartón pegado.

Cumplidas las dos semanas, saco las plantillas del agua dejando el resto a remojo. Armado de alicates, clavos y martillo, comienzo a estirar el cuero sobre la horma, fijándolo con abundantes «chinches» y martilleando la piel detenidamente para que tome la forma del molde. ¡Ojo! Siempre la cara más áspera o peluda hacia el exterior. También hay que tener cuidado de reunir las arrugas del modo más regular posible, sobre la punta y talón (Fig. b).

Después de claveteado y bien batido el cuero a base de martillo, dejo secar las futuras chátaras.

Cuando están perfectamente secas llega el momento de cortar con una cuchilla las chátaras que, como se aprecia, son muy bajas; apenas una suela de bordes vueltos que suben algo más por la puntera y el talón.

Lijo las aristas del corte hasta redondearlas.

Cerca del borde, y guardando una distancia entre sí de un centímetro, voy señalando los agujeros por donde pasarán las correas.

Con la horma sirviendo de soporte, abro los agujeros ayudado de un sacabocados (de 4 milímetros de diámetro) y un martillo.

Las correíllas en forma de « V », por las que previamente he introducido la anilla doblada y enderezada con el martillo, van sujetas en la parte más alta de la puntera, metiendo los extremos en «T» por dos agujeros del borde. Insisto en que la cara más áspera de las tiras debe quedar hacia fuera (Fig. c).

Empiezo a pasar las largas «estuérdigas» humedecidas, haciendo coincidir la mitad de su longitud en dos agujeros en el centro de la puntera, ligeramente más bajos que aquellos por donde entraron las correíllas en forma de «V». Desde aquí, las «estuérdigas» van repasando el borde de la chátara de delante hacia atrás. Para facilitar esta operación, es conveniente afilar los extremos de las correas. (Fig. d).

Al llegar al último agujero del talón, vuelvo los cabos de las correas hacia la puntera, introduciéndolos cruzados por la anilla.

A continuación de ser enhebradas en la anilla, atravieso con las «estuérdigas» dos puntos laterales del «pasacintas»; con anterioridad los había aflojado insertando un lapicero en ellos para que, al secar, queden algo huecos permitiendo que las correas se deslicen con holgura. (Fig. e).

Desde estos dos puntos a cada lado del pie, las «estuérdigas» buscan su salida final por dos agujeros practicados muy abajo, en el talón. Las chátaras ya están terminadas.

Correilla en «V»

Cortar por la línea

Fig. a La anilla una Fig. b vez aplastada

Fig. c
Fig. d

Fig. e

Dibujo del natural de una chátara auténtica

LA ALBARCA, CALZADO CÁNTABRO POR EXCELENCIA

Hay un magnífico trabajo de Alberto Díaz Gómez, gran tallista y sabedor de costumbres carmoniegas, titulado «Los abarqueros de Carmona». Creo que es el único que existe sobre el tema por lo que juzgo interesante se coteje con los datos que, de las albarcas en Liébana, extraigo de una carta personal de D. Rafael Gutiérrez Barreda, albarquero, pintor y biznieto del mítico cazador de osos D. Sabas Barreda.

Si Carmona es «la flor de los abarqueros», Lamedo parece que fue el foco donde nace un tipo de albarca especial, llamada en los pueblos de alrededor albarca «del pico» y en el resto de Liébana, albarca «del garbanzo». Muy andaderas, se traían a diario con escarpines, sobre todo por los pastores.

La mayoría de los vecinos de Lamedo eran albarqueros; ya en el diccionario de Madoz (anterior a 1850) constan como fabricantes de albarcas «que vendían en el valle y transportaban a Castilla». Terminada la hierba, a últimos de julio, los hombres se iban al monte de la mañana a la noche y allí montaban su taller albarquero hasta últimos de septiembre. No las construían por pares, sino que, cuando tenían varias docenas de albarcas, las «casaban», con lo que a veces salían más de un pie que de otro. Aún recuerda esta actividad al aire libre un lugar denominado «Taller de los Canchales», junto a una fresca fuente. En este sitio cocían la comida, consistente en patatas y habas con algo de cecina, tocino y pan.

Las albarcas se hacían de madera de haya cortada en cuatro tajos o, incluso, hasta doce si el árbol era excepcionalmente grueso. El tajo venía a medir 30 cm. de largo, destinándose cada uno de ellos a una albarca.

Al tallarlas cada albarquero a su gusto no había un modelo estricto, aunque siempre se mantenía un parecido en lo esencial. Aparte de las «del pico», de diseño propio, se imitaban las asturianas «de zapatilla» y las «carmoniegas». Cuando eran para un pedido de confianza se escogían los primeros trozos del pie del haya porque resquebrajaban difícilmente.

Las albarcas «del pico», por el contrario, nunca se hacían «cuarteadas», sino enterizas. En muchas ocasiones se desperdiciaba el resto del haya al aprovechar sólo su raíz que, como dije, es la madera más dura y mejor del árbol; además, al crecer en laderas de fuertes pendientes, orientadas al norte, el haya se curva en la base para inmediatamente subir recta, y esta suave curva del tronco es la que luego presta a la albarca más aire, favoreciéndola a que sea más levantada de adelante, más «repicada» y andadera.

Las características de esta genuina albarca de Liébana podíamos resumirlas así: sencilla, resistente, algo llana por arriba, con la «capilla» estrecha cayendo levemente a dos aguas, muy cerrada de boca lo que la hace exclusiva para escarpín, talón elevado y gracioso pico o resalte hacia la boca, un poco más alto para que el agua escurra a los costados. Las de mujer son más esmeradas, ligeras y curiosas, dibujándolas a punta de cuchillo.

Jamás pintadas, las albarcas «del pico» se turraban con calostros que se dejaban corromper en una vasija, adquiriendo un olor parecido al queso picón de Tresviso, pero más fuerte y descompuesto. En el momento de emplearlo se mezclaba con leche natural y, luego de untada, la albarca se tostaba a la lumbre de árgomas. Aparte de un bonito color, con el tostado la madera cogía más «correa».

Faltan estudios de las albarcas en otras zonas, como las impresionantes «del pico entornao» y las «de pico de cuervo» en Campóo, o las afamadas albarcas de Cieza, sin olvidar las «amazuelas», las «mochas» o «pastoras», las «de hebilla», las «abolinchás», las «de la teta», las «piconas»... Hace muchos años, en una visita a Pas, tomé un apunte de una albarca con el peal corrido y clavos; siento no haber dibujado entonces otra en miniatura, también de peal corrido y con un agujero en el medio para aligerarlo. Decían que con este sistema se podía caminar por la nieve sin que se apelotonara bajo la planta, lo que ocurriría de llevar tarugos con el consiguiente riesgo de resbalar.

De todo esto se desprende la riqueza de modelos y especializaciones que adquiere en Cantabria este milenario calzado. Habrá un silencio triste el día en que se queden sin un ruido de albarcas los caminos rurales... En cambio, qué orgulloso el paisaje donde no abandonaron la abrigada y racial albarca de madera por unas insanas botas de goma; la albarca distingue al campo de esta tierra, despegándolo un poquito de la subcultura de hamburguesa y cola-cola que trabaja por disolver hasta la última peculiaridad de los pueblos.

Albarca de pico de cuervo (Campoo) (De fotografías remitidas por Celestino González Fernández)

Albarca carmoniega de hombre

(De un dibujo de Alberto Díaz Gómez)

Albarca del pico (Liébana)
(De un dibujo de Rafael Gutiérrez Barreda)

Albarca del pico (Liébana)
(De un dibujo de Ángel Gutiérrez Peláez)

Albarca recogida en Pas

(Dibujo de Gustavo Cotera)

Diversas formas de remontas (Segunda mitad del siglo XIX)